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martes, 19 de julio de 2016

Gusto a poco

Me han decepcionado un poco estos dos alfajores. Del Bagley (50 gramos, 206 calorías) había escuchado cosas interesantes, y además me lo encontraba en todos los kioscos; creí que debía estar bastante bueno. Del My Urban (65 gramos, 245 calorías), en cambio, no había oído demasiadas cosas pero tenía el buen antecedente de su versión negra. No están mal, tampoco. Son dos buenos alfajores, definitivamente ricos y equilibrados, bien hechos. Pero no pasan de ahí.
(Sin embargo, quisiera hacer una aclaración que escribo más tarde, con la reseña ya casi terminada: me ha costado distinguir los defectos del Bagley. Pensé mucho, lo volví a probar en distintos momentos del día, porque aunque notaba que no me terminaba de convencer, se me hacía difícil descubrir los motivos. Muy poco dulce de leche, eso seguro, ¿pero qué más? Tampoco el escaso maní picado que yace sobre su superficie le aporta gran cosa. Pero eso no es realmente condenable. Terminé resolviendo que no es que le sobren defectos sino que le faltan virtudes, o en realidad le falta sobresalir, destacar. ¿Pero no será que mi paladar no logra apreciar las pequeñas cosas, lo bueno, que no obligadamente tiene que ser, digamos, rimbombante? Tal vez, pero es el paladar que tengo, y con él escribí esta reseña).
A su favor tiene, y esto es importantísimo, la cobertura, que es de chocolate verdadero (eso si pasamos por alto el debate acerca de si el chocolate blanco en sí es chocolate), y se nota. Es muy rica, no debe tener mucho que envidiarle al chocolate Milka. Sí le discuto que sea tan blanda, que ceda con tanta facilidad.
No creo que la consistencia del Bagley sea producto de una distracción: parece hecha a propósito, pero en todo caso fue, para mi gusto, una mala elección. Lo que habitualmente decimos es que en un alfajor debe haber alguna clase de contraste, y en este caso no lo hay, porque la galletita —levemente salada, con mucha vainilla, una de las mejores del mercado— cede a la par de la cobertura. Por lo tanto, el dulce de leche, cuyo sabor es, por cierto, trivial, debe ser más o menos rígido para que el alfajor no termine deshaciéndose en la boca como baba o polvo. Para mí, que soy partidario del dulce de leche cremoso, ésta es una consistencia respetable pero que no reviste mayor interés. Así y todo el sabor final es muy bueno, sobre todo por su chocolate blanco y su galletita, que son de gran calidad.
De los trocitos de maní poco puedo decir: por mí podrían haberlos obviado. Seguramente apostaban a que fuera el componente que aportara contraste y crocancia, pero al menos en mi experiencia eso no ocurrió, o no ocurrió del modo ideal. Y no es que no se sienta, pero de algún modo es como si no llegara a integrarse, como si nos comiéramos un alfajor normal y paralelamente introdujéramos en la boca un poco de maní, que más que nada se hace presente en las muelas una vez que del alfajor no queda sino el recuerdo. Sin dudas el Bagley fue prolijamente concebido, pero en los hechos dice poco.
En los puntos flojos de este alfajor se afirma el My Urban, y lo más probable es que no sea casual. El My Urban es mucho más grande, con mucho más dulce de leche y una consistencia más interesante. Esta vez la cobertura, que es más gruesa que la del promedio de los alfajores, se quiebra como debe ser, y luego nos recibe un dulce de leche muy cremoso y una galletita más blanda. Pero en lo que es el sabor en sí, el My Urban comete unos cuantos errores. Por empezar, su cobertura, que no es de chocolate genuino como en el caso del Bagley, tiene un inexplicable gustito a limón (¿es limón o es otra cosa extraña?) que a mí me desconcierta. Además es tan hermética como la del My Urban negro, pero eso no lo notamos a menos que, como yo, la aislemos y la comamos aparte. Porque finalmente su sabor aparece, y más allá del limón se parece bastante al chocolate blanco verdadero, y zafa. Tal vez la jugarreta del limón o lo que sea tiene por finalidad evitar el empalagamiento, pero no sucede. Tanto dulce de leche como ese chocolate blanco que, obviamente, es muy dulzón, empalagan. El gusto global es curioso, mucho menos coherente que el del Bagley. Se debe sobre todo al limón o lo que sea, pero también a que el dulce de leche, a pesar de que es cremoso, tiene un sabor un poco vago: si se fijan en las fotos, verán que su color es más claro que el del Bagley, más similar al del alfajor La Aldea, ¿se acuerdan? Y en ambos casos son inusualmente suaves y están como inacabados.
En definitiva, la competencia es muy reñida. El My Urban es más grande, tiene más dulce de leche y mejor consistencia. Pero en cuanto a sabor, el Bagley le saca mucha ventaja. No son muchos los alfajores que por este precio cuentan con chocolate real y una calidad general de los ingredientes tan elevada.

