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domingo, 3 de julio de 2016

Cierren todo: el Cachafaz no pertenece a este mundo

“No creía que Dios existiese hasta que conocí el Cielo”, “Mi vida se venía a pique cuando probé este alfajor”, “Este alfajor salvó mi matrimonio”. Éstas y otras frases del mismo tenor han proferido aquéllos que probaron el alfajor Cachafaz.
Efectivamente: el Cachafaz ofrece una experiencia celestial desde todo punto de vista. Lo supe desde el primer momento, desde que su cobertura me guiñó el ojo y me incitó a recorrer, con los dedos, su relieve; desde que lo tomé entre las manos y percibí su peso divino, desde que lo olí (su olor, Dios mío, es una maravilla).
No exagero ni un poco. Bueno, tal vez un poquito. Pero es verdad que el Cachafaz es un objeto precioso y sensual. Una oda al alfajor, un canto a las infinitas posibilidades del género, la sublimación de la golosina y de la belleza. Es más: se parece al arte.
Pero no quiero perderme en divagues pseudo-literarios, aunque tengo muchos más adjetivos para vomitar. Perdónenme.
Su aroma me recordó a cierto chocolate que mi padre o algún viajero familiar solía traerme del free shop, esos shoppingcitos sin impuestos que hay en aeropuertos y buquebuses. Se trata de un chocolate amargo, con un levísimo dejo a limón, pero no puedo recordar exactamente de cuál. Es una pena. Como sea: la cobertura me recordó a un chocolate, y encima amargo, lo cual indica su excelente calidad. Comprobé al darle la primera mordida que no sólo en su aroma se asemejaba al misterioso chocolate del free shop, sino también en su sabor. Chocolate puro, amargo y bueno. Por supuesto que aquí está la clave del alfajor. Cuando uno muerde un Cachafaz, su cobertura se quiebra de una manera tan maravillosa que no valdría la pena describirla. Y por supuesto, luego este gran chocolate amargo se queda repercutiendo en las muelas y el paladar hasta deshacerse y permanecer sólo en forma de recuerdo feliz.
Pero el alfajor-Dios Cachafaz no es sólo una impresionante capa de chocolate, sino que, por si fuera poco, y para patentar su halo divino, posee una cantidad enorme de dulce de leche. Pueden comprobarlo en las fotos. Básicamente, entrarle a un Cachafaz es entrarle a una combinación –diría– inmejorable de dulce de leche y chocolate. Porque a pesar de su generosidad, comparable a la del alfajor Vauquita, no es, como éste, voluptuoso. El dulce de leche del Cachafaz es extremadamente cremoso y menos dulzón, menos excéntrico y menos empalagoso que la mayoría; es muy parecido al dulce de leche artesanal. En resumen: todo se halla en adorable armonía.
Y luego queda por caracterizar la masa, que también tiene sus particularidades, empezando por que ocupa una ínfima porción en al alfajor completo. No terminé de decidir si son favorables o no (aunque me inclinaría a pensar que sí), pero en todo caso son particularidades. Es una masa muy distinta a todas las otras, por cuanto sus partículas parecen ser mucho más pequeñas y ligeras. Su color es raro, si se fijan bien; es más grisáceo. En la boca, la galletita (aunque lejos está de ser “galletita”) se convierte en una especie de polvo húmedo, o de papilla; en otros casos podría haber sido un error, pero aquí, créanme, es otro acierto.
No sé qué más decir. Dejé mis credenciales de crítico en esta alabanza incesante. Pero es sincera. Ahora bien: pobre del Havanna. Después de estos párrafos, después de probar el Cachafaz, al Havanna sólo puede dársele una palmadita de consolación: “al menos lo intentaste, pibe”. Es injusto, porque el Havanna es definitivamente un buen alfajor. Pero no se compara. No hay nada que hacer.
El Havanna también tiene algo del limón, pero de una manera distinta al Cachafaz. Discúlpenme la expresión, pero voy a decir grotesca: de una manera mucho más grotesca. El olor de este alfajor es algo muy especial, un olor tan propio como el del Jorgito, aunque, por supuesto, más atractivo. Es el mismo aroma que uno percibe al entrar en uno de los bares Havanna. Por lo demás, el chocolate hace un esfuerzo por ser amargo (no: es amargo y rico, pero si lo tengo que comparar con el Cachafaz…), aunque de ningún modo es el protagonista del alfajor. Se quiebra de forma aceptable.
Agreguemos, antes de olvidarnos, información formal: el Cachafaz pesa 60 gramos y el Havanna 55. El primero aporta 244 calorías; el Havanna, 208 calorías.
La impresión general que deja el Havanna, y es por ella que debe juzgarse un alfajor, es mucho más dulzona que la del Cachafaz. Hay una notable presencia de la masa, de algo un poco granulado; la mordida es más trabajosa, de alfajor terrenal. Y esto, sumado a un dulce de leche más sólido, de sabor profundo pero también más dulce, hace que el alfajor en sí resulte más empalagoso. No quiero soslayar el hecho de que es uno de los mejores del mercado: es equilibrado, tiene un buen chocolate (y genuino) amargo y un dulce de leche de interesantísimo sabor aunque, para mi gusto, consistencia demasiado rígida.
Y ya está, voy a terminar la reseña en este punto, porque toda la inspiración se me fue con el Cachafaz y ya se está volviendo pesada y aburrida. Además, ya dije todo lo que tenía que decir.

jueves, 30 de junio de 2016

¿Sabías que el Jorgito blanco no es igual que el Havanna?

