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viernes, 15 de julio de 2016

La consagración del Capitán

En una de las primeras reseñas de este blog comparábamos al Jorgito, al Terrabusi y al Capitán del Espacio, pero en su versión doble. Concluíamos entonces que el Jorgito quedaba muy por detrás, que la competencia se daba entre los otros dos, y fue por eso que al comparar sus versiones triples elegí esta vez sólo al Terrabusi y al Capitán del Espacio. Tal vez fue un error, porque del Jorgito glaseado al Jorgelín hay un salto impresionante, son dos alfajores muy distintos. En estos dos casos, en cambio, no hay mucha diferencia.
Me alegró ratificar el veredicto de aquella vez; quiere decir que estoy logrando mantener el criterio. Poquitas cosas debería cambiarle a aquel temprano análisis para que se ajustara a mis impresiones más recientes.
Pero antes, comparemos al Capitán y al Terrabusi en lo que tienen de alfajores triples. Por empezar, digamos que el Capitán del Espacio es casi un tercio más grande. Los mismos paquetes lo evidencian: el Capitán pesa 80 gramos (alrededor de 300 calorías) y el Terrabusi, 70 (270 calorías). Es una diferencia para tener presente si tomamos en cuenta la capacidad de saciedad de la que hablábamos en la reseña previa.
Al Capitán del Espacio lo favorece ampliamente el hecho de ser triple: más lugar para la galletita y para el dulce de leche, que son su gran virtud. Al Terrabusi, todo lo contrario.
¿Qué nos dicen los respectivos aromas de los alfajores en sí? El del Capitán, todas cosas buenas. Es un olor muy especial, mezcla entre chocolate y galletita de vainilla. Me encantaría entrar a un bar que oliera a Capitán del Espacio. El del Terrabusi casi que es puro limón; es un aroma afectado, exagerado, artificial. Ya recomendamos alguna vez a los creadores de alfajores que no se pasen con el gustito a limón. Aquí están los resultados. De todas formas no está tan mal: dentro de todo el Terrabusi ha alcanzado un sabor decente aun abusando del limón.
Si hay un aspecto en el que el Terrabusi arrasa, es en la cobertura. Es muy gruesa, amarga, bastante rica. Por supuesto que en ambos casos se trata de baño de repostería, pero en este caso está muy bien logrado, es uno de los mejores que probé. En cambio, en el Capitán del Espacio es más bien delgada y de las que hay que lengüetear un rato para extraerles algo de sabor, que finalmente encastra bastante bien en la esencia general, pero que per se es definitivamente malo. Esta clase de repostería, cuanto más fría está, peor es; por eso el otro día, con diez grados, me clavé un Capitán del Espacio y estaba tan feo. Ahora lo entiendo.
En lo demás, el Terrabusi falla. Su mayor problema está en la masa: demasiado crujiente, demasiado sólida, demasiado presente. Se lleva toda la atención (that bitch) y opaca a todo lo demás, contrariamente a lo que indican los manuales del buen alfajor. Todo en el Terrabusi está como apretado, contenido; le falta aire y esponjosidad (de hecho, fíjense que a pesar de ser triple es mucho más bajito que el Capitán del Espacio). Y como escatima bastante en dulce de leche, el resultado final es pobre: uno no sabe si está comiendo un alfajor o algún híbrido extraño.
Su rival, en cambio, es un experto del equilibrio, un producto acabado y coherente. El Capitán del Espacio gana porque la mezcla que deviene en la boca, lo que en biología llamarían, con dudoso gusto, el bolo alimenticio, es brillante. La fusión entre dulce de leche y masa —acaso semejante, por momentos, a la de un buen bizcochuelo— es especial, y en este caso es todavía mejor porque tiene más dulce de leche que el doble. Y detrás de todo, un gustito sublime, muy característico, del que muchos alfajores se olvidan y al que otros simulan con resultados lamentables (el Recoleta, por ejemplo). Es ese sabor que se eleva por encima de todos los componentes, que lo envuelve todo, es el sabor del alfajor, que en el Capitán del Espacio tiene un sello inequívoco. No se entiende exactamente de dónde proviene, porque nada es especialmente destacable de por sí. Es en la sumatoria de sus partes, en la boca misma, que se produce el milagro del Capitán del Espacio.
Probablemente una de las claves se encuentre en este dulce de leche tan espeso. Es pegajoso, denso, y por eso se mezcla de ese modo tan curioso con la galletita. Está lejos de un gusto genérico: diría que es un gusto coherente con el de la cobertura y la galletita. El meollo está ahí, en que todo avanza en una misma dirección. ¿Habrá un genio detrás de este alfajor o habrá sido el maravilloso resultado del azar?
Sea como sea, una vez más, y todavía con mayor contundencia, el Capitán del Espacio vence al Terrabusi.

