Mostrando entradas con la etiqueta Alfajores negros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Alfajores negros. Mostrar todas las entradas

viernes, 15 de julio de 2016

La consagración del Capitán

En una de las primeras reseñas de este blog comparábamos al Jorgito, al Terrabusi y al Capitán del Espacio, pero en su versión doble. Concluíamos entonces que el Jorgito quedaba muy por detrás, que la competencia se daba entre los otros dos, y fue por eso que al comparar sus versiones triples elegí esta vez sólo al Terrabusi y al Capitán del Espacio. Tal vez fue un error, porque del Jorgito glaseado al Jorgelín hay un salto impresionante, son dos alfajores muy distintos. En estos dos casos, en cambio, no hay mucha diferencia.
Me alegró ratificar el veredicto de aquella vez; quiere decir que estoy logrando mantener el criterio. Poquitas cosas debería cambiarle a aquel temprano análisis para que se ajustara a mis impresiones más recientes.
Pero antes, comparemos al Capitán y al Terrabusi en lo que tienen de alfajores triples. Por empezar, digamos que el Capitán del Espacio es casi un tercio más grande. Los mismos paquetes lo evidencian: el Capitán pesa 80 gramos (alrededor de 300 calorías) y el Terrabusi, 70 (270 calorías). Es una diferencia para tener presente si tomamos en cuenta la capacidad de saciedad de la que hablábamos en la reseña previa.
Al Capitán del Espacio lo favorece ampliamente el hecho de ser triple: más lugar para la galletita y para el dulce de leche, que son su gran virtud. Al Terrabusi, todo lo contrario.
¿Qué nos dicen los respectivos aromas de los alfajores en sí? El del Capitán, todas cosas buenas. Es un olor muy especial, mezcla entre chocolate y galletita de vainilla. Me encantaría entrar a un bar que oliera a Capitán del Espacio. El del Terrabusi casi que es puro limón; es un aroma afectado, exagerado, artificial. Ya recomendamos alguna vez a los creadores de alfajores que no se pasen con el gustito a limón. Aquí están los resultados. De todas formas no está tan mal: dentro de todo el Terrabusi ha alcanzado un sabor decente aun abusando del limón.
Si hay un aspecto en el que el Terrabusi arrasa, es en la cobertura. Es muy gruesa, amarga, bastante rica. Por supuesto que en ambos casos se trata de baño de repostería, pero en este caso está muy bien logrado, es uno de los mejores que probé. En cambio, en el Capitán del Espacio es más bien delgada y de las que hay que lengüetear un rato para extraerles algo de sabor, que finalmente encastra bastante bien en la esencia general, pero que per se es definitivamente malo. Esta clase de repostería, cuanto más fría está, peor es; por eso el otro día, con diez grados, me clavé un Capitán del Espacio y estaba tan feo. Ahora lo entiendo.
En lo demás, el Terrabusi falla. Su mayor problema está en la masa: demasiado crujiente, demasiado sólida, demasiado presente. Se lleva toda la atención (that bitch) y opaca a todo lo demás, contrariamente a lo que indican los manuales del buen alfajor. Todo en el Terrabusi está como apretado, contenido; le falta aire y esponjosidad (de hecho, fíjense que a pesar de ser triple es mucho más bajito que el Capitán del Espacio). Y como escatima bastante en dulce de leche, el resultado final es pobre: uno no sabe si está comiendo un alfajor o algún híbrido extraño.
Su rival, en cambio, es un experto del equilibrio, un producto acabado y coherente. El Capitán del Espacio gana porque la mezcla que deviene en la boca, lo que en biología llamarían, con dudoso gusto, el bolo alimenticio, es brillante. La fusión entre dulce de leche y masa —acaso semejante, por momentos, a la de un buen bizcochuelo— es especial, y en este caso es todavía mejor porque tiene más dulce de leche que el doble. Y detrás de todo, un gustito sublime, muy característico, del que muchos alfajores se olvidan y al que otros simulan con resultados lamentables (el Recoleta, por ejemplo). Es ese sabor que se eleva por encima de todos los componentes, que lo envuelve todo, es el sabor del alfajor, que en el Capitán del Espacio tiene un sello inequívoco. No se entiende exactamente de dónde proviene, porque nada es especialmente destacable de por sí. Es en la sumatoria de sus partes, en la boca misma, que se produce el milagro del Capitán del Espacio.
Probablemente una de las claves se encuentre en este dulce de leche tan espeso. Es pegajoso, denso, y por eso se mezcla de ese modo tan curioso con la galletita. Está lejos de un gusto genérico: diría que es un gusto coherente con el de la cobertura y la galletita. El meollo está ahí, en que todo avanza en una misma dirección. ¿Habrá un genio detrás de este alfajor o habrá sido el maravilloso resultado del azar?
Sea como sea, una vez más, y todavía con mayor contundencia, el Capitán del Espacio vence al Terrabusi.

