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jueves, 30 de junio de 2016

¿Sabías que el Jorgito blanco no es igual que el Havanna?

Varios años antes de que yo emprendiera esta tarea de analizar y cotejar todos los alfajores más o menos accesibles del mercado porteño, otro blog, cuyo dueño es el ya legendario Lord Khyron, había hecho lo propio con mucha más originalidad, desde luego, y mucho más conocimiento. Sin este antecedente yo difícilmente hubiera dado origen a este proyectito. El hecho es que en ese blog, aquí, se dice que los Terrabusi y los Havanna glaseados son iguales. En realidad, se trata de un antiguo rumor que dio lugar a mucha literatura, especulación y, entre otras cosas, a esta hermosísima canción punk que nos acercó por Twitter el Trivi. La cuestión es que semejante leyenda movió mi curiosidad e, incrédulo, me dispuse a comprobar en carne propia cuál era su grado de realidad.
PATRAÑAS.
Estos dos alfajores son apreciablemente distintos. Los une el color blanco por fuera (eso si el Jorgito ya no es puras migas cuando llega a tus manos), un peso similar (50 gramos el Jorgito, 48 el Havanna) y no mucho más. Son bien distintos, y sólo oliéndolos la diferencia se patentiza. El aroma del Jorgito es, como ya dijimos en alguna reseña, agresivo y artificial, aunque no necesariamente desagradable. Es el típico olor del Jorgito; muy difícil desconocerlo. El del Havanna, por su parte, es muchísimo más discreto, hay que acercarse al alfajor (hot) para percibirlo, y no sabría definirlo. Olor a merengue, supongo.
Porque eso hay que decirlo: la cobertura del Havanna es de merengue italiano y la del Jorgito, de azúcar glaseada. Los paquetes mismos lo dicen. Uno podría pensar que eso de merengue italiano es una esnobeada para cobrártelo más caro, y supongo que en cierto modo lo es, pero la distancia entre ambas coberturas es bastante considerable. Por empezar, tocás un Jorgito y te quedás con la mano engrasada por dos semanas. Tienen texturas muy disímiles, cosa que se puede apreciar en las fotos: la cobertura de azúcar glaseada es como la luna, ponele, toda accidentada, con pozos, mientras que la de merengue italiano es lisa, lisa, lisa. Y acá uno podría pensar nuevamente que ésas son boludeces, pura estética, y es verdad, pero el Havanna tiene que dar una mejor imagen, se caracteriza por eso.
De todas formas, también hay diferencia en el gusto. El merengue es merengue, como el que se compra en copitos en el supermercado o el que prepara con clara de huevo. Se deshace como un merengue y con un poquito de atención tiene ese gusto. Y el azúcar glaseada es azúcar glaseada, si la tocás con el dedo húmedo se te queda pegada y tiene ese gusto. No hay mucho más que agregar. Sigue siendo rica.
La realidad es que el alfajor Havanna es malo para sus aspiraciones. No se compara con su versión negra. Falla incomprensiblemente en su consistencia. Su cobertura de merengue es dura, muchísimo más que la del glaseado per se, y eso no estaría mal si el resto de los ingredientes acompañara. Pero no: la masa es también excesivamente dura, sólida (y no sé si no tiene algo como de colación cordobesa, quizá son delirios míos), y lo mismo el dulce de leche. Termina siendo un mazacote, un alfajor compacto difícil de tragar. Rico es, sin dudas, y el dulce de leche está buenísimo y debe ser uno de los mejores del mercado en cuanto a sabor, pero ya comprobamos la gran importancia que tiene la sensación que deja el alfajor al ser mordido. Y en ese sentido, lo de Havanna parece una versión preliminar, un borrador. Decepcionante. (Yo no sé, ahora que lo pienso, si el Havanna, por estar en ese paquete confianzudo, no se habrá humedecido o algo así. Porque es raro que un alfajor sea tan duro. Cuando lo quise cortar, tuve que hacer diez veces más fuerzas que cuando corté el Jorgito. Ahí ya quedaba clara la diferencia) (nota posterior: al otro día comí otro Havanna blanco y comprobé que sí, no es tan duro ni tan mazacote como el que analizo en esta reseña, pero sigue siendo exageradamente macizo. Quiero que quede claro: está bueno, pero de Havanna uno espera algo más).
En cambio el Jorgito, siempre humilde, baratito, popular (siempre preocupado por salvar del hambre al compañero; aporta 194 calorías contra las 160 calorías caretas del Havanna), puede tranquilamente competirle a su rival gorila, y sin apelar a la grandilocuencia ni a cosas como “merengue italiano”. No, la receta es fácil: un alfajor livianísimo al morderlo, que no se parte sino que cede, como pan humedecido, ponele, con buena cantidad de dulce de leche y no mucho más. Por supuesto que la masa es de mala calidad, que el dulce de leche es artificial, que deja una impresión en la boca cuanto menos ambigua, y que tiene ese intento de sabor a ¿limón? que yo qué sé... Pero hagámosla corta, viejo, encontrás más placer al comer un Jorgito que al comer un Havanna. Y al fin y al cabo, de eso se trata.

