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martes, 19 de julio de 2016

Gusto a poco

Me han decepcionado un poco estos dos alfajores. Del Bagley (50 gramos, 206 calorías) había escuchado cosas interesantes, y además me lo encontraba en todos los kioscos; creí que debía estar bastante bueno. Del My Urban (65 gramos, 245 calorías), en cambio, no había oído demasiadas cosas pero tenía el buen antecedente de su versión negra. No están mal, tampoco. Son dos buenos alfajores, definitivamente ricos y equilibrados, bien hechos. Pero no pasan de ahí.
(Sin embargo, quisiera hacer una aclaración que escribo más tarde, con la reseña ya casi terminada: me ha costado distinguir los defectos del Bagley. Pensé mucho, lo volví a probar en distintos momentos del día, porque aunque notaba que no me terminaba de convencer, se me hacía difícil descubrir los motivos. Muy poco dulce de leche, eso seguro, ¿pero qué más? Tampoco el escaso maní picado que yace sobre su superficie le aporta gran cosa. Pero eso no es realmente condenable. Terminé resolviendo que no es que le sobren defectos sino que le faltan virtudes, o en realidad le falta sobresalir, destacar. ¿Pero no será que mi paladar no logra apreciar las pequeñas cosas, lo bueno, que no obligadamente tiene que ser, digamos, rimbombante? Tal vez, pero es el paladar que tengo, y con él escribí esta reseña).
A su favor tiene, y esto es importantísimo, la cobertura, que es de chocolate verdadero (eso si pasamos por alto el debate acerca de si el chocolate blanco en sí es chocolate), y se nota. Es muy rica, no debe tener mucho que envidiarle al chocolate Milka. Sí le discuto que sea tan blanda, que ceda con tanta facilidad.
No creo que la consistencia del Bagley sea producto de una distracción: parece hecha a propósito, pero en todo caso fue, para mi gusto, una mala elección. Lo que habitualmente decimos es que en un alfajor debe haber alguna clase de contraste, y en este caso no lo hay, porque la galletita —levemente salada, con mucha vainilla, una de las mejores del mercado— cede a la par de la cobertura. Por lo tanto, el dulce de leche, cuyo sabor es, por cierto, trivial, debe ser más o menos rígido para que el alfajor no termine deshaciéndose en la boca como baba o polvo. Para mí, que soy partidario del dulce de leche cremoso, ésta es una consistencia respetable pero que no reviste mayor interés. Así y todo el sabor final es muy bueno, sobre todo por su chocolate blanco y su galletita, que son de gran calidad.
De los trocitos de maní poco puedo decir: por mí podrían haberlos obviado. Seguramente apostaban a que fuera el componente que aportara contraste y crocancia, pero al menos en mi experiencia eso no ocurrió, o no ocurrió del modo ideal. Y no es que no se sienta, pero de algún modo es como si no llegara a integrarse, como si nos comiéramos un alfajor normal y paralelamente introdujéramos en la boca un poco de maní, que más que nada se hace presente en las muelas una vez que del alfajor no queda sino el recuerdo. Sin dudas el Bagley fue prolijamente concebido, pero en los hechos dice poco.
En los puntos flojos de este alfajor se afirma el My Urban, y lo más probable es que no sea casual. El My Urban es mucho más grande, con mucho más dulce de leche y una consistencia más interesante. Esta vez la cobertura, que es más gruesa que la del promedio de los alfajores, se quiebra como debe ser, y luego nos recibe un dulce de leche muy cremoso y una galletita más blanda. Pero en lo que es el sabor en sí, el My Urban comete unos cuantos errores. Por empezar, su cobertura, que no es de chocolate genuino como en el caso del Bagley, tiene un inexplicable gustito a limón (¿es limón o es otra cosa extraña?) que a mí me desconcierta. Además es tan hermética como la del My Urban negro, pero eso no lo notamos a menos que, como yo, la aislemos y la comamos aparte. Porque finalmente su sabor aparece, y más allá del limón se parece bastante al chocolate blanco verdadero, y zafa. Tal vez la jugarreta del limón o lo que sea tiene por finalidad evitar el empalagamiento, pero no sucede. Tanto dulce de leche como ese chocolate blanco que, obviamente, es muy dulzón, empalagan. El gusto global es curioso, mucho menos coherente que el del Bagley. Se debe sobre todo al limón o lo que sea, pero también a que el dulce de leche, a pesar de que es cremoso, tiene un sabor un poco vago: si se fijan en las fotos, verán que su color es más claro que el del Bagley, más similar al del alfajor La Aldea, ¿se acuerdan? Y en ambos casos son inusualmente suaves y están como inacabados.
En definitiva, la competencia es muy reñida. El My Urban es más grande, tiene más dulce de leche y mejor consistencia. Pero en cuanto a sabor, el Bagley le saca mucha ventaja. No son muchos los alfajores que por este precio cuentan con chocolate real y una calidad general de los ingredientes tan elevada.