lunes, 11 de julio de 2016

Resistiré

La untuosa voz del locutor amasa lentamente las palabras: “Una irresistible tentación [breve pausa] de dulce de leche”. Es el comercial de radio AM (¿alguien escucha todavía AM? Pues yo sí) del alfajor La Recoleta.
Sabemos que las publicidades son por definición exageradas y en muchos casos lisa y llanamente mentirosas. Entre la del My Urban, que hasta donde yo sé no hizo ninguna revolución, y ésta, tenemos dos ejemplos perfectos. Porque de tentación, una vez que lo abrís, el Recoleta no tiene nada. Y de irresistible, menos. Más bien les convendría, queridos lectores, por vuestra salud, resistir lo más que puedan.
El alfajor La Recoleta no merecería el calificativo de muy malo si se promocionara como el Grandote, pero se autodenominan “Premium” y tienen un paquete bastante pretencioso, y bajo esos parámetros da ganas de llorar.
Por cierto, este alfajor pesa 72 gramos y aporta 269 calorías. Se asemeja, en cuanto a tamaño e información nutricional, al Vauquita (80 gramos, 297 calorías). Son dos casos raros, porque siendo dobles pesan casi como un triple.
La sospecha comenzó, como suele ocurrir, al olerlo. Era definitivamente un olor dudoso, ambiguo, que tenía más de limón que de chocolate, galletita o dulce de leche. Al chocolate (a su imitación, porque es repostería) costaba percibirlo. Una exagerada cantidad de limón artificial para disimular otros olores —o bien su ausencia— es una jugarreta imperdonable, creadores de alfajores.
Por supuesto, estos temores se vieron confirmados cuando saboreé un pedacito de cobertura que salió volando al cortar al alfajor en dos. Ahí directamente emití un “mmm” audible. Pero no de placer, sino de desconfianza creciente.
No sabía que tantas cosas podían estar mal en la consistencia de un alfajor hasta que probé el Recoleta. La cobertura es una aberración. Patinosa, de un sabor desde luego artificial, insignificante, y, lo peor, que se deshace en granitos al morderla. Y luego, permanece en las muelas tal como lo hace el baño de repostería del Guaymallén, como plástico o chicle. Se parecen tanto que hasta creí que me iba a dejar el paladar esa sensación tan extraña. Por suerte eso no ocurrió.
Luego, la galletita, que a pesar de que cuenta con la blandura adecuada, de a ratos se aísla del resto del alfajor y nos obliga a sentir su no-gusto, su insipidez extraordinaria. Si tienen la oportunidad, hagan la prueba de morder tan sólo cobertura y masa y vean qué experiencia tan desagradable. Es el sabor típico de un alfajor berreta, de uno muy barato. En muchos aspectos, el propio Jorgito o alfajores de ese precio lo superan con creces.
En cambio, el dulce de leche lo salva del desastre, aun sin ser demasiado especial. La cantidad es generosa, pero no mayor a la de alfajores con relleno verdaderamente abundante como el Vauquita. Es muy cremoso, y ésa es una gran virtud, muy dulce, aunque tampoco es nada de otro mundo, y con un notable gusto a leche. Deja una sensación rara en la boca: las amígdalas quedan ardiendo levemente, como con la comida picante, y supongo que de ahí vendrá lo de “intenso”. Buoh. Lo único que es seguro es que esa “intensidad” deviene acidez en pocos instantes.
Pero como de todas formas el dulce de leche está bien, y es muy cremoso, y el resto de los componentes son al mismo tiempo blandos y en cierta medida, cuando no estorban, le ceden el protagonismo, el alfajor es comible. Sin embargo, en la relación precio-calidad es de lo peor que he probado.