miércoles, 13 de julio de 2016

Alfajor o engendro

Comparar alfajores de este tipo significa arrancarlos de su función natural. Está claro que bestias de ochenta gramos cumplen una función que va más allá del mero deleite gustativo. El Jorgito, y sobre todo el Jorgelín, son alfajores de subsistencia, alfajores cuyo fin principal es brindarnos las calorías necesarias para sobrevivir varias horas sin ingerir nada más, para zafar un almuerzo, para ir a la guerra, en última instancia. Son baratos y humildes. De manera que debemos advertir que estamos siendo injustos al no tener en cuenta su capacidad de saciedad en esta reseña.
Varios motivos tenemos para ubicar también al Vauquita dentro de la categoría de alfajor de subsistencia. Su peso, por empezar: 75 gramos, un número descomunal para un alfajor doble. Y luego, sus calorías: 296. Pero hay todavía otras características de este género presentes en el Vauquita, las que son consecuencia de las condiciones de fabricación de alfajores de este tipo: su robustez y su mala calidad.
En efecto, el Vauquita es un alfajor de tamaño considerable, con una cantidad de dulce de leche llamativamente abundante. De hecho, es lo que lo caracteriza. Que te deja pipón pipón, te deja pipón pipón, pero no por la vía más gratificante. Pareciera que los creadores del Vauquita no le pusieron mucho empeño: decidieron cortar por lo sano, meterle mucho dulce de leche, sumarle por compromiso otros dos componentes y a la cadena de fabricación. El resultado está a la vista. Todo lo que ocurre por encima y por debajo del dulce de leche es desastroso, y por lo tanto la consistencia global del alfajor (el rasgo más importante de todos, insistimos) fracasa estrepitosamente. Entre la cobertura de glasé, que de gusto no está mal, y la masa, no hay el menor contraste; son vagamente blandas, pero blandas en el mal sentido, desdeñosamente blandas. No es que la blandura cumple la función de subrayar el dulce de leche, porque difícilmente cumpla alguna función: simplemente habrá sido lo más fácil y barato de hacer. Luego se mezcla con el dulce de leche y en la boca ocurre algo indefinido y pastoso que en ningún momento vale la pena. El sabor de la galletita en un principio me transportó a la colonia de vacaciones infantil, en la que un alfajor Fulbito y un jugo ya no sé qué marca hacían las veces de merienda, pero en realidad creo que se asemeja más bien al de un feo alfajor cordobés. La memoria no suele ser muy precisa.
Y el dulce de leche tampoco merece grandes halagos. Es lo dulzón (no dulce, dulzón, que no es lo mismo). Empalaga bastante y es un tanto granuloso. Si pensás comerte uno entero, tené a tu lado un saché de leche porque el Vauquita deshidrata.
En la vereda de enfrente, el Jorgelín, que se yergue orgulloso. En principio su imagen resulta mucho más atractiva: sólido, de contornos cuadrados, agradable de sostener. Eso si no tenemos en cuenta la inaudita falta de ortografía de su paquete amarillo: GLACEADO, encima en mayúsculas. ¿Qué onda? ¿Cómo ocurrió eso? ¿Cómo es que un alfajor que se vende hace tantos años circula impunemente con ese horror ortográfico a cuestas? Rarísimo. Ya vamos a averiguar. Por el momento nos limitamos a engullir.
El aroma nos ofrece una impresión cabal del sabor del alfajor: en lugar del vaho incoherente del Vauquita, éste es un olor muy característico, con mucha vainilla pero también con un toque de limón, lo que en alfajores glaseados no es tan usual. Al pegarle un primer saque, experimentamos placer sensorial rápidamente. Y alivio, por supuesto, porque veníamos de masticar un Vauquita y el contraste es enorme. Que la cobertura de glasé, mucho menos gruesa, sea tan crocante, le aporta muchísimo a la consistencia global. También la doble alternancia entre dulce de leche y galletita evitan el empalagamiento. Pero déjenme aplaudir a la masa: es extraordinariamente húmeda, fresca, y esta vez en el mejor de los sentidos. Su extraño sabor a limón es extraño porque, a diferencia de las galletitas de alfajores de chocolate, ésta es de pura vainilla, como delata su color, mucho más claro que el del Vauquita. Interesantísima.
Pero además el Jorgelín es realmente gigante, a tal punto que no podía sacarlo del paquete, y llena muchísimo empalagando mucho menos. Pesa 85 gramos y aporta 315 (¡!) calorías.
El dulce de leche es aceptable. No viene en cantidades copiosas pero eso importa poco porque encastra muy bien en el concepto general del alfajor. Si no me equivoco, es el mismo dulce de leche del Jorgito: bastante oscuro, ni muy sabroso ni muy cremoso, pero correcto. Una cosa rara del Jorgelín es que de vez en cuando deja pequeños trocitos de masa dura, mal cocida, con consistencia como de coco, aunque claramente no es coco. Vaya y pase, queda perdonado.
Conclusión: sólo un antojo de cantidades groseras de dulce de leche justifica elegir el Vauquita. En todo lo demás lo supera ampliamente el Jorgelín, alfajor dignísimo.