lunes, 11 de julio de 2016

Resistiré

La untuosa voz del locutor amasa lentamente las palabras: “Una irresistible tentación [breve pausa] de dulce de leche”. Es el comercial de radio AM (¿alguien escucha todavía AM? Pues yo sí) del alfajor La Recoleta.
Sabemos que las publicidades son por definición exageradas y en muchos casos lisa y llanamente mentirosas. Entre la del My Urban, que hasta donde yo sé no hizo ninguna revolución, y ésta, tenemos dos ejemplos perfectos. Porque de tentación, una vez que lo abrís, el Recoleta no tiene nada. Y de irresistible, menos. Más bien les convendría, queridos lectores, por vuestra salud, resistir lo más que puedan.
El alfajor La Recoleta no merecería el calificativo de muy malo si se promocionara como el Grandote, pero se autodenominan “Premium” y tienen un paquete bastante pretencioso, y bajo esos parámetros da ganas de llorar.
Por cierto, este alfajor pesa 72 gramos y aporta 269 calorías. Se asemeja, en cuanto a tamaño e información nutricional, al Vauquita (80 gramos, 297 calorías). Son dos casos raros, porque siendo dobles pesan casi como un triple.
La sospecha comenzó, como suele ocurrir, al olerlo. Era definitivamente un olor dudoso, ambiguo, que tenía más de limón que de chocolate, galletita o dulce de leche. Al chocolate (a su imitación, porque es repostería) costaba percibirlo. Una exagerada cantidad de limón artificial para disimular otros olores —o bien su ausencia— es una jugarreta imperdonable, creadores de alfajores.
Por supuesto, estos temores se vieron confirmados cuando saboreé un pedacito de cobertura que salió volando al cortar al alfajor en dos. Ahí directamente emití un “mmm” audible. Pero no de placer, sino de desconfianza creciente.
No sabía que tantas cosas podían estar mal en la consistencia de un alfajor hasta que probé el Recoleta. La cobertura es una aberración. Patinosa, de un sabor desde luego artificial, insignificante, y, lo peor, que se deshace en granitos al morderla. Y luego, permanece en las muelas tal como lo hace el baño de repostería del Guaymallén, como plástico o chicle. Se parecen tanto que hasta creí que me iba a dejar el paladar esa sensación tan extraña. Por suerte eso no ocurrió.
Luego, la galletita, que a pesar de que cuenta con la blandura adecuada, de a ratos se aísla del resto del alfajor y nos obliga a sentir su no-gusto, su insipidez extraordinaria. Si tienen la oportunidad, hagan la prueba de morder tan sólo cobertura y masa y vean qué experiencia tan desagradable. Es el sabor típico de un alfajor berreta, de uno muy barato. En muchos aspectos, el propio Jorgito o alfajores de ese precio lo superan con creces.
En cambio, el dulce de leche lo salva del desastre, aun sin ser demasiado especial. La cantidad es generosa, pero no mayor a la de alfajores con relleno verdaderamente abundante como el Vauquita. Es muy cremoso, y ésa es una gran virtud, muy dulce, aunque tampoco es nada de otro mundo, y con un notable gusto a leche. Deja una sensación rara en la boca: las amígdalas quedan ardiendo levemente, como con la comida picante, y supongo que de ahí vendrá lo de “intenso”. Buoh. Lo único que es seguro es que esa “intensidad” deviene acidez en pocos instantes.
Pero como de todas formas el dulce de leche está bien, y es muy cremoso, y el resto de los componentes son al mismo tiempo blandos y en cierta medida, cuando no estorban, le ceden el protagonismo, el alfajor es comible. Sin embargo, en la relación precio-calidad es de lo peor que he probado.