domingo, 10 de julio de 2016

Cerca de la revolución

Hace unos años, ya no sé cuántos, hizo su aparición en el mercado un alfajor que se decía, a través de numerosos carteles publicitarios, revolucionario. Puro humo, por supuesto. Se trataba de un alfajor más, y los que salimos a comprarlo a los pocos días de su lanzamiento nos decepcionamos. Desde entonces la mayoría de los amantes de los alfajores le guardamos rencor, no sólo por esa desleal campaña publicitaria sino también por ese cipayismo inexplicable que los condujo a bautizar con un nombre en inglés una golosina típicamente argentina y de la que no se tiene registro en ningún país angloparlante.
Pero como me debo a ustedes, estimadísimos lectores, tragué saliva y pedí avergonzado un maiurban, por favor. El kioskero me miró de reojo y dubitó un momento pero finalmente condescendió a entregármelo. Y me lo comí y lo reseñé.
Nobleza obliga: el My Urban está muy bueno. Tengamos presente que es un alfajor de clase media, digamos, a la par del Milka, el Smack, cosas así (más allá de su desconcertante etiqueta de “Premium”. ¿Premium qué, boludón?). Sin embargo, pesa un poco más que todos ellos: 65 gramos, y es bastante más engordante: 245 calorías.
El My Urban huele como deben oler los alfajores. Es un aroma intenso, muy similar al del Terrabusi, con un toque de limón pero más leve. Su causante es, claro, la cobertura, que no es chocolate genuino, sino baño de repostería; una cobertura muy gruesa, de contextura extraña, como de turrón blando, porosa, y que se desprende demasiado fácilmente, al punto tal que al partir el alfajor en dos la capa superior quedó separada del todo, en posición vertical. Pero esta singular característica contribuye a una excelentísima consistencia: el alfajor se quiebra como Dios manda; sensorialmente hablando, es una experiencia difícil de igualar. Porque el baño repostero cruje por encima y por debajo cede; al mismo tiempo cede la masa, muy blanda, y todo se mezcla con un dulce de leche muy cremoso. El equilibrio, en este aspecto, está muy logrado. El Vauquita y el Bimbo comparten en cierto sentido la blandura, pero no creo que lo igualen.
¿En qué falla, entonces, este alfajor? Yo digo que no encuentra su identidad y la falsea un poco. Si bien la cantidad de dulce de leche es la adecuada, y si bien tiene una gran consistencia, escatima en profundidad: no es demasiado dulce ni demasiado sabroso, y se termina diluyendo. Y tampoco el baño de repostería se transforma en protagonista, porque debido a su extraña consistencia tarda en revelar su sabor; es hermético, hay que chuparlo (a falta de un sinónimo más decoroso) más tiempo que el ideal para sentirle el gusto, y cuando por fin aparece, el dulce de leche ya se perdió en la boca. De todas maneras, a esta débil presencia general puede vérsele el lado positivo: el My Urban apenas empalaga, y aunque pesa y engorda más que la mayoría de los alfajores dobles, pareciera saciar menos.
En cuanto a la masa, no tengo mucho para decir. La verdad es que me cuesta mucho distinguir el sabor específico de cada galletita; sea al alfajor que sea, apenas le encuentro gusto. Sí puedo señalar que deja demasiadas migas y que se asemeja más que ninguna otra a la del Cachafaz, en lo tocante a su blandura y su fácil disolución.
Los invito a deponer las armas y a darle una chance al denostado My Urban. Es un alfajor más que aceptable y merece una segunda oportunidad.