lunes, 11 de julio de 2016

Resistiré

La untuosa voz del locutor amasa lentamente las palabras: “Una irresistible tentación [breve pausa] de dulce de leche”. Es el comercial de radio AM (¿alguien escucha todavía AM? Pues yo sí) del alfajor La Recoleta.
Sabemos que las publicidades son por definición exageradas y en muchos casos lisa y llanamente mentirosas. Entre la del My Urban, que hasta donde yo sé no hizo ninguna revolución, y ésta, tenemos dos ejemplos perfectos. Porque de tentación, una vez que lo abrís, el Recoleta no tiene nada. Y de irresistible, menos. Más bien les convendría, queridos lectores, por vuestra salud, resistir lo más que puedan.
El alfajor La Recoleta no merecería el calificativo de muy malo si se promocionara como el Grandote, pero se autodenominan “Premium” y tienen un paquete bastante pretencioso, y bajo esos parámetros da ganas de llorar.
Por cierto, este alfajor pesa 72 gramos y aporta 269 calorías. Se asemeja, en cuanto a tamaño e información nutricional, al Vauquita (80 gramos, 297 calorías). Son dos casos raros, porque siendo dobles pesan casi como un triple.
La sospecha comenzó, como suele ocurrir, al olerlo. Era definitivamente un olor dudoso, ambiguo, que tenía más de limón que de chocolate, galletita o dulce de leche. Al chocolate (a su imitación, porque es repostería) costaba percibirlo. Una exagerada cantidad de limón artificial para disimular otros olores —o bien su ausencia— es una jugarreta imperdonable, creadores de alfajores.
Por supuesto, estos temores se vieron confirmados cuando saboreé un pedacito de cobertura que salió volando al cortar al alfajor en dos. Ahí directamente emití un “mmm” audible. Pero no de placer, sino de desconfianza creciente.
No sabía que tantas cosas podían estar mal en la consistencia de un alfajor hasta que probé el Recoleta. La cobertura es una aberración. Patinosa, de un sabor desde luego artificial, insignificante, y, lo peor, que se deshace en granitos al morderla. Y luego, permanece en las muelas tal como lo hace el baño de repostería del Guaymallén, como plástico o chicle. Se parecen tanto que hasta creí que me iba a dejar el paladar esa sensación tan extraña. Por suerte eso no ocurrió.
Luego, la galletita, que a pesar de que cuenta con la blandura adecuada, de a ratos se aísla del resto del alfajor y nos obliga a sentir su no-gusto, su insipidez extraordinaria. Si tienen la oportunidad, hagan la prueba de morder tan sólo cobertura y masa y vean qué experiencia tan desagradable. Es el sabor típico de un alfajor berreta, de uno muy barato. En muchos aspectos, el propio Jorgito o alfajores de ese precio lo superan con creces.
En cambio, el dulce de leche lo salva del desastre, aun sin ser demasiado especial. La cantidad es generosa, pero no mayor a la de alfajores con relleno verdaderamente abundante como el Vauquita. Es muy cremoso, y ésa es una gran virtud, muy dulce, aunque tampoco es nada de otro mundo, y con un notable gusto a leche. Deja una sensación rara en la boca: las amígdalas quedan ardiendo levemente, como con la comida picante, y supongo que de ahí vendrá lo de “intenso”. Buoh. Lo único que es seguro es que esa “intensidad” deviene acidez en pocos instantes.
Pero como de todas formas el dulce de leche está bien, y es muy cremoso, y el resto de los componentes son al mismo tiempo blandos y en cierta medida, cuando no estorban, le ceden el protagonismo, el alfajor es comible. Sin embargo, en la relación precio-calidad es de lo peor que he probado.

