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miércoles, 13 de julio de 2016

Alfajor o engendro

Comparar alfajores de este tipo significa arrancarlos de su función natural. Está claro que bestias de ochenta gramos cumplen una función que va más allá del mero deleite gustativo. El Jorgito, y sobre todo el Jorgelín, son alfajores de subsistencia, alfajores cuyo fin principal es brindarnos las calorías necesarias para sobrevivir varias horas sin ingerir nada más, para zafar un almuerzo, para ir a la guerra, en última instancia. Son baratos y humildes. De manera que debemos advertir que estamos siendo injustos al no tener en cuenta su capacidad de saciedad en esta reseña.
Varios motivos tenemos para ubicar también al Vauquita dentro de la categoría de alfajor de subsistencia. Su peso, por empezar: 75 gramos, un número descomunal para un alfajor doble. Y luego, sus calorías: 296. Pero hay todavía otras características de este género presentes en el Vauquita, las que son consecuencia de las condiciones de fabricación de alfajores de este tipo: su robustez y su mala calidad.
En efecto, el Vauquita es un alfajor de tamaño considerable, con una cantidad de dulce de leche llamativamente abundante. De hecho, es lo que lo caracteriza. Que te deja pipón pipón, te deja pipón pipón, pero no por la vía más gratificante. Pareciera que los creadores del Vauquita no le pusieron mucho empeño: decidieron cortar por lo sano, meterle mucho dulce de leche, sumarle por compromiso otros dos componentes y a la cadena de fabricación. El resultado está a la vista. Todo lo que ocurre por encima y por debajo del dulce de leche es desastroso, y por lo tanto la consistencia global del alfajor (el rasgo más importante de todos, insistimos) fracasa estrepitosamente. Entre la cobertura de glasé, que de gusto no está mal, y la masa, no hay el menor contraste; son vagamente blandas, pero blandas en el mal sentido, desdeñosamente blandas. No es que la blandura cumple la función de subrayar el dulce de leche, porque difícilmente cumpla alguna función: simplemente habrá sido lo más fácil y barato de hacer. Luego se mezcla con el dulce de leche y en la boca ocurre algo indefinido y pastoso que en ningún momento vale la pena. El sabor de la galletita en un principio me transportó a la colonia de vacaciones infantil, en la que un alfajor Fulbito y un jugo ya no sé qué marca hacían las veces de merienda, pero en realidad creo que se asemeja más bien al de un feo alfajor cordobés. La memoria no suele ser muy precisa.
Y el dulce de leche tampoco merece grandes halagos. Es lo dulzón (no dulce, dulzón, que no es lo mismo). Empalaga bastante y es un tanto granuloso. Si pensás comerte uno entero, tené a tu lado un saché de leche porque el Vauquita deshidrata.
En la vereda de enfrente, el Jorgelín, que se yergue orgulloso. En principio su imagen resulta mucho más atractiva: sólido, de contornos cuadrados, agradable de sostener. Eso si no tenemos en cuenta la inaudita falta de ortografía de su paquete amarillo: GLACEADO, encima en mayúsculas. ¿Qué onda? ¿Cómo ocurrió eso? ¿Cómo es que un alfajor que se vende hace tantos años circula impunemente con ese horror ortográfico a cuestas? Rarísimo. Ya vamos a averiguar. Por el momento nos limitamos a engullir.
El aroma nos ofrece una impresión cabal del sabor del alfajor: en lugar del vaho incoherente del Vauquita, éste es un olor muy característico, con mucha vainilla pero también con un toque de limón, lo que en alfajores glaseados no es tan usual. Al pegarle un primer saque, experimentamos placer sensorial rápidamente. Y alivio, por supuesto, porque veníamos de masticar un Vauquita y el contraste es enorme. Que la cobertura de glasé, mucho menos gruesa, sea tan crocante, le aporta muchísimo a la consistencia global. También la doble alternancia entre dulce de leche y galletita evitan el empalagamiento. Pero déjenme aplaudir a la masa: es extraordinariamente húmeda, fresca, y esta vez en el mejor de los sentidos. Su extraño sabor a limón es extraño porque, a diferencia de las galletitas de alfajores de chocolate, ésta es de pura vainilla, como delata su color, mucho más claro que el del Vauquita. Interesantísima.
Pero además el Jorgelín es realmente gigante, a tal punto que no podía sacarlo del paquete, y llena muchísimo empalagando mucho menos. Pesa 85 gramos y aporta 315 (¡!) calorías.
El dulce de leche es aceptable. No viene en cantidades copiosas pero eso importa poco porque encastra muy bien en el concepto general del alfajor. Si no me equivoco, es el mismo dulce de leche del Jorgito: bastante oscuro, ni muy sabroso ni muy cremoso, pero correcto. Una cosa rara del Jorgelín es que de vez en cuando deja pequeños trocitos de masa dura, mal cocida, con consistencia como de coco, aunque claramente no es coco. Vaya y pase, queda perdonado.
Conclusión: sólo un antojo de cantidades groseras de dulce de leche justifica elegir el Vauquita. En todo lo demás lo supera ampliamente el Jorgelín, alfajor dignísimo.