viernes, 8 de julio de 2016

Y no tienes un poquito de amor para dar…

Maldita nuestra suerte, otra vez nos comimos una réplica. Si el alfajor La Aldea era una imitación barata del Cachafaz, el Dulce Estampa es una imitación mucho más fidedigna del Havanna. Su versión marplatense. No es más que eso.
Lo vi, si no me equivoco, cuando caminaba por Río de Janeiro, barrio de Almagro, en el escaparate de una heladería desierta. Y me llamó la atención.
Pero ni bien lo abrí empecé a sospechar. Esta vez tenía muchos más motivos porque con la última reseña había comprobado que los casos de réplica entre los alfajores parecen ser posibles. La textura de la cobertura (ustedes mismos pueden comprobarlo; aquí en el blog hay fotos del Havanna) profundizó mi sospecha, el aroma que despedía me las confirmó.
Los alfajores se parecen tanto que gran parte de las diferencias que podría mencionar son mera especulación; podría estar equivocándome. Para comparar como se debe debería haber tenido un Havanna al lado, pero ya saben: tarifazo. Y además hay que cuidarse, che. Así que del Havanna sólo tuve presente el recuerdo.
Nombremos las diferencias irrefutables: el Dulce Estampa aporta 195 calorías y el Havanna, 208. Esto podría deberse a dos cosas: a que el grosor de la cobertura de chocolate sea menor en el Estampa, de lo cual estoy casi seguro, o a que sea menor la cantidad de dulce de leche, cosa que no me parece cierta, a priori. Porque tengamos en cuenta que el peso es el mismo: 55 gramos.
Todo lo otro que pueda decir ya es más dudoso. Quizás el dulce de leche sea menos sabroso en el alfajor marplatense. Pero sólo quizás. Las cualidades generales son similares: su consistencia, bastante rígida, su sabor profundamente dulzón, la forma de combinarse con el resto de los componentes. También el gusto del chocolate parece ser el mismo, o uno muy parecido, y su forma de quebrarse es tan buena en un alfajor como en el otro. De la masa puedo decir poco: tal vez en el Estampa sea apenitas más crocante. En todo caso, la sensación global del alfajor, lo que lo define, me pareció similar. No sé si podría distinguirlos en un “blind test”, como dicen los modernos.
De manera que el Dulce Estampa está bueno, obvio, porque copia al Havanna. Pero a diferencia del alfajor La Aldea, que por lo menos era apreciablemente más barato que el Cachafaz, el Estampa sale lo mismo. Estas réplicas nos entristecen mucho. La identidad es un aspecto importantísimo de un alfajor, lo que hace que compararlos tenga un sentido y que sintamos cariño por unos y desprecio o indiferencia por otros. Lo que permite la identificación, como sucede con los quilmeños y el Capitán del Espacio. La vacuidad del Dulce Estampa es tal, que lo que los distingue es un bigotito y un sombrero “vintage”, de esos que se pusieron de moda en Tumblr hace cinco años. De argentinos, de marplatenses, nada. Y para colmo, las típicas estrellitas y el paquete dorado. ¡Ni la textura de la cobertura se dignaron a cambiar! Tampoco se me ocurre qué posibilidades de competirle tiene, tanto acá como en Mar del Plata, porque en ambas ciudades hay Havanna. Este caso me desconcierta.
En resumen: antes de clavarte un Dulce Estampa, clavate un Havanna, que si no es mejor, es igual, y por lo menos es la versión original. Parafraseando a Charly: “Puedes ver amanecer con un Estampa en un hotel y no tienes un poquito de amor para dar”.

jueves, 7 de julio de 2016

Cuando sea grande quiero ser un Cachafaz