domingo, 10 de julio de 2016

Cerca de la revolución

Hace unos años, ya no sé cuántos, hizo su aparición en el mercado un alfajor que se decía, a través de numerosos carteles publicitarios, revolucionario. Puro humo, por supuesto. Se trataba de un alfajor más, y los que salimos a comprarlo a los pocos días de su lanzamiento nos decepcionamos. Desde entonces la mayoría de los amantes de los alfajores le guardamos rencor, no sólo por esa desleal campaña publicitaria sino también por ese cipayismo inexplicable que los condujo a bautizar con un nombre en inglés una golosina típicamente argentina y de la que no se tiene registro en ningún país angloparlante.
Pero como me debo a ustedes, estimadísimos lectores, tragué saliva y pedí avergonzado un maiurban, por favor. El kioskero me miró de reojo y dubitó un momento pero finalmente condescendió a entregármelo. Y me lo comí y lo reseñé.
Nobleza obliga: el My Urban está muy bueno. Tengamos presente que es un alfajor de clase media, digamos, a la par del Milka, el Smack, cosas así (más allá de su desconcertante etiqueta de “Premium”. ¿Premium qué, boludón?). Sin embargo, pesa un poco más que todos ellos: 65 gramos, y es bastante más engordante: 245 calorías.
El My Urban huele como deben oler los alfajores. Es un aroma intenso, muy similar al del Terrabusi, con un toque de limón pero más leve. Su causante es, claro, la cobertura, que no es chocolate genuino, sino baño de repostería; una cobertura muy gruesa, de contextura extraña, como de turrón blando, porosa, y que se desprende demasiado fácilmente, al punto tal que al partir el alfajor en dos la capa superior quedó separada del todo, en posición vertical. Pero esta singular característica contribuye a una excelentísima consistencia: el alfajor se quiebra como Dios manda; sensorialmente hablando, es una experiencia difícil de igualar. Porque el baño repostero cruje por encima y por debajo cede; al mismo tiempo cede la masa, muy blanda, y todo se mezcla con un dulce de leche muy cremoso. El equilibrio, en este aspecto, está muy logrado. El Vauquita y el Bimbo comparten en cierto sentido la blandura, pero no creo que lo igualen.
¿En qué falla, entonces, este alfajor? Yo digo que no encuentra su identidad y la falsea un poco. Si bien la cantidad de dulce de leche es la adecuada, y si bien tiene una gran consistencia, escatima en profundidad: no es demasiado dulce ni demasiado sabroso, y se termina diluyendo. Y tampoco el baño de repostería se transforma en protagonista, porque debido a su extraña consistencia tarda en revelar su sabor; es hermético, hay que chuparlo (a falta de un sinónimo más decoroso) más tiempo que el ideal para sentirle el gusto, y cuando por fin aparece, el dulce de leche ya se perdió en la boca. De todas maneras, a esta débil presencia general puede vérsele el lado positivo: el My Urban apenas empalaga, y aunque pesa y engorda más que la mayoría de los alfajores dobles, pareciera saciar menos.
En cuanto a la masa, no tengo mucho para decir. La verdad es que me cuesta mucho distinguir el sabor específico de cada galletita; sea al alfajor que sea, apenas le encuentro gusto. Sí puedo señalar que deja demasiadas migas y que se asemeja más que ninguna otra a la del Cachafaz, en lo tocante a su blandura y su fácil disolución.
Los invito a deponer las armas y a darle una chance al denostado My Urban. Es un alfajor más que aceptable y merece una segunda oportunidad.