jueves, 30 de junio de 2016

¿Sabías que el Jorgito blanco no es igual que el Havanna?

Varios años antes de que yo emprendiera esta tarea de analizar y cotejar todos los alfajores más o menos accesibles del mercado porteño, otro blog, cuyo dueño es el ya legendario Lord Khyron, había hecho lo propio con mucha más originalidad, desde luego, y mucho más conocimiento. Sin este antecedente yo difícilmente hubiera dado origen a este proyectito. El hecho es que en ese blog, aquí, se dice que los Terrabusi y los Havanna glaseados son iguales. En realidad, se trata de un antiguo rumor que dio lugar a mucha literatura, especulación y, entre otras cosas, a esta hermosísima canción punk que nos acercó por Twitter el Trivi. La cuestión es que semejante leyenda movió mi curiosidad e, incrédulo, me dispuse a comprobar en carne propia cuál era su grado de realidad.
PATRAÑAS.
Estos dos alfajores son apreciablemente distintos. Los une el color blanco por fuera (eso si el Jorgito ya no es puras migas cuando llega a tus manos), un peso similar (50 gramos el Jorgito, 48 el Havanna) y no mucho más. Son bien distintos, y sólo oliéndolos la diferencia se patentiza. El aroma del Jorgito es, como ya dijimos en alguna reseña, agresivo y artificial, aunque no necesariamente desagradable. Es el típico olor del Jorgito; muy difícil desconocerlo. El del Havanna, por su parte, es muchísimo más discreto, hay que acercarse al alfajor (hot) para percibirlo, y no sabría definirlo. Olor a merengue, supongo.
Porque eso hay que decirlo: la cobertura del Havanna es de merengue italiano y la del Jorgito, de azúcar glaseada. Los paquetes mismos lo dicen. Uno podría pensar que eso de merengue italiano es una esnobeada para cobrártelo más caro, y supongo que en cierto modo lo es, pero la distancia entre ambas coberturas es bastante considerable. Por empezar, tocás un Jorgito y te quedás con la mano engrasada por dos semanas. Tienen texturas muy disímiles, cosa que se puede apreciar en las fotos: la cobertura de azúcar glaseada es como la luna, ponele, toda accidentada, con pozos, mientras que la de merengue italiano es lisa, lisa, lisa. Y acá uno podría pensar nuevamente que ésas son boludeces, pura estética, y es verdad, pero el Havanna tiene que dar una mejor imagen, se caracteriza por eso.
De todas formas, también hay diferencia en el gusto. El merengue es merengue, como el que se compra en copitos en el supermercado o el que prepara con clara de huevo. Se deshace como un merengue y con un poquito de atención tiene ese gusto. Y el azúcar glaseada es azúcar glaseada, si la tocás con el dedo húmedo se te queda pegada y tiene ese gusto. No hay mucho más que agregar. Sigue siendo rica.
La realidad es que el alfajor Havanna es malo para sus aspiraciones. No se compara con su versión negra. Falla incomprensiblemente en su consistencia. Su cobertura de merengue es dura, muchísimo más que la del glaseado per se, y eso no estaría mal si el resto de los ingredientes acompañara. Pero no: la masa es también excesivamente dura, sólida (y no sé si no tiene algo como de colación cordobesa, quizá son delirios míos), y lo mismo el dulce de leche. Termina siendo un mazacote, un alfajor compacto difícil de tragar. Rico es, sin dudas, y el dulce de leche está buenísimo y debe ser uno de los mejores del mercado en cuanto a sabor, pero ya comprobamos la gran importancia que tiene la sensación que deja el alfajor al ser mordido. Y en ese sentido, lo de Havanna parece una versión preliminar, un borrador. Decepcionante. (Yo no sé, ahora que lo pienso, si el Havanna, por estar en ese paquete confianzudo, no se habrá humedecido o algo así. Porque es raro que un alfajor sea tan duro. Cuando lo quise cortar, tuve que hacer diez veces más fuerzas que cuando corté el Jorgito. Ahí ya quedaba clara la diferencia) (nota posterior: al otro día comí otro Havanna blanco y comprobé que sí, no es tan duro ni tan mazacote como el que analizo en esta reseña, pero sigue siendo exageradamente macizo. Quiero que quede claro: está bueno, pero de Havanna uno espera algo más).
En cambio el Jorgito, siempre humilde, baratito, popular (siempre preocupado por salvar del hambre al compañero; aporta 194 calorías contra las 160 calorías caretas del Havanna), puede tranquilamente competirle a su rival gorila, y sin apelar a la grandilocuencia ni a cosas como “merengue italiano”. No, la receta es fácil: un alfajor livianísimo al morderlo, que no se parte sino que cede, como pan humedecido, ponele, con buena cantidad de dulce de leche y no mucho más. Por supuesto que la masa es de mala calidad, que el dulce de leche es artificial, que deja una impresión en la boca cuanto menos ambigua, y que tiene ese intento de sabor a ¿limón? que yo qué sé... Pero hagámosla corta, viejo, encontrás más placer al comer un Jorgito que al comer un Havanna. Y al fin y al cabo, de eso se trata.