Alfajor La Aldea. ¿Qué tul? Por empezar es raro que el nombre de un alfajor esté compuesto por dos palabras. ¿Cómo le decís al kioskero? ¿“Me das un La Aldea”? (Aunque, a decir verdad, lo compré en el mercado de la vuelta de mi casa, del cual creo haber hablado ya, que tiene algunos alfajores curiosos). Pero ésta no es una única rareza del Aldea (así le vamos a decir).
Esta reseña sería muy distinta si yo no hubiera probado y analizado tan minuciosamente el Cachafaz, del cual el Aldea es, atención, una copia. De esto no pueden quedar mayores dudas: todos sus componentes se le asemejan en algo. Por eso es un caso tan interesante. Veamos.
Apelando a un recurso que ya creímos reconocer en el Jorgito, que pesa 5 gramos más que el Terrabusi, el Aldea pesa 65 gramos (257 calorías) y 60 el Cachafaz. Quizá ésta sea la única diferencia voluntaria.
Los parecidos, en cambio, comienzan en su mismo aspecto exterior. Su envoltura es, como en casi todos los alfajores con aires de superioridad, de papel y con estrellitas en relieve. La diferencia es que este papel es mucho más ligero, anticipo y símbolo del alfajor per se. Supongo que se venderá también en Brasil, porque como en este tipo de productos cosmopolitas, su descripción está tanto en español como en portugués. Su fábrica está, según dice en el paquete, en Caseros.
¿Recuerdan esa cobertura bien sólida del Cachafaz y eses relieve como de olas en su superficie? Bueno, también está acá, aunque reflejado con un poco más de desprolijidad.
Muy sorprendente resulta la similitud en los dos aromas y, más aún, la similitud de los chocolates en todas sus cualidades. El chocolate es el mejor logro del Cachafaz y lo es también, porque la imitación es muy fidedigna, en el Aldea. Debo admitir que me costaría distinguirlos: tanto su sabor como su grosor (aunque sólo en la parte de arriba; en la de abajo escatiman) se parecen mucho. Partiendo de esta base es muy difícil que las cosas salgan mal. Su gran sabor, su gran olor y su gran forma de quebrarse le afanó La Aldea al chocolate del Cachafaz.
El resto de los componentes también desean parecerse, pero no lo logran con tanto éxito. De hecho, la masa termina siendo un fracaso estrepitoso. Lejos de ese polvo húmedo en que se convertía la galletita del Cachafaz al ser amasada por nuestra afortunada lengua (hot), ésta se parece más a una lija, y a una lija insípida. Si no arruina al alfajor es porque su cantidad es mínima, al igual que, de nuevo, en el Cachafaz.
Lo del dulce de leche es todavía más raro. Como habrán visto en las fotos, tiene un color mucho más claro que la mayoría. Su cantidad, por otra parte, sí es enorme, similar a la del Cachafaz. Pero su gusto y su color recuerdan a la mezcla de la chocotorta, y también su consistencia: es cremoso, suave, discreto. Tal vez no sea la opción más conveniente para un alfajor, porque los alfajores deben tener dulces de leche vigorosos y protagonistas. En última instancia, termina dejándole más lugar al chocolate, y mal no resulta, aunque la sensación final no es tan duradera ni tan gratificante como en un Cachafaz auténtico.
Lo cierto es que el Aldea es un alfajor desequilibrado, el extraño resultado de una imitación un tanto grosera. Si es una buena opción, es en la medida en que es más barato que el Cachafaz y podría llegar a ser más atractivo (por su chocolate, más que nada) que los alfajores de su mismo precio. Pero, en definitiva, no deja de ser una copia, y no supera a su modelo en ningún aspecto. Además de la condena que merece por no ser más que una imitación.