domingo, 10 de julio de 2016

Cerca de la revolución

Hace unos años, ya no sé cuántos, hizo su aparición en el mercado un alfajor que se decía, a través de numerosos carteles publicitarios, revolucionario. Puro humo, por supuesto. Se trataba de un alfajor más, y los que salimos a comprarlo a los pocos días de su lanzamiento nos decepcionamos. Desde entonces la mayoría de los amantes de los alfajores le guardamos rencor, no sólo por esa desleal campaña publicitaria sino también por ese cipayismo inexplicable que los condujo a bautizar con un nombre en inglés una golosina típicamente argentina y de la que no se tiene registro en ningún país angloparlante.
Pero como me debo a ustedes, estimadísimos lectores, tragué saliva y pedí avergonzado un maiurban, por favor. El kioskero me miró de reojo y dubitó un momento pero finalmente condescendió a entregármelo. Y me lo comí y lo reseñé.
Nobleza obliga: el My Urban está muy bueno. Tengamos presente que es un alfajor de clase media, digamos, a la par del Milka, el Smack, cosas así (más allá de su desconcertante etiqueta de “Premium”. ¿Premium qué, boludón?). Sin embargo, pesa un poco más que todos ellos: 65 gramos, y es bastante más engordante: 245 calorías.
El My Urban huele como deben oler los alfajores. Es un aroma intenso, muy similar al del Terrabusi, con un toque de limón pero más leve. Su causante es, claro, la cobertura, que no es chocolate genuino, sino baño de repostería; una cobertura muy gruesa, de contextura extraña, como de turrón blando, porosa, y que se desprende demasiado fácilmente, al punto tal que al partir el alfajor en dos la capa superior quedó separada del todo, en posición vertical. Pero esta singular característica contribuye a una excelentísima consistencia: el alfajor se quiebra como Dios manda; sensorialmente hablando, es una experiencia difícil de igualar. Porque el baño repostero cruje por encima y por debajo cede; al mismo tiempo cede la masa, muy blanda, y todo se mezcla con un dulce de leche muy cremoso. El equilibrio, en este aspecto, está muy logrado. El Vauquita y el Bimbo comparten en cierto sentido la blandura, pero no creo que lo igualen.
¿En qué falla, entonces, este alfajor? Yo digo que no encuentra su identidad y la falsea un poco. Si bien la cantidad de dulce de leche es la adecuada, y si bien tiene una gran consistencia, escatima en profundidad: no es demasiado dulce ni demasiado sabroso, y se termina diluyendo. Y tampoco el baño de repostería se transforma en protagonista, porque debido a su extraña consistencia tarda en revelar su sabor; es hermético, hay que chuparlo (a falta de un sinónimo más decoroso) más tiempo que el ideal para sentirle el gusto, y cuando por fin aparece, el dulce de leche ya se perdió en la boca. De todas maneras, a esta débil presencia general puede vérsele el lado positivo: el My Urban apenas empalaga, y aunque pesa y engorda más que la mayoría de los alfajores dobles, pareciera saciar menos.
En cuanto a la masa, no tengo mucho para decir. La verdad es que me cuesta mucho distinguir el sabor específico de cada galletita; sea al alfajor que sea, apenas le encuentro gusto. Sí puedo señalar que deja demasiadas migas y que se asemeja más que ninguna otra a la del Cachafaz, en lo tocante a su blandura y su fácil disolución.
Los invito a deponer las armas y a darle una chance al denostado My Urban. Es un alfajor más que aceptable y merece una segunda oportunidad.