viernes, 8 de julio de 2016

Y no tienes un poquito de amor para dar…

Maldita nuestra suerte, otra vez nos comimos una réplica. Si el alfajor La Aldea era una imitación barata del Cachafaz, el Dulce Estampa es una imitación mucho más fidedigna del Havanna. Su versión marplatense. No es más que eso.
Lo vi, si no me equivoco, cuando caminaba por Río de Janeiro, barrio de Almagro, en el escaparate de una heladería desierta. Y me llamó la atención.
Pero ni bien lo abrí empecé a sospechar. Esta vez tenía muchos más motivos porque con la última reseña había comprobado que los casos de réplica entre los alfajores parecen ser posibles. La textura de la cobertura (ustedes mismos pueden comprobarlo; aquí en el blog hay fotos del Havanna) profundizó mi sospecha, el aroma que despedía me las confirmó.
Los alfajores se parecen tanto que gran parte de las diferencias que podría mencionar son mera especulación; podría estar equivocándome. Para comparar como se debe debería haber tenido un Havanna al lado, pero ya saben: tarifazo. Y además hay que cuidarse, che. Así que del Havanna sólo tuve presente el recuerdo.
Nombremos las diferencias irrefutables: el Dulce Estampa aporta 195 calorías y el Havanna, 208. Esto podría deberse a dos cosas: a que el grosor de la cobertura de chocolate sea menor en el Estampa, de lo cual estoy casi seguro, o a que sea menor la cantidad de dulce de leche, cosa que no me parece cierta, a priori. Porque tengamos en cuenta que el peso es el mismo: 55 gramos.
Todo lo otro que pueda decir ya es más dudoso. Quizás el dulce de leche sea menos sabroso en el alfajor marplatense. Pero sólo quizás. Las cualidades generales son similares: su consistencia, bastante rígida, su sabor profundamente dulzón, la forma de combinarse con el resto de los componentes. También el gusto del chocolate parece ser el mismo, o uno muy parecido, y su forma de quebrarse es tan buena en un alfajor como en el otro. De la masa puedo decir poco: tal vez en el Estampa sea apenitas más crocante. En todo caso, la sensación global del alfajor, lo que lo define, me pareció similar. No sé si podría distinguirlos en un “blind test”, como dicen los modernos.
De manera que el Dulce Estampa está bueno, obvio, porque copia al Havanna. Pero a diferencia del alfajor La Aldea, que por lo menos era apreciablemente más barato que el Cachafaz, el Estampa sale lo mismo. Estas réplicas nos entristecen mucho. La identidad es un aspecto importantísimo de un alfajor, lo que hace que compararlos tenga un sentido y que sintamos cariño por unos y desprecio o indiferencia por otros. Lo que permite la identificación, como sucede con los quilmeños y el Capitán del Espacio. La vacuidad del Dulce Estampa es tal, que lo que los distingue es un bigotito y un sombrero “vintage”, de esos que se pusieron de moda en Tumblr hace cinco años. De argentinos, de marplatenses, nada. Y para colmo, las típicas estrellitas y el paquete dorado. ¡Ni la textura de la cobertura se dignaron a cambiar! Tampoco se me ocurre qué posibilidades de competirle tiene, tanto acá como en Mar del Plata, porque en ambas ciudades hay Havanna. Este caso me desconcierta.
En resumen: antes de clavarte un Dulce Estampa, clavate un Havanna, que si no es mejor, es igual, y por lo menos es la versión original. Parafraseando a Charly: “Puedes ver amanecer con un Estampa en un hotel y no tienes un poquito de amor para dar”.

jueves, 7 de julio de 2016

Cuando sea grande quiero ser un Cachafaz

Alfajor La Aldea. ¿Qué tul? Por empezar es raro que el nombre de un alfajor esté compuesto por dos palabras. ¿Cómo le decís al kioskero? ¿“Me das un La Aldea”? (Aunque, a decir verdad, lo compré en el mercado de la vuelta de mi casa, del cual creo haber hablado ya, que tiene algunos alfajores curiosos). Pero ésta no es una única rareza del Aldea (así le vamos a decir).
Esta reseña sería muy distinta si yo no hubiera probado y analizado tan minuciosamente el Cachafaz, del cual el Aldea es, atención, una copia. De esto no pueden quedar mayores dudas: todos sus componentes se le asemejan en algo. Por eso es un caso tan interesante. Veamos.
Apelando a un recurso que ya creímos reconocer en el Jorgito, que pesa 5 gramos más que el Terrabusi, el Aldea pesa 65 gramos (257 calorías) y 60 el Cachafaz. Quizá ésta sea la única diferencia voluntaria.
Los parecidos, en cambio, comienzan en su mismo aspecto exterior. Su envoltura es, como en casi todos los alfajores con aires de superioridad, de papel y con estrellitas en relieve. La diferencia es que este papel es mucho más ligero, anticipo y símbolo del alfajor per se. Supongo que se venderá también en Brasil, porque como en este tipo de productos cosmopolitas, su descripción está tanto en español como en portugués. Su fábrica está, según dice en el paquete, en Caseros.
¿Recuerdan esa cobertura bien sólida del Cachafaz y eses relieve como de olas en su superficie? Bueno, también está acá, aunque reflejado con un poco más de desprolijidad.
Muy sorprendente resulta la similitud en los dos aromas y, más aún, la similitud de los chocolates en todas sus cualidades. El chocolate es el mejor logro del Cachafaz y lo es también, porque la imitación es muy fidedigna, en el Aldea. Debo admitir que me costaría distinguirlos: tanto su sabor como su grosor (aunque sólo en la parte de arriba; en la de abajo escatiman) se parecen mucho. Partiendo de esta base es muy difícil que las cosas salgan mal. Su gran sabor, su gran olor y su gran forma de quebrarse le afanó La Aldea al chocolate del Cachafaz.
El resto de los componentes también desean parecerse, pero no lo logran con tanto éxito. De hecho, la masa termina siendo un fracaso estrepitoso. Lejos de ese polvo húmedo en que se convertía la galletita del Cachafaz al ser amasada por nuestra afortunada lengua (hot), ésta se parece más a una lija, y a una lija insípida. Si no arruina al alfajor es porque su cantidad es mínima, al igual que, de nuevo, en el Cachafaz.
Lo del dulce de leche es todavía más raro. Como habrán visto en las fotos, tiene un color mucho más claro que la mayoría. Su cantidad, por otra parte, sí es enorme, similar a la del Cachafaz. Pero su gusto y su color recuerdan a la mezcla de la chocotorta, y también su consistencia: es cremoso, suave, discreto. Tal vez no sea la opción más conveniente para un alfajor, porque los alfajores deben tener dulces de leche vigorosos y protagonistas. En última instancia, termina dejándole más lugar al chocolate, y mal no resulta, aunque la sensación final no es tan duradera ni tan gratificante como en un Cachafaz auténtico.
Lo cierto es que el Aldea es un alfajor desequilibrado, el extraño resultado de una imitación un tanto grosera. Si es una buena opción, es en la medida en que es más barato que el Cachafaz y podría llegar a ser más atractivo (por su chocolate, más que nada) que los alfajores de su mismo precio. Pero, en definitiva, no deja de ser una copia, y no supera a su modelo en ningún aspecto. Además de la condena que merece por no ser más que una imitación.