miércoles, 15 de junio de 2016

El Terrabusi glaseado, categoría y sobriedad

Definir sin comparar es una tarea bastante complicada. Podríamos ahondar y decir que es prácticamente imposible, pero ése es un tema que no me concierne en tanto catador de alfajores amateur.
A lo que voy es a que siempre que trate de escribir una de éstas “reseñas” lo haré teniendo presentes otros alfajores del mismo tenor. Presentes físicamente, quiero decir, para comer un poco de cada uno y que la definición sea lo más “imparcial” posible. En este caso, al Terrabusi simple glaseado lo compararé con sus pares: el Capitán del Espacio y el Jorgito.
A priori, hay que decir que el Terrabusi es el más liviano de los tres: unos modestos 38 gramos (que aportan 142 calorías), mientras que el Capitán ostenta un peso aproximativo de 53 gramos (190 calorías) y el Jorgito, de 50 (194 calorías). No sé en precio cuál será la diferencia, porque lo compré en otro lugar. En este caso me salió un peso más barato que el Jorgito y dos pesos más barato que el Capitán del Espacio.
Ahora saquémonos de encima, expeditivamente, lo que concierne a la saciedad. Como podíamos suponer, el Terrabusi tampoco puede pelearle al Jorgito en este punto. De hecho, de los tres, es el más pequeño, como podrán apreciar en la foto.
Por lo demás, es el mejor. Si la mayor cualidad del Jorgito era su generosidad, y la del Capitán del Espacio su particular y delicado sabor, el Terrabusi se destaca por combinar ambas características y explotarlas de la mejor manera.
La base del alfajor, su sustento, es el glaseado, visiblemente distinto del glaseado de los otros dos alfajores, que no es mucho más que una breve llovizna de azúcar impalpable. En este caso, se trata de una verdadera cobertura, sólida, crocante, que hace resaltar todo (bueno, el dulce de leche y la galletita) lo que lleva dentro. Aquí está la clave, mis amigos. El placer sensorial que le confiere al alfajor es enorme; no se parte lentamente, como masa, sino que se quiebra, como una galletita. Pero la parte dura tiene un grosor mínimo, todo lo demás es blando. El efecto es excelente.
Y si bien ésa es la máxima virtud del Terrabusi, hay que decir que también el dulce de leche es bueno. Tal vez, incluso, sea el mejor de los tres. Es bastante parecido al de La Serenísima. Prolijo, ni empalagoso ni extravagante.
La masa, por su parte, no hace más que acompañar. Su sabor es bastante similar al de, por ejemplo, los anillos de las Variedad de Terrabusi. Tiene un leve dejo salado. Eso sí: la consistencia también sobresale; resulta mucho más esponjoso, aireado, que en los otros dos casos.
El Terrabusi es, en definitiva, el más equilibrado, el más brillante, el más rico y el más sensorialmente placentero de los tres alfajores. Es el que mejor combina los tres elementos. Lo digo sin mayores dudas. Fue mi primera y mi última impresión.