jueves, 7 de julio de 2016

Cuando sea grande quiero ser un Cachafaz

Alfajor La Aldea. ¿Qué tul? Por empezar es raro que el nombre de un alfajor esté compuesto por dos palabras. ¿Cómo le decís al kioskero? ¿“Me das un La Aldea”? (Aunque, a decir verdad, lo compré en el mercado de la vuelta de mi casa, del cual creo haber hablado ya, que tiene algunos alfajores curiosos). Pero ésta no es una única rareza del Aldea (así le vamos a decir).
Esta reseña sería muy distinta si yo no hubiera probado y analizado tan minuciosamente el Cachafaz, del cual el Aldea es, atención, una copia. De esto no pueden quedar mayores dudas: todos sus componentes se le asemejan en algo. Por eso es un caso tan interesante. Veamos.
Apelando a un recurso que ya creímos reconocer en el Jorgito, que pesa 5 gramos más que el Terrabusi, el Aldea pesa 65 gramos (257 calorías) y 60 el Cachafaz. Quizá ésta sea la única diferencia voluntaria.
Los parecidos, en cambio, comienzan en su mismo aspecto exterior. Su envoltura es, como en casi todos los alfajores con aires de superioridad, de papel y con estrellitas en relieve. La diferencia es que este papel es mucho más ligero, anticipo y símbolo del alfajor per se. Supongo que se venderá también en Brasil, porque como en este tipo de productos cosmopolitas, su descripción está tanto en español como en portugués. Su fábrica está, según dice en el paquete, en Caseros.
¿Recuerdan esa cobertura bien sólida del Cachafaz y eses relieve como de olas en su superficie? Bueno, también está acá, aunque reflejado con un poco más de desprolijidad.
Muy sorprendente resulta la similitud en los dos aromas y, más aún, la similitud de los chocolates en todas sus cualidades. El chocolate es el mejor logro del Cachafaz y lo es también, porque la imitación es muy fidedigna, en el Aldea. Debo admitir que me costaría distinguirlos: tanto su sabor como su grosor (aunque sólo en la parte de arriba; en la de abajo escatiman) se parecen mucho. Partiendo de esta base es muy difícil que las cosas salgan mal. Su gran sabor, su gran olor y su gran forma de quebrarse le afanó La Aldea al chocolate del Cachafaz.
El resto de los componentes también desean parecerse, pero no lo logran con tanto éxito. De hecho, la masa termina siendo un fracaso estrepitoso. Lejos de ese polvo húmedo en que se convertía la galletita del Cachafaz al ser amasada por nuestra afortunada lengua (hot), ésta se parece más a una lija, y a una lija insípida. Si no arruina al alfajor es porque su cantidad es mínima, al igual que, de nuevo, en el Cachafaz.
Lo del dulce de leche es todavía más raro. Como habrán visto en las fotos, tiene un color mucho más claro que la mayoría. Su cantidad, por otra parte, sí es enorme, similar a la del Cachafaz. Pero su gusto y su color recuerdan a la mezcla de la chocotorta, y también su consistencia: es cremoso, suave, discreto. Tal vez no sea la opción más conveniente para un alfajor, porque los alfajores deben tener dulces de leche vigorosos y protagonistas. En última instancia, termina dejándole más lugar al chocolate, y mal no resulta, aunque la sensación final no es tan duradera ni tan gratificante como en un Cachafaz auténtico.
Lo cierto es que el Aldea es un alfajor desequilibrado, el extraño resultado de una imitación un tanto grosera. Si es una buena opción, es en la medida en que es más barato que el Cachafaz y podría llegar a ser más atractivo (por su chocolate, más que nada) que los alfajores de su mismo precio. Pero, en definitiva, no deja de ser una copia, y no supera a su modelo en ningún aspecto. Además de la condena que merece por no ser más que una imitación.

