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viernes, 15 de julio de 2016

La consagración del Capitán

En una de las primeras reseñas de este blog comparábamos al Jorgito, al Terrabusi y al Capitán del Espacio, pero en su versión doble. Concluíamos entonces que el Jorgito quedaba muy por detrás, que la competencia se daba entre los otros dos, y fue por eso que al comparar sus versiones triples elegí esta vez sólo al Terrabusi y al Capitán del Espacio. Tal vez fue un error, porque del Jorgito glaseado al Jorgelín hay un salto impresionante, son dos alfajores muy distintos. En estos dos casos, en cambio, no hay mucha diferencia.
Me alegró ratificar el veredicto de aquella vez; quiere decir que estoy logrando mantener el criterio. Poquitas cosas debería cambiarle a aquel temprano análisis para que se ajustara a mis impresiones más recientes.
Pero antes, comparemos al Capitán y al Terrabusi en lo que tienen de alfajores triples. Por empezar, digamos que el Capitán del Espacio es casi un tercio más grande. Los mismos paquetes lo evidencian: el Capitán pesa 80 gramos (alrededor de 300 calorías) y el Terrabusi, 70 (270 calorías). Es una diferencia para tener presente si tomamos en cuenta la capacidad de saciedad de la que hablábamos en la reseña previa.
Al Capitán del Espacio lo favorece ampliamente el hecho de ser triple: más lugar para la galletita y para el dulce de leche, que son su gran virtud. Al Terrabusi, todo lo contrario.
¿Qué nos dicen los respectivos aromas de los alfajores en sí? El del Capitán, todas cosas buenas. Es un olor muy especial, mezcla entre chocolate y galletita de vainilla. Me encantaría entrar a un bar que oliera a Capitán del Espacio. El del Terrabusi casi que es puro limón; es un aroma afectado, exagerado, artificial. Ya recomendamos alguna vez a los creadores de alfajores que no se pasen con el gustito a limón. Aquí están los resultados. De todas formas no está tan mal: dentro de todo el Terrabusi ha alcanzado un sabor decente aun abusando del limón.
Si hay un aspecto en el que el Terrabusi arrasa, es en la cobertura. Es muy gruesa, amarga, bastante rica. Por supuesto que en ambos casos se trata de baño de repostería, pero en este caso está muy bien logrado, es uno de los mejores que probé. En cambio, en el Capitán del Espacio es más bien delgada y de las que hay que lengüetear un rato para extraerles algo de sabor, que finalmente encastra bastante bien en la esencia general, pero que per se es definitivamente malo. Esta clase de repostería, cuanto más fría está, peor es; por eso el otro día, con diez grados, me clavé un Capitán del Espacio y estaba tan feo. Ahora lo entiendo.
En lo demás, el Terrabusi falla. Su mayor problema está en la masa: demasiado crujiente, demasiado sólida, demasiado presente. Se lleva toda la atención (that bitch) y opaca a todo lo demás, contrariamente a lo que indican los manuales del buen alfajor. Todo en el Terrabusi está como apretado, contenido; le falta aire y esponjosidad (de hecho, fíjense que a pesar de ser triple es mucho más bajito que el Capitán del Espacio). Y como escatima bastante en dulce de leche, el resultado final es pobre: uno no sabe si está comiendo un alfajor o algún híbrido extraño.
Su rival, en cambio, es un experto del equilibrio, un producto acabado y coherente. El Capitán del Espacio gana porque la mezcla que deviene en la boca, lo que en biología llamarían, con dudoso gusto, el bolo alimenticio, es brillante. La fusión entre dulce de leche y masa —acaso semejante, por momentos, a la de un buen bizcochuelo— es especial, y en este caso es todavía mejor porque tiene más dulce de leche que el doble. Y detrás de todo, un gustito sublime, muy característico, del que muchos alfajores se olvidan y al que otros simulan con resultados lamentables (el Recoleta, por ejemplo). Es ese sabor que se eleva por encima de todos los componentes, que lo envuelve todo, es el sabor del alfajor, que en el Capitán del Espacio tiene un sello inequívoco. No se entiende exactamente de dónde proviene, porque nada es especialmente destacable de por sí. Es en la sumatoria de sus partes, en la boca misma, que se produce el milagro del Capitán del Espacio.
Probablemente una de las claves se encuentre en este dulce de leche tan espeso. Es pegajoso, denso, y por eso se mezcla de ese modo tan curioso con la galletita. Está lejos de un gusto genérico: diría que es un gusto coherente con el de la cobertura y la galletita. El meollo está ahí, en que todo avanza en una misma dirección. ¿Habrá un genio detrás de este alfajor o habrá sido el maravilloso resultado del azar?
Sea como sea, una vez más, y todavía con mayor contundencia, el Capitán del Espacio vence al Terrabusi.