El Capitán del Espacio, Riquelme y el Jorgito

Empecemos por las diferencias formales: el Jorgito pesa 50 gramos (194 calorías) y el Capitán del Espacio, 53 (y según mis cálculos, aporta algo así como 190 calorías) (El paquete dice 40 gramos, pero al leer la información nutricional, notamos que 40 gramos pesan tres cuartos de alfajor. Aplicando una simple regla de tres, obtenemos que el peso real es de 53,3 (periódico) gramos. Me pareció muy curioso, pero ahora tiene más sentido). El Jorgito es más sólido al tacto, y pareciera ser más denso; sus contornos están mejor definidos, es más “cuadrado”, y todo eso redunda en que tenerlo en la mano sea mucho más agradable y en que, sobre todo, a la hora de hincar el diente la experiencia resulte más placentera, precisamente porque, palabra clave, es más crocante.
Podría decirse, también, que lo que se pone en juego al medir el Jorgito y el Capitán del Espacio son dos ideologías, dos formas de ver el mundo igualmente válidas. El Jorgito es generoso, señores. Generoso, claro, dentro de los límites de un alfajor de su valor. Pero tiene una buena cantidad de dulce de leche y, si uno lo come con mediana atención, por momentos hasta empalaga. Es rico, también, pero su cualidad sobresaliente es la abundancia. A la hora del hambre, amigos, no hay ninguna duda.
El Capitán del Espacio, en cambio, para la pelota, se toma su tiempo, mira a los costados, mete un pase gol. El Capitán del Espacio es Riquelme; mucho más modesto, humilde desde su mismo circuito de distribución hasta su envoltura, digámoslo, cuanto menos discutible. No esperes que te deslumbre de un bocado, que te haga acabar, no. Tampoco esperes que te cambie la vida. Dos cosas: ¿está sobrevalorado? Sí. ¿Es, de todas formas, un alfajor distinto? También. Porque lo de Riquelme fue exagerado, digamos que es Riquelme en un par de años jugando un torneo interno de señores de más de cincuenta y cinco años. Y haciendo la diferencia, obvio.
(Hay que decir, claro, que el Capitán del Espacio, al menos en Capital, y a pesar de que en la teoría se ubica en el mismo estrato que los Jorgito, está apenas o bastante más caro, dependiendo de lo paqueta que sea la zona y de la oferta y la demanda y todo eso, que su contrincante. Un día tendremos que referirnos al Capitán como objeto de culto y bla bla bla, pero no hoy).
Y ahora hablando un poco más concretamente, el Capitán del Espacio es mucho más delicado que el Jorgito. La mayor diferencia, como en todo, nace en el dulce de leche, que en conjunción con la masa da como resultado un sabor especial, prolijo, muy sutil para lo que suele esperarse de alfajores —más que— populares. Cuando comés un Jorgito es difícil eludir la impresión de que la calidad es mala: el dulce de leche, aunque rico y abundante, tiene algo como ácido e invasivo (muy pero muy característico, por lo demás, del Jorgito), y la masa es menos masa, se disgrega más fácil y, en definitiva, es más berreta. En el Capitán del Espacio no, pero en todo caso hay que hacer un esfuerzo para advertirlo. En cuanto a la cobertura de azúcar glaseada no noté grandes diferencias.
Concluyamos lo siguiente: que el Capitán del Espacio es definitivamente más rico y más interesante, pero que el Jorgito es más generoso, más chancho, y que si estás de bajón es una opción dignísima.
Aplausos para ambos, han jugado limpiamente.