miércoles, 13 de julio de 2016

Alfajor o engendro

Comparar alfajores de este tipo significa arrancarlos de su función natural. Está claro que bestias de ochenta gramos cumplen una función que va más allá del mero deleite gustativo. El Jorgito, y sobre todo el Jorgelín, son alfajores de subsistencia, alfajores cuyo fin principal es brindarnos las calorías necesarias para sobrevivir varias horas sin ingerir nada más, para zafar un almuerzo, para ir a la guerra, en última instancia. Son baratos y humildes. De manera que debemos advertir que estamos siendo injustos al no tener en cuenta su capacidad de saciedad en esta reseña.
Varios motivos tenemos para ubicar también al Vauquita dentro de la categoría de alfajor de subsistencia. Su peso, por empezar: 75 gramos, un número descomunal para un alfajor doble. Y luego, sus calorías: 296. Pero hay todavía otras características de este género presentes en el Vauquita, las que son consecuencia de las condiciones de fabricación de alfajores de este tipo: su robustez y su mala calidad.
En efecto, el Vauquita es un alfajor de tamaño considerable, con una cantidad de dulce de leche llamativamente abundante. De hecho, es lo que lo caracteriza. Que te deja pipón pipón, te deja pipón pipón, pero no por la vía más gratificante. Pareciera que los creadores del Vauquita no le pusieron mucho empeño: decidieron cortar por lo sano, meterle mucho dulce de leche, sumarle por compromiso otros dos componentes y a la cadena de fabricación. El resultado está a la vista. Todo lo que ocurre por encima y por debajo del dulce de leche es desastroso, y por lo tanto la consistencia global del alfajor (el rasgo más importante de todos, insistimos) fracasa estrepitosamente. Entre la cobertura de glasé, que de gusto no está mal, y la masa, no hay el menor contraste; son vagamente blandas, pero blandas en el mal sentido, desdeñosamente blandas. No es que la blandura cumple la función de subrayar el dulce de leche, porque difícilmente cumpla alguna función: simplemente habrá sido lo más fácil y barato de hacer. Luego se mezcla con el dulce de leche y en la boca ocurre algo indefinido y pastoso que en ningún momento vale la pena. El sabor de la galletita en un principio me transportó a la colonia de vacaciones infantil, en la que un alfajor Fulbito y un jugo ya no sé qué marca hacían las veces de merienda, pero en realidad creo que se asemeja más bien al de un feo alfajor cordobés. La memoria no suele ser muy precisa.
Y el dulce de leche tampoco merece grandes halagos. Es lo dulzón (no dulce, dulzón, que no es lo mismo). Empalaga bastante y es un tanto granuloso. Si pensás comerte uno entero, tené a tu lado un saché de leche porque el Vauquita deshidrata.
En la vereda de enfrente, el Jorgelín, que se yergue orgulloso. En principio su imagen resulta mucho más atractiva: sólido, de contornos cuadrados, agradable de sostener. Eso si no tenemos en cuenta la inaudita falta de ortografía de su paquete amarillo: GLACEADO, encima en mayúsculas. ¿Qué onda? ¿Cómo ocurrió eso? ¿Cómo es que un alfajor que se vende hace tantos años circula impunemente con ese horror ortográfico a cuestas? Rarísimo. Ya vamos a averiguar. Por el momento nos limitamos a engullir.
El aroma nos ofrece una impresión cabal del sabor del alfajor: en lugar del vaho incoherente del Vauquita, éste es un olor muy característico, con mucha vainilla pero también con un toque de limón, lo que en alfajores glaseados no es tan usual. Al pegarle un primer saque, experimentamos placer sensorial rápidamente. Y alivio, por supuesto, porque veníamos de masticar un Vauquita y el contraste es enorme. Que la cobertura de glasé, mucho menos gruesa, sea tan crocante, le aporta muchísimo a la consistencia global. También la doble alternancia entre dulce de leche y galletita evitan el empalagamiento. Pero déjenme aplaudir a la masa: es extraordinariamente húmeda, fresca, y esta vez en el mejor de los sentidos. Su extraño sabor a limón es extraño porque, a diferencia de las galletitas de alfajores de chocolate, ésta es de pura vainilla, como delata su color, mucho más claro que el del Vauquita. Interesantísima.
Pero además el Jorgelín es realmente gigante, a tal punto que no podía sacarlo del paquete, y llena muchísimo empalagando mucho menos. Pesa 85 gramos y aporta 315 (¡!) calorías.
El dulce de leche es aceptable. No viene en cantidades copiosas pero eso importa poco porque encastra muy bien en el concepto general del alfajor. Si no me equivoco, es el mismo dulce de leche del Jorgito: bastante oscuro, ni muy sabroso ni muy cremoso, pero correcto. Una cosa rara del Jorgelín es que de vez en cuando deja pequeños trocitos de masa dura, mal cocida, con consistencia como de coco, aunque claramente no es coco. Vaya y pase, queda perdonado.
Conclusión: sólo un antojo de cantidades groseras de dulce de leche justifica elegir el Vauquita. En todo lo demás lo supera ampliamente el Jorgelín, alfajor dignísimo.