miércoles, 15 de junio de 2016

Después del Terrabusi, el Capitán del Espacio y el Jorgito (D. de T., C y J)

Podríamos decir que estas tres versiones constituyen el punto de partida, los cimientos, del resto de los alfajores del mercado. Terrabusi, Capitán del Espacio y Jorgito, ergo, todo lo demás. Ésta es, por lo tanto, sólo una reseña, la primera que hago de ellos, pero no la última ni la definitiva. Es de esperar que al final de este viaje, o en alguno de los intervalos, me encuentre con que mis gustos y mis criterios se han vuelto más finos y profundos; entonces ya no debería medir de la misma manera a estos tres pilares. Estoy absolutamente abierto a ese futuro. Es más, voy en su búsqueda. Pero por algo se empieza.
Como ya es hábito, comparemos primero desde el punto de vista más formal. El Jorgito pesa 55 gramos (es decir, 5 gramos más que su versión glaseada) y engorda, atención, 220 calorías. El Terrabusi, por su parte, pesa 50 gramos (doce gramos más que su alter ego blancuzco) y contiene 202 calorías. Y por último, el Capitán del Espacio, que comparte el peso aproximado de 53 gramos con la alternativa glaseada, pero engorda un poco más: 220 calorías, más o menos, al igual que el Jorgito. En cuanto a la cobertura, en sendos casos consiste en baño de repostería, como aclaran sus respectivos paquetes.
Y ahora vamos con lo más arbitrario.
El solo hecho de olerlos nos deja algunas impresiones que después se confirmarán. Es desde un principio el Jorgito no tiene absolutamente nada que hacer frente a los otros dos. Es excesivamente artificial, aun en su aroma. En otro orden de cosas, también resulta ser, por lejos, el que más dulce de leche tiene. Fin de sus virtudes. Su galletita es de lo peor: insulsa, de consistencia vaga. Uno siente que pierde el tiempo o, peor, espacio en su pobre cuerpito en vano, al ingerir esa masa. No por nada su color es mucho más claro que el de los otros dos alfajores. Me hizo recordar esas facturas de color indefinido que, todos lo sabemos, se hacen con las sobras de vaya Dios a saber qué siglo. Los componentes del Jorgito parecen simplemente imbricados, aislados entre sí, fácilmente separables. Y si bien en los tres casos la cobertura es repostería, la del Jorgito es incomprensible: una cosa patinosa, insípida, más parecida al plástico que al chocolate. De ésas que hay que chupar un buen rato para sentirle algo de sabor, y el esfuerzo tampoco garantiza gran cosa. Y el dulce de leche, a pesar de su abundancia, nos hace sospechar. Tiene una consistencia como granulosa, algo similar al dulce de leche (o lo que sea) Vauquita. Por supuesto que es más o menos rico, pero no es para nada gratificante. Deja una sensación como de indecencia, como cuando nos damos un atracón de algún postre improvisado y triste. Lo que prima en el Jorgito es la artificialidad. Muy, muy flojo.
Terrabusi: lo primero que advertimos al disponernos a devorarnos uno de estos ejemplares es su evidente aroma a limón; es una jugada inusual para un alfajor de su precio, pero le sienta bastante bien. El baño de repostería tiene un sabor muy característico, con mucho de limón, claro (aunque todo el alfajor tiene ese dejo, está patente sobre todo en la cobertura). Se trata de una repostería más que interesante, cuyo sabor se distingue, a diferencia de la del Jorgito, de inmediato. La masa también es digna; más que nada, por su consistencia: al igual que su versión glaseada, es muy agradable a la mordida y al tacto lingual. Voy descubriendo que cuanto más oscura es la galletita, más sabor tiene. La del Terrabusi, pues, es la más oscura de las tres, y la mejor, aunque quizá le sobra presencia, ahora que lo pienso. Del dulce de leche no queda mucho más que decir: prolijo, rico, también con saborcito a limón. El limón reina, en definitiva, y es imposible escaparle. Eso, reflexionando un poco, también puede intepretarse como un artificio no del todo noble. Al fin y al cabo, predomina en exceso por sobre los otros componentes tradicionales del alfajor. A favor de esta característica, hay que decir que aporta cierta frescura, lo que lo hace menos empalagoso que los otros dos. Pero tapa, o disimula.
El Capitán del Espacio es el más interesante de los tres. Su baño de repostería, si bien menos llamativo a primera impresión que el del Terrabusi, es apreciablemente más sabroso y más cercano al chocolate. Se quiebra de manera estupenda. Un mordisco del Capitán del Espacio deja una sensación casi gloriosa, propia de un producto de buena calidad. Su efecto es gradual: al masticarlo, los tres componentes del alfajor se van integrando poco a poco, y la mezcla final es excelente. No recurre a sabores externos como el del limón: apela al chocolate. La masa no es la gran cosa. Es más discreta que la del Terrabusi, pero por fortuna, porque deja lugar al dulce de leche, que también es el mejor de los tres, a tal punto que es posible terminar, involuntariamente, concentrándonos únicamente en su sabor, cosa que es imposible en los otros casos. Nuevamente, ese sabor discreto, delicado, del Capitán del Espacio, que no demanda tanta atención, sino que se deja descubrir. El alfajor como unidad, como mundo en sí mismo, resulta mucho mejor que su versión glaseada, en buena medida gracias a su cobertura. Es el mejor de los tres.
El Jorgito, concluyendo, es una cosa sosa, poco lograda, bruta. Se le valora su capacidad de saciedad pero en este caso ni siquiera es tanto mayor. De hecho, creería que esos cinco gramos de más sobre el Terrabusi no es otra cosa que un manotazo de ahogado para contrarrestar en la formalidad la evidente inferioridad de su calidad. Queda muy lejos de sus competidores.
Y el Terrabusi, repito, es una opción muy digna, arriesgada y genuina. Pero buen alfajor, lo que se dice buen alfajor, es el Capitán del Espacio.