lunes, 20 de junio de 2016

¿Alfajores? de mousse

Permítaseme una pequeña digresión. Es que pasé por el supermercado y vi estos dos alfajores bastante más baratos que en los kioscos, y los compré y decidí reseñarlos. Si los alfajores de mousse pueden compararse con los alfajores tradicionales, si siquiera merecen el noble calificativo de “alfajores”, es una discusión que da para largo y que no abordaré aquí. El fundamentalismo es un tema difícil. Lo que sí me pareció indudable era que comparar un alfajor de mousse con uno de chocolate no tiene ningún sentido: no sólo el relleno es radicalmente distinto, sino que la galletita cumple otros fines, es mucho más dura. Por lo tanto, y al menos en lo que concierne a este blog, alfajores de mousse compiten entre sí, en una esfera aislada. Hay unos cuantos en el mercado, además. En esta ocasión confrontaré, pues, al Suchard con el Milka. Diferencias formales, a ver: el Suchard pesa 50 gramos y aporta 263 calorías, mientras que el Milka pesa 42 gramos y tiene 214 calorías. Advertirán al primer golpe de vista que el Milka tiene una forma extraña, como de objeto extraño proveniente del espacio. No sé por qué ocurrió, ya palpaba algo raro antes de abrirlo, pero no me animé a cambiárselo a la cajera del supermercado. Supongo que no serán todos así. Se parece un poco al labio inferior Bubba Gump.
Empecemos por el engendro éste, ya que estamos, y digamos antes que nada que se destaca por su chocolate. A diferencia del Suchard, su está bañado de genuino chocolate, nada de repostería. Y es el típico chocolate Milka con leche, marroncito, mucho más que el de su competidor, como verán. Su sabor resulta insoslayable en esta versión simple del alfajor. Es notable la diferencia que marca un chocolate genuino. En el resto de los aspectos, deja bastante que desear. Hay algo en la galletita del Milka que está bastante mal; no sé bien qué es, pero al masticarlo es como si consistiera en pequeños granitos que explotan, y la sensación no es nada buena. Exagerando, diría que se parece un poco a masticar arena. El gusto no está mal, es bastante dulce, pero poco importa. Llama demasiado la atención. Y el mousse, por su parte, no pasa de la mediocridad. Da la sensación de que subestimaron un tanto el gusto del cliente; el mousse es dulzón, pero nada más. ¡El mousse tiene que ser amargo, señores! Se asemeja bastante al de los Jorgito violetas, los que vienen de a seis, en versiones pequeñitas. Es rico, por supuesto, pero no bueno.
En cambio el Suchard, como cabía esperar, resulta ser un poco más profundo, sutil, sin ser tampoco nada de otro mundo. Pero ya desde su morfología se distancia del Milka: es un alfajor bello, firme, proporcionado. Da gusto verlo, y eso sin mencionar su envoltorio, que es uno de los mis preferidos (en cambio, el del Milka no sólo es horrible sino que además está como desenfocado). El baño de repostería, a pesar de ser de repostería, es evidentemente amargo, y su mousse, también amargo, es más abundante y sabroso. No me termina de convencer su consistencia, acaso un tanto resbalosa, pero éste es un defecto del mousse en general, creería. Su galletita es de las mejores que probé hasta ahora: amarga, discreta, bien integrada.
Es mejor el Suchard, en definitiva, pero de todas formas, ambos alfajores expresan, voluntariamente, sabores distintos. Las diferencias que existen entre el chocolate amargo y el chocolate con leche se extienden al Suchard y al Milka, en todos sus aspectos. Cuestión de gustos, dijo una vieja y se sentó en un hormiguero a mirar el horizonte clavándose un Guaymallén.

jueves, 16 de junio de 2016

Vauquita, el alfajor pornográfico

El alfajor Vauquita es un bicho raro, medio inclasificable. En la teoría, se trata de un alfajor doble; si bien es un poco más caro que el Jorgito, su precio se acerca más a esta clase de alfajores que a los triples del estilo del Shot o del Pepitos. En cambio, su grosor, su peso (80 gramos) y sus calorías (casi 300) lo ubican claramente en el estamento de los triples.
Sinceridad: al darle el primer bocado no logré reprimir una de esas expresiones orgásmicas de propaganda: cámara lenta, música de Alejandro Sanz. Y es que es una experiencia inmediatamente placentera. La razón no es ningún misterio: mucho dulce de leche. Los otros dos componentes hacen juego, están desarrollados en función de esa notable cualidad. Ceden fácilmente, no se quiebran. Y amén de su profusión, el dulce de leche es riquísimo.
Podríamos jugárnosla de críticos severos y comentar que el baño de repostería es lisa y llanamente malo y escaso (aunque probablemente mi ejemplar haya sufrido unos cuantos embates y no se encuentre en las mejores condiciones, como puede advertirse en las imágenes). Es rescatable el intento de resultar amargo, pero si no viene acompañado de una textura decente, no sirve de mucho (no descartaría que haya éste uno de los motivos por los que quedó adherido en buena parte al paquete). Por otro lado, el ligero sabor de la masa, en este caso, es muy conveniente, porque su mayor objetivo es evitar que el dulce de leche resulte excesivo, y lo logra, porque tiene una buena consistencia y un grosor discreto. No tengo mucho más que agregar a este respecto. Claramente son actores de reparto.
Billetera mata galán y un buen bolo de dulce de leche cremoso invadiendo nuestra boca mata un rico baño de repostería o una galletita de buena calidad. Saquémonos las caretas, viejo. El Vauquita, por mucho que pese, es una de las mejores opciones del kiosco. Con un buen vaso de leche o un café bien amargo, para combatir el empalagamiento, al Vauquita no hay con qué darle.
¿Competencia desleal? Puede ser. A llorar al campito.