domingo, 3 de julio de 2016

Cierren todo: el Cachafaz no pertenece a este mundo

“No creía que Dios existiese hasta que conocí el Cielo”, “Mi vida se venía a pique cuando probé este alfajor”, “Este alfajor salvó mi matrimonio”. Éstas y otras frases del mismo tenor han proferido aquéllos que probaron el alfajor Cachafaz.
Efectivamente: el Cachafaz ofrece una experiencia celestial desde todo punto de vista. Lo supe desde el primer momento, desde que su cobertura me guiñó el ojo y me incitó a recorrer, con los dedos, su relieve; desde que lo tomé entre las manos y percibí su peso divino, desde que lo olí (su olor, Dios mío, es una maravilla).
No exagero ni un poco. Bueno, tal vez un poquito. Pero es verdad que el Cachafaz es un objeto precioso y sensual. Una oda al alfajor, un canto a las infinitas posibilidades del género, la sublimación de la golosina y de la belleza. Es más: se parece al arte.
Pero no quiero perderme en divagues pseudo-literarios, aunque tengo muchos más adjetivos para vomitar. Perdónenme.
Su aroma me recordó a cierto chocolate que mi padre o algún viajero familiar solía traerme del free shop, esos shoppingcitos sin impuestos que hay en aeropuertos y buquebuses. Se trata de un chocolate amargo, con un levísimo dejo a limón, pero no puedo recordar exactamente de cuál. Es una pena. Como sea: la cobertura me recordó a un chocolate, y encima amargo, lo cual indica su excelente calidad. Comprobé al darle la primera mordida que no sólo en su aroma se asemejaba al misterioso chocolate del free shop, sino también en su sabor. Chocolate puro, amargo y bueno. Por supuesto que aquí está la clave del alfajor. Cuando uno muerde un Cachafaz, su cobertura se quiebra de una manera tan maravillosa que no valdría la pena describirla. Y por supuesto, luego este gran chocolate amargo se queda repercutiendo en las muelas y el paladar hasta deshacerse y permanecer sólo en forma de recuerdo feliz.
Pero el alfajor-Dios Cachafaz no es sólo una impresionante capa de chocolate, sino que, por si fuera poco, y para patentar su halo divino, posee una cantidad enorme de dulce de leche. Pueden comprobarlo en las fotos. Básicamente, entrarle a un Cachafaz es entrarle a una combinación –diría– inmejorable de dulce de leche y chocolate. Porque a pesar de su generosidad, comparable a la del alfajor Vauquita, no es, como éste, voluptuoso. El dulce de leche del Cachafaz es extremadamente cremoso y menos dulzón, menos excéntrico y menos empalagoso que la mayoría; es muy parecido al dulce de leche artesanal. En resumen: todo se halla en adorable armonía.
Y luego queda por caracterizar la masa, que también tiene sus particularidades, empezando por que ocupa una ínfima porción en al alfajor completo. No terminé de decidir si son favorables o no (aunque me inclinaría a pensar que sí), pero en todo caso son particularidades. Es una masa muy distinta a todas las otras, por cuanto sus partículas parecen ser mucho más pequeñas y ligeras. Su color es raro, si se fijan bien; es más grisáceo. En la boca, la galletita (aunque lejos está de ser “galletita”) se convierte en una especie de polvo húmedo, o de papilla; en otros casos podría haber sido un error, pero aquí, créanme, es otro acierto.
No sé qué más decir. Dejé mis credenciales de crítico en esta alabanza incesante. Pero es sincera. Ahora bien: pobre del Havanna. Después de estos párrafos, después de probar el Cachafaz, al Havanna sólo puede dársele una palmadita de consolación: “al menos lo intentaste, pibe”. Es injusto, porque el Havanna es definitivamente un buen alfajor. Pero no se compara. No hay nada que hacer.
El Havanna también tiene algo del limón, pero de una manera distinta al Cachafaz. Discúlpenme la expresión, pero voy a decir grotesca: de una manera mucho más grotesca. El olor de este alfajor es algo muy especial, un olor tan propio como el del Jorgito, aunque, por supuesto, más atractivo. Es el mismo aroma que uno percibe al entrar en uno de los bares Havanna. Por lo demás, el chocolate hace un esfuerzo por ser amargo (no: es amargo y rico, pero si lo tengo que comparar con el Cachafaz…), aunque de ningún modo es el protagonista del alfajor. Se quiebra de forma aceptable.
Agreguemos, antes de olvidarnos, información formal: el Cachafaz pesa 60 gramos y el Havanna 55. El primero aporta 244 calorías; el Havanna, 208 calorías.
La impresión general que deja el Havanna, y es por ella que debe juzgarse un alfajor, es mucho más dulzona que la del Cachafaz. Hay una notable presencia de la masa, de algo un poco granulado; la mordida es más trabajosa, de alfajor terrenal. Y esto, sumado a un dulce de leche más sólido, de sabor profundo pero también más dulce, hace que el alfajor en sí resulte más empalagoso. No quiero soslayar el hecho de que es uno de los mejores del mercado: es equilibrado, tiene un buen chocolate (y genuino) amargo y un dulce de leche de interesantísimo sabor aunque, para mi gusto, consistencia demasiado rígida.
Y ya está, voy a terminar la reseña en este punto, porque toda la inspiración se me fue con el Cachafaz y ya se está volviendo pesada y aburrida. Además, ya dije todo lo que tenía que decir.