El Capitán del Espacio, Riquelme y el Jorgito

Empecemos por las diferencias formales: el Jorgito pesa 50 gramos (194 calorías) y el Capitán del Espacio, 53 (y según mis cálculos, aporta algo así como 190 calorías) (El paquete dice 40 gramos, pero al leer la información nutricional, notamos que 40 gramos pesan tres cuartos de alfajor. Aplicando una simple regla de tres, obtenemos que el peso real es de 53,3 (periódico) gramos. Me pareció muy curioso, pero ahora tiene más sentido). El Jorgito es más sólido al tacto, y pareciera ser más denso; sus contornos están mejor definidos, es más “cuadrado”, y todo eso redunda en que tenerlo en la mano sea mucho más agradable y en que, sobre todo, a la hora de hincar el diente la experiencia resulte más placentera, precisamente porque, palabra clave, es más crocante.
Podría decirse, también, que lo que se pone en juego al medir el Jorgito y el Capitán del Espacio son dos ideologías, dos formas de ver el mundo igualmente válidas. El Jorgito es generoso, señores. Generoso, claro, dentro de los límites de un alfajor de su valor. Pero tiene una buena cantidad de dulce de leche y, si uno lo come con mediana atención, por momentos hasta empalaga. Es rico, también, pero su cualidad sobresaliente es la abundancia. A la hora del hambre, amigos, no hay ninguna duda.
El Capitán del Espacio, en cambio, para la pelota, se toma su tiempo, mira a los costados, mete un pase gol. El Capitán del Espacio es Riquelme; mucho más modesto, humilde desde su mismo circuito de distribución hasta su envoltura, digámoslo, cuanto menos discutible. No esperes que te deslumbre de un bocado, que te haga acabar, no. Tampoco esperes que te cambie la vida. Dos cosas: ¿está sobrevalorado? Sí. ¿Es, de todas formas, un alfajor distinto? También. Porque lo de Riquelme fue exagerado, digamos que es Riquelme en un par de años jugando un torneo interno de señores de más de cincuenta y cinco años. Y haciendo la diferencia, obvio.
(Hay que decir, claro, que el Capitán del Espacio, al menos en Capital, y a pesar de que en la teoría se ubica en el mismo estrato que los Jorgito, está apenas o bastante más caro, dependiendo de lo paqueta que sea la zona y de la oferta y la demanda y todo eso, que su contrincante. Un día tendremos que referirnos al Capitán como objeto de culto y bla bla bla, pero no hoy).
Y ahora hablando un poco más concretamente, el Capitán del Espacio es mucho más delicado que el Jorgito. La mayor diferencia, como en todo, nace en el dulce de leche, que en conjunción con la masa da como resultado un sabor especial, prolijo, muy sutil para lo que suele esperarse de alfajores —más que— populares. Cuando comés un Jorgito es difícil eludir la impresión de que la calidad es mala: el dulce de leche, aunque rico y abundante, tiene algo como ácido e invasivo (muy pero muy característico, por lo demás, del Jorgito), y la masa es menos masa, se disgrega más fácil y, en definitiva, es más berreta. En el Capitán del Espacio no, pero en todo caso hay que hacer un esfuerzo para advertirlo. En cuanto a la cobertura de azúcar glaseada no noté grandes diferencias.
Concluyamos lo siguiente: que el Capitán del Espacio es definitivamente más rico y más interesante, pero que el Jorgito es más generoso, más chancho, y que si estás de bajón es una opción dignísima.
Aplausos para ambos, han jugado limpiamente.