miércoles, 13 de julio de 2016

Alfajor o engendro

Comparar alfajores de este tipo significa arrancarlos de su función natural. Está claro que bestias de ochenta gramos cumplen una función que va más allá del mero deleite gustativo. El Jorgito, y sobre todo el Jorgelín, son alfajores de subsistencia, alfajores cuyo fin principal es brindarnos las calorías necesarias para sobrevivir varias horas sin ingerir nada más, para zafar un almuerzo, para ir a la guerra, en última instancia. Son baratos y humildes. De manera que debemos advertir que estamos siendo injustos al no tener en cuenta su capacidad de saciedad en esta reseña.
Varios motivos tenemos para ubicar también al Vauquita dentro de la categoría de alfajor de subsistencia. Su peso, por empezar: 75 gramos, un número descomunal para un alfajor doble. Y luego, sus calorías: 296. Pero hay todavía otras características de este género presentes en el Vauquita, las que son consecuencia de las condiciones de fabricación de alfajores de este tipo: su robustez y su mala calidad.
En efecto, el Vauquita es un alfajor de tamaño considerable, con una cantidad de dulce de leche llamativamente abundante. De hecho, es lo que lo caracteriza. Que te deja pipón pipón, te deja pipón pipón, pero no por la vía más gratificante. Pareciera que los creadores del Vauquita no le pusieron mucho empeño: decidieron cortar por lo sano, meterle mucho dulce de leche, sumarle por compromiso otros dos componentes y a la cadena de fabricación. El resultado está a la vista. Todo lo que ocurre por encima y por debajo del dulce de leche es desastroso, y por lo tanto la consistencia global del alfajor (el rasgo más importante de todos, insistimos) fracasa estrepitosamente. Entre la cobertura de glasé, que de gusto no está mal, y la masa, no hay el menor contraste; son vagamente blandas, pero blandas en el mal sentido, desdeñosamente blandas. No es que la blandura cumple la función de subrayar el dulce de leche, porque difícilmente cumpla alguna función: simplemente habrá sido lo más fácil y barato de hacer. Luego se mezcla con el dulce de leche y en la boca ocurre algo indefinido y pastoso que en ningún momento vale la pena. El sabor de la galletita en un principio me transportó a la colonia de vacaciones infantil, en la que un alfajor Fulbito y un jugo ya no sé qué marca hacían las veces de merienda, pero en realidad creo que se asemeja más bien al de un feo alfajor cordobés. La memoria no suele ser muy precisa.
Y el dulce de leche tampoco merece grandes halagos. Es lo dulzón (no dulce, dulzón, que no es lo mismo). Empalaga bastante y es un tanto granuloso. Si pensás comerte uno entero, tené a tu lado un saché de leche porque el Vauquita deshidrata.
En la vereda de enfrente, el Jorgelín, que se yergue orgulloso. En principio su imagen resulta mucho más atractiva: sólido, de contornos cuadrados, agradable de sostener. Eso si no tenemos en cuenta la inaudita falta de ortografía de su paquete amarillo: GLACEADO, encima en mayúsculas. ¿Qué onda? ¿Cómo ocurrió eso? ¿Cómo es que un alfajor que se vende hace tantos años circula impunemente con ese horror ortográfico a cuestas? Rarísimo. Ya vamos a averiguar. Por el momento nos limitamos a engullir.
El aroma nos ofrece una impresión cabal del sabor del alfajor: en lugar del vaho incoherente del Vauquita, éste es un olor muy característico, con mucha vainilla pero también con un toque de limón, lo que en alfajores glaseados no es tan usual. Al pegarle un primer saque, experimentamos placer sensorial rápidamente. Y alivio, por supuesto, porque veníamos de masticar un Vauquita y el contraste es enorme. Que la