jueves, 16 de junio de 2016

Vauquita, el alfajor pornográfico

El alfajor Vauquita es un bicho raro, medio inclasificable. En la teoría, se trata de un alfajor doble; si bien es un poco más caro que el Jorgito, su precio se acerca más a esta clase de alfajores que a los triples del estilo del Shot o del Pepitos. En cambio, su grosor, su peso (80 gramos) y sus calorías (casi 300) lo ubican claramente en el estamento de los triples.
Sinceridad: al darle el primer bocado no logré reprimir una de esas expresiones orgásmicas de propaganda: cámara lenta, música de Alejandro Sanz. Y es que es una experiencia inmediatamente placentera. La razón no es ningún misterio: mucho dulce de leche. Los otros dos componentes hacen juego, están desarrollados en función de esa notable cualidad. Ceden fácilmente, no se quiebran. Y amén de su profusión, el dulce de leche es riquísimo.
Podríamos jugárnosla de críticos severos y comentar que el baño de repostería es lisa y llanamente malo y escaso (aunque probablemente mi ejemplar haya sufrido unos cuantos embates y no se encuentre en las mejores condiciones, como puede advertirse en las imágenes). Es rescatable el intento de resultar amargo, pero si no viene acompañado de una textura decente, no sirve de mucho (no descartaría que haya éste uno de los motivos por los que quedó adherido en buena parte al paquete). Por otro lado, el ligero sabor de la masa, en este caso, es muy conveniente, porque su mayor objetivo es evitar que el dulce de leche resulte excesivo, y lo logra, porque tiene una buena consistencia y un grosor discreto. No tengo mucho más que agregar a este respecto. Claramente son actores de reparto.
Billetera mata galán y un buen bolo de dulce de leche cremoso invadiendo nuestra boca mata un rico baño de repostería o una galletita de buena calidad. Saquémonos las caretas, viejo. El Vauquita, por mucho que pese, es una de las mejores opciones del kiosco. Con un buen vaso de leche o un café bien amargo, para combatir el empalagamiento, al Vauquita no hay con qué darle.
¿Competencia desleal? Puede ser. A llorar al campito.

miércoles, 15 de junio de 2016

Después del Terrabusi, el Capitán del Espacio y el Jorgito (D. de T., C y J)