domingo, 3 de julio de 2016

Cierren todo: el Cachafaz no pertenece a este mundo

“No creía que Dios existiese hasta que conocí el Cielo”, “Mi vida se venía a pique cuando probé este alfajor”, “Este alfajor salvó mi matrimonio”. Éstas y otras frases del mismo tenor han proferido aquéllos que probaron el alfajor Cachafaz.
Efectivamente: el Cachafaz ofrece una experiencia celestial desde todo punto de vista. Lo supe desde el primer momento, desde que su cobertura me guiñó el ojo y me incitó a recorrer, con los dedos, su relieve; desde que lo tomé entre las manos y percibí su peso divino, desde que lo olí (su olor, Dios mío, es una maravilla).
No exagero ni un poco. Bueno, tal vez un poquito. Pero es verdad que el Cachafaz es un objeto precioso y sensual. Una oda al alfajor, un canto a las infinitas posibilidades del género, la sublimación de la golosina y de la belleza. Es más: se parece al arte.
Pero no quiero perderme en divagues pseudo-literarios, aunque tengo muchos más adjetivos para vomitar. Perdónenme.
Su aroma me recordó a cierto chocolate que mi padre o algún viajero familiar solía traerme del free shop, esos shoppingcitos sin impuestos que hay en aeropuertos y buquebuses. Se trata de un chocolate amargo, con un levísimo dejo a limón, pero no puedo recordar exactamente de cuál. Es una pena. Como sea: la cobertura me recordó a un chocolate, y encima amargo, lo cual indica su excelente calidad. Comprobé al darle la primera mordida que no sólo en su aroma se asemejaba al misterioso chocolate del free shop, sino también en su sabor. Chocolate puro, amargo y bueno. Por supuesto que aquí está la clave del alfajor. Cuando uno muerde un Cachafaz, su cobertura se quiebra de una manera tan maravillosa que no valdría la pena describirla. Y por supuesto, luego este gran chocolate amargo se queda repercutiendo en las muelas y el paladar hasta deshacerse y permanecer sólo en forma de recuerdo feliz.
Pero el alfajor-Dios Cachafaz no es sólo una impresionante capa de chocolate, sino que, por si fuera poco, y para patentar su halo divino, posee una cantidad enorme de dulce de leche. Pueden comprobarlo en las fotos. Básicamente, entrarle a un Cachafaz es entrarle a una combinación –diría– inmejorable de dulce de leche y chocolate. Porque a pesar de su generosidad, comparable a la del alfajor Vauquita, no es, como éste, voluptuoso. El dulce de leche del Cachafaz es extremadamente cremoso y menos dulzón, menos excéntrico y menos empalagoso que la mayoría; es muy parecido al dulce de leche artesanal. En resumen: todo se halla en adorable armonía.
Y luego queda por caracterizar la masa, que también tiene sus particularidades, empezando por que ocupa una ínfima porción en al alfajor completo. No terminé de decidir si son favorables o no (aunque me inclinaría a pensar que sí), pero en todo caso son particularidades. Es una masa muy distinta a todas las otras, por cuanto sus partículas parecen ser mucho más pequeñas y ligeras. Su color es raro, si se fijan bien; es más grisáceo. En la boca, la galletita (aunque lejos está de ser “galletita”) se convierte en una especie de polvo húmedo, o de papilla; en otros casos podría haber sido un error, pero aquí, créanme, es otro acierto.
No sé qué más decir. Dejé mis credenciales de crítico en esta alabanza incesante. Pero es sincera. Ahora bien: pobre del Havanna. Después de estos párrafos, después de probar el Cachafaz, al Havanna sólo puede dársele una palmadita de consolación: “al menos lo intentaste, pibe”. Es injusto, porque el Havanna es definitivamente un buen alfajor. Pero no se compara. No hay nada que hacer.
El Havanna también tiene algo del limón, pero de una manera distinta al Cachafaz. Discúlpenme la expresión, pero voy a decir grotesca: de una manera mucho más grotesca. El olor de este alfajor es algo muy especial, un olor tan propio como el del Jorgito, aunque, por supuesto, más atractivo. Es el mismo aroma que uno percibe al entrar en uno de los bares Havanna. Por lo demás, el chocolate hace un esfuerzo por ser amargo (no: es amargo y rico, pero si lo tengo que comparar con el Cachafaz…), aunque de ningún modo es el protagonista del alfajor. Se quiebra de forma aceptable.
Agreguemos, antes de olvidarnos, información formal: el Cachafaz pesa 60 gramos y el Havanna 55. El primero aporta 244 calorías; el Havanna, 208 calorías.
La impresión general que deja el Havanna, y es por ella que debe juzgarse un alfajor, es mucho más dulzona que la del Cachafaz. Hay una notable presencia de la masa, de algo un poco granulado; la mordida es más trabajosa, de alfajor terrenal. Y esto, sumado a un dulce de leche más sólido, de sabor profundo pero también más dulce, hace que el alfajor en sí resulte más empalagoso. No quiero soslayar el hecho de que es uno de los mejores del mercado: es equilibrado, tiene un buen chocolate (y genuino) amargo y un dulce de leche de interesantísimo sabor aunque, para mi gusto, consistencia demasiado rígida.
Y ya está, voy a terminar la reseña en este punto, porque toda la inspiración se me fue con el Cachafaz y ya se está volviendo pesada y aburrida. Además, ya dije todo lo que tenía que decir.