Varios años antes de que yo emprendiera esta tarea de analizar y cotejar todos los alfajores más o menos accesibles del mercado porteño, otro blog, cuyo dueño es el ya legendario Lord Khyron, había hecho lo propio con mucha más originalidad, desde luego, y mucho más conocimiento. Sin este antecedente yo difícilmente hubiera dado origen a este proyectito. El hecho es que en ese blog, aquí, se dice que los Terrabusi y los Havanna glaseados son iguales. En realidad, se trata de un antiguo rumor que dio lugar a mucha literatura, especulación y, entre otras cosas, a esta hermosísima canción punk que nos acercó por Twitter el Trivi. La cuestión es que semejante leyenda movió mi curiosidad e, incrédulo, me dispuse a comprobar en carne propia cuál era su grado de realidad.
PATRAÑAS.
Estos dos alfajores son apreciablemente distintos. Los une el color blanco por fuera (eso si el Jorgito ya no es puras migas cuando llega a tus manos), un peso similar (50 gramos el Jorgito, 48 el Havanna) y no mucho más. Son bien distintos, y sólo oliéndolos la diferencia se patentiza. El aroma del Jorgito es, como ya dijimos en alguna reseña, agresivo y artificial, aunque no necesariamente desagradable. Es el típico olor del Jorgito; muy difícil desconocerlo. El del Havanna, por su parte, es muchísimo más discreto, hay que acercarse al alfajor (hot) para percibirlo, y no sabría definirlo. Olor a merengue, supongo.
Porque eso hay que decirlo: la cobertura del Havanna es de merengue italiano y la del Jorgito, de azúcar glaseada. Los paquetes mismos lo dicen. Uno podría pensar que eso de merengue italiano es una esnobeada para cobrártelo más caro, y supongo que en cierto modo lo es, pero la distancia entre ambas coberturas es bastante considerable. Por empezar, tocás un Jorgito y te quedás con la mano engrasada por dos semanas. Tienen texturas muy disímiles, cosa que se puede apreciar en las fotos: la cobertura de azúcar glaseada es como la luna, ponele, toda accidentada, con pozos, mientras que la de merengue italiano es lisa, lisa, lisa. Y acá uno podría pensar nuevamente que ésas son boludeces, pura estética, y es verdad, pero el Havanna tiene que dar una mejor imagen, se caracteriza por eso.
De todas formas, también hay diferencia en el gusto. El merengue es merengue, como el que se compra en copitos en el supermercado o el que prepara con clara de huevo. Se deshace como un merengue y con un poquito de atención tiene ese gusto. Y el azúcar glaseada es azúcar glaseada, si la tocás con el dedo húmedo se te queda pegada y tiene ese gusto. No hay mucho más que agregar. Sigue siendo rica.
La realidad es que el alfajor Havanna es malo para sus aspiraciones. No se compara con su versión negra. Falla incomprensiblemente en su consistencia. Su cobertura de merengue es dura, muchísimo más que la del glaseado per se, y eso no estaría mal si el resto de los ingredientes acompañara. Pero no: la masa es también excesivamente dura, sólida (y no sé si no tiene algo como de colación cordobesa, quizá son delirios míos), y lo mismo el dulce de leche. Termina siendo un mazacote, un alfajor compacto difícil de tragar. Rico es, sin dudas, y el dulce de leche está buenísimo y debe ser uno de los mejores del mercado en cuanto a sabor, pero ya comprobamos la gran importancia que tiene la sensación que deja el alfajor al ser mordido. Y en ese sentido, lo de Havanna parece una versión preliminar, un borrador. Decepcionante. (Yo no sé, ahora que lo pienso, si el Havanna, por estar en ese paquete confianzudo, no se habrá humedecido o algo así. Porque es raro que un alfajor sea tan duro. Cuando lo quise cortar, tuve que hacer diez veces más fuerzas que cuando corté el Jorgito. Ahí ya quedaba clara la diferencia) (nota posterior: al otro día comí otro Havanna blanco y comprobé que sí, no es tan duro ni tan mazacote como el que analizo en esta reseña, pero sigue siendo exageradamente macizo. Quiero que quede claro: está bueno, pero de Havanna uno espera algo más).
En cambio el Jorgito, siempre humilde, baratito, popular (siempre preocupado por salvar del hambre al compañero; aporta 194 calorías contra las 160 calorías caretas del Havanna), puede tranquilamente competirle a su rival gorila, y sin apelar a la grandilocuencia ni a cosas como “merengue italiano”. No, la receta es fácil: un alfajor livianísimo al morderlo, que no se parte sino que cede, como pan humedecido, ponele, con buena cantidad de dulce de leche y no mucho más. Por supuesto que la masa es de mala calidad, que el dulce de leche es artificial, que deja una impresión en la boca cuanto menos ambigua, y que tiene ese intento de sabor a ¿limón? que yo qué sé... Pero hagámosla corta, viejo, encontrás más placer al comer un Jorgito que al comer un Havanna. Y al fin y al cabo, de eso se trata.