Podríamos decir que estas tres versiones constituyen el punto de partida, los cimientos, del resto de los alfajores del mercado. Terrabusi, Capitán del Espacio y Jorgito, ergo, todo lo demás. Ésta es, por lo tanto, sólo una reseña, la primera que hago de ellos, pero no la última ni la definitiva. Es de esperar que al final de este viaje, o en alguno de los intervalos, me encuentre con que mis gustos y mis criterios se han vuelto más finos y profundos; entonces ya no debería medir de la misma manera a estos tres pilares. Estoy absolutamente abierto a ese futuro. Es más, voy en su búsqueda. Pero por algo se empieza.
Como ya es hábito, comparemos primero desde el punto de vista más formal. El Jorgito pesa 55 gramos (es decir, 5 gramos más que su versión glaseada) y engorda, atención, 220 calorías. El Terrabusi, por su parte, pesa 50 gramos (doce gramos más que su alter ego blancuzco) y contiene 202 calorías. Y por último, el Capitán del Espacio, que comparte el peso aproximado de 53 gramos con la alternativa glaseada, pero engorda un poco más: 220 calorías, más o menos, al igual que el Jorgito. En cuanto a la cobertura, en sendos casos consiste en baño de repostería, como aclaran sus respectivos paquetes.
Y ahora vamos con lo más arbitrario.
El solo hecho de olerlos nos deja algunas impresiones que después se confirmarán. Es desde un principio el Jorgito no tiene absolutamente nada que hacer frente a los otros dos. Es excesivamente artificial, aun en su aroma. En otro orden de cosas, también resulta ser, por lejos, el que más dulce de leche tiene. Fin de sus virtudes. Su galletita es de lo peor: insulsa, de consistencia vaga. Uno siente que pierde el tiempo o, peor, espacio en su pobre cuerpito en vano, al ingerir esa masa. No por nada su color es mucho más claro que el de los otros dos alfajores. Me hizo recordar esas facturas de color indefinido que, todos lo sabemos, se hacen con las sobras de vaya Dios a saber qué siglo. Los componentes del Jorgito parecen simplemente imbricados, aislados entre sí, fácilmente separables. Y si bien en los tres casos la cobertura es repostería, la del Jorgito es incomprensible: una cosa patinosa, insípida, más parecida al plástico que al chocolate. De ésas que hay que chupar un buen rato para sentirle algo de sabor, y el esfuerzo tampoco garantiza gran cosa. Y el dulce de leche, a pesar de su abundancia, nos hace sospechar. Tiene una consistencia como granulosa, algo similar al dulce de leche (o lo que sea) Vauquita. Por supuesto que es más o menos rico, pero no es para nada gratificante. Deja una sensación como de indecencia, como cuando nos damos un atracón de algún postre improvisado y triste. Lo que prima en el Jorgito es la artificialidad. Muy, muy flojo.
Terrabusi: lo primero que advertimos al disponernos a devorarnos uno de estos ejemplares es su evidente aroma a limón; es una jugada inusual para un alfajor de su precio, pero le sienta bastante bien. El baño de repostería tiene un sabor muy característico, con mucho de limón, claro (aunque todo el alfajor tiene ese dejo, está patente sobre todo en la cobertura). Se trata de una repostería más que interesante, cuyo sabor se distingue, a diferencia de la del Jorgito, de inmediato. La masa también es digna; más que nada, por su consistencia: al igual que su versión glaseada, es muy agradable a la mordida y al tacto lingual. Voy descubriendo que cuanto más oscura es la galletita, más sabor tiene. La del Terrabusi, pues, es la más oscura de las tres, y la mejor, aunque quizá le sobra presencia, ahora que lo pienso. Del dulce de leche no queda mucho más que decir: prolijo, rico, también con saborcito a limón. El limón reina, en definitiva, y es imposible escaparle. Eso, reflexionando un poco, también puede intepretarse como un artificio no del todo noble. Al fin y al cabo, predomina en exceso por sobre los otros componentes tradicionales del alfajor. A favor de esta característica, hay que decir que aporta cierta frescura, lo que lo hace menos empalagoso que los otros dos. Pero tapa, o disimula.
El Capitán del Espacio es el más interesante de los tres. Su baño de repostería, si bien menos llamativo a primera impresión que el del Terrabusi, es apreciablemente más sabroso y más cercano al chocolate. Se quiebra de manera estupenda. Un mordisco del Capitán del Espacio deja una sensación casi gloriosa, propia de un producto de buena calidad. Su efecto es gradual: al masticarlo, los tres componentes del alfajor se van integrando poco a poco, y la mezcla final es excelente. No recurre a sabores externos como el del limón: apela al chocolate. La masa no es la gran cosa. Es más discreta que la del Terrabusi, pero por fortuna, porque deja lugar al dulce de leche, que también es el mejor de los tres, a tal punto que es posible terminar, involuntariamente, concentrándonos únicamente en su sabor, cosa que es imposible en los otros casos. Nuevamente, ese sabor discreto, delicado, del Capitán del Espacio, que no demanda tanta atención, sino que se deja descubrir. El alfajor como unidad, como mundo en sí mismo, resulta mucho mejor que su versión glaseada, en buena medida gracias a su cobertura. Es el mejor de los tres.
El Jorgito, concluyendo, es una cosa sosa, poco lograda, bruta. Se le valora su capacidad de saciedad pero en este caso ni siquiera es tanto mayor. De hecho, creería que esos cinco gramos de más sobre el Terrabusi no es otra cosa que un manotazo de ahogado para contrarrestar en la formalidad la evidente inferioridad de su calidad. Queda muy lejos de sus competidores.
Y el Terrabusi, repito, es una opción muy digna, arriesgada y genuina. Pero buen alfajor, lo que se dice buen alfajor, es el Capitán del Espacio.