lunes, 27 de junio de 2016

Bimbo, mi buen amigo

El alfajor Bimbo es uno de los más extraños del mercado. Es más, un observador superfluo tal vez lo excluiría de la comunidad de alfajores ortodoxos (aunque a esta altura…). Y es que su envoltorio y su marca, a simple vista, nos hacen dudar. No hay ningún atractivo, más allá del primitivo color rojo, en su paquete. Muestra del poco empeño que le pusieron sus creadores es el hecho de que todavía se promocione como “Nuevo”, cuando por lo menos lleva ocho años en el mercado. Más bien lo hacen quedar como un producto poco digno, hecho como al pasar por una empresa que claramente se encarga de hacer pan y que tiene por logo un oso blanco con carita de bebé. Es fácil desdeñar al alfajor Bimbo, y evidentemente eso es lo que hace la mayoría de los kiosqueros, porque hasta ahora nunca lo he visto en un kiosco. A éste lo conseguí en mi mercadito, que a veces vende estas “rarezas”. No sé realmente cuál será su éxito comercial, si es que tiene alguno, pero las pocas opiniones que hay de él en la web son excepcionales. En efecto: el alfajor Bimbo es una GRAN (así, con mayúsculas) opción. Sobre todo si tenemos en cuenta su precio, que no es mayor al de un Terrabusi. Es decir, se lo puede contar entre los alfajores baratos. Sólo que, claro, es difícil encontrarlo.
Su peso es 55 gramos, al igual que el Jorgito de chocolate, y aporta 226 calorías, más que el Jorgito y que la gran mayoría de los alfajores de cincuenta y tantos gramos. Es más alto y más robusto, además, en comparación. Se lo ve muy buen, gran porta, gran imagen.
Un punto importantísimo: según el paquete, el alfajor Bimbo tiene cobertura de chocolate real. Por supuesto que sospeché, pero al parecer es una afirmación veraz. Recordemos que dentro del rango de los alfajores de su precio, la cobertura de chocolate es un milagro: ni el Jorgito, ni el Capitán del Espacio ni el Terrabusi ni el Suchard, de los que evaluamos hasta aquí, tienen una. Sólo el Milka de mousse, y en detrimento de los otros componentes. Pues el Bimbo tiene una cobertura de chocolate con leche muy sabrosa, de grosor muy aceptable, y que es responsable del aroma del alfajor en sí. Es, verán, como en el caso del Milka, más clara (no el marrón casi negro de las coberturas que aspiran a parecer amargas), y nos depara un gran placer cuando se acumula en los bordes del alfajor (los griegos seguramente tienen una palabra para definir a ese sector del alfajor: propongo “comisuras”). Se quiebra fácilmente, como veremos, a tono con el resto de los elementos.
Otro dato importantísimo es que el alfajor Bimbo tiene una cantidad de copitos de cereal por encima, bañados también en chocolate. Y fíjense en lo que les voy a decir: está tan bien el alfajor que la mala influencia de estos copitos no lo afecta por demás. No sé si fue en mi caso particular (no podría afirmar que el alfajor no llevara unos años en mi mercadito) o si siempre será así, pero estaban húmedos, muy húmedos, y no en el buen sentido. Un copo de cereal se caracteriza y se destaca precisamente por ser crocante, y, sin dudas, en ese estado, le harían muy bien al alfajor, pero en mi caso resultó ser todo lo contrario, y prácticamente se convirtieron en un estorbo a la hora de comérmelo, un castigo para mis dientes. Incluso en el hipotético caso en que la humedad proceda del largo tiempo que permaneció el alfajor en su paquete hasta que llegué yo, es un error por parte de sus creadores; se sabe que a menudo los alfajores esperan mucho tiempo hasta que un feliz consumidor los elige y los engulle. Entonces, hay que estar atento a no meterles componentes que se deterioren fácilmente.
La gran cualidad del Bimbo, amén de su chocolate y en línea con él, es su equilibrio, su excelente balance entre la masa y el dulce de leche. Morder un Bimbo es una experiencia muy distinta, porque se deshace con una facilidad bastante particular. El baño de chocolate inferior es especialmente blando y al morder pasan cosas lindas en el cerebro, la boca, o donde sea que suceden las cosas lindas. Mucho más que en el resto de los alfajores de su estilo. Y no quisiera imaginarme con unos copos bien crocantes: sería la gloria.
A todo esto hay que sumarle, además, que la cantidad de dulce de leche es muy generosa. No te digo que es un Vauquita, pero es el que más se le acerca. Y los dulce de leche son bastante parecidos: muy dulces y cremosos, un tanto empalagoso (pero si te molesta que empalaguen andá a comer un alfajor de arroz, papu).
Ahora usted se estará preguntando, mi buen señor, ¿acaso el Bimbo es perfecto? ¿A este tipo lo sobornaron con pan lactal para que lo elogiara tanto? No, si algún día desean sobornarme, con pan lactal o lo que sea, para que traicione mi honestidad, aceptaré con gozo. Pero no fue el caso. Y sí tiene algunas desventajas. Por empezar hay que insistir en el problemita del cereal húmedo: craso error. Y luego hay que decir que la masa, a pesar de tener una consistencia excelente y muy funcional al alfajor, no es de la mejor calidad. Tiene un sabor un tanto barato, artificial. Es difícil de transmitir a través del texto y con mis dificultades creativas y de redacción, pero si lo probaran se darían cuenta. Es el punto débil de este alfajor.
En definitiva, ha sido una gratísima sorpresa. El alfajor Bimbo está buenísimo, si tenemos en cuenta su rango, es decir, su precio. Lo terminé de comer y al rato ya estaba pensando en comerme otro, lo cual es síntoma de un buen alfajor que deja lindos recuerdos en el corazón.

lunes, 20 de junio de 2016

¿Alfajores? de mousse

Permítaseme una pequeña digresión. Es que pasé por el supermercado y vi estos dos alfajores bastante más baratos que en los kioscos, y los compré y decidí reseñarlos. Si los alfajores de mousse pueden compararse con los alfajores tradicionales, si siquiera merecen el noble calificativo de “alfajores”, es una discusión que da para largo y que no abordaré aquí. El fundamentalismo es un tema difícil. Lo que sí me pareció indudable era que comparar un alfajor de mousse con uno de chocolate no tiene ningún sentido: no sólo el relleno es radicalmente distinto, sino que la galletita cumple otros fines, es mucho más dura. Por lo tanto, y al menos en lo que concierne a este blog, alfajores de mousse compiten entre sí, en una esfera aislada. Hay unos cuantos en el mercado, además. En esta ocasión confrontaré, pues, al Suchard con el Milka. Diferencias formales, a ver: el Suchard pesa 50 gramos y aporta 263 calorías, mientras que el Milka pesa 42 gramos y tiene 214 calorías. Advertirán al primer golpe de vista que el Milka tiene una forma extraña, como de objeto extraño proveniente del espacio. No sé por qué ocurrió, ya palpaba algo raro antes de abrirlo, pero no me animé a cambiárselo a la cajera del supermercado. Supongo que no serán todos así. Se parece un poco al labio inferior Bubba Gump.
Empecemos por el engendro éste, ya que estamos, y digamos antes que nada que se destaca por su chocolate. A diferencia del Suchard, su está bañado de genuino chocolate, nada de repostería. Y es el típico chocolate Milka con leche, marroncito, mucho más que el de su competidor, como verán. Su sabor resulta insoslayable en esta versión simple del alfajor. Es notable la diferencia que marca un chocolate genuino. En el resto de los aspectos, deja bastante que desear. Hay algo en la galletita del Milka que está bastante mal; no sé bien qué es, pero al masticarlo es como si consistiera en pequeños granitos que explotan, y la sensación no es nada buena. Exagerando, diría que se parece un poco a masticar arena. El gusto no está mal, es bastante dulce, pero poco importa. Llama demasiado la atención. Y el mousse, por su parte, no pasa de la mediocridad. Da la sensación de que subestimaron un tanto el gusto del cliente; el mousse es dulzón, pero nada más. ¡El mousse tiene que ser amargo, señores! Se asemeja bastante al de los Jorgito violetas, los que vienen de a seis, en versiones pequeñitas. Es rico, por supuesto, pero no bueno.
En cambio el Suchard, como cabía esperar, resulta ser un poco más profundo, sutil, sin ser tampoco nada de otro mundo. Pero ya desde su morfología se distancia del Milka: es un alfajor bello, firme, proporcionado. Da gusto verlo, y eso sin mencionar su envoltorio, que es uno de los mis preferidos (en cambio, el del Milka no sólo es horrible sino que además está como desenfocado). El baño de repostería, a pesar de ser de repostería, es evidentemente amargo, y su mousse, también amargo, es más abundante y sabroso. No me termina de convencer su consistencia, acaso un tanto resbalosa, pero éste es un defecto del mousse en general, creería. Su galletita es de las mejores que probé hasta ahora: amarga, discreta, bien integrada.
Es mejor el Suchard, en definitiva, pero de todas formas, ambos alfajores expresan, voluntariamente, sabores distintos. Las diferencias que existen entre el chocolate amargo y el chocolate con leche se extienden al Suchard y al Milka, en todos sus aspectos. Cuestión de gustos, dijo una vieja y se sentó en un hormiguero a mirar el horizonte clavándose un Guaymallén.

jueves, 16 de junio de 2016

Vauquita, el alfajor pornográfico

El alfajor Vauquita es un bicho raro, medio inclasificable. En la teoría, se trata de un alfajor doble; si bien es un poco más caro que el Jorgito, su precio se acerca más a esta clase de alfajores que a los triples del estilo del Shot o del Pepitos. En cambio, su grosor, su peso (80 gramos) y sus calorías (casi 300) lo ubican claramente en el estamento de los triples.
Sinceridad: al darle el primer bocado no logré reprimir una de esas expresiones orgásmicas de propaganda: cámara lenta, música de Alejandro Sanz. Y es que es una experiencia inmediatamente placentera. La razón no es ningún misterio: mucho dulce de leche. Los otros dos componentes hacen juego, están desarrollados en función de esa notable cualidad. Ceden fácilmente, no se quiebran. Y amén de su profusión, el dulce de leche es riquísimo.
Podríamos jugárnosla de críticos severos y comentar que el baño de repostería es lisa y llanamente malo y escaso (aunque probablemente mi ejemplar haya sufrido unos cuantos embates y no se encuentre en las mejores condiciones, como puede advertirse en las imágenes). Es rescatable el intento de resultar amargo, pero si no viene acompañado de una textura decente, no sirve de mucho (no descartaría que haya éste uno de los motivos por los que quedó adherido en buena parte al paquete). Por otro lado, el ligero sabor de la masa, en este caso, es muy conveniente, porque su mayor objetivo es evitar que el dulce de leche resulte excesivo, y lo logra, porque tiene una buena consistencia y un grosor discreto. No tengo mucho más que agregar a este respecto. Claramente son actores de reparto.
Billetera mata galán y un buen bolo de dulce de leche cremoso invadiendo nuestra boca mata un rico baño de repostería o una galletita de buena calidad. Saquémonos las caretas, viejo. El Vauquita, por mucho que pese, es una de las mejores opciones del kiosco. Con un buen vaso de leche o un café bien amargo, para combatir el empalagamiento, al Vauquita no hay con qué darle.
¿Competencia desleal? Puede ser. A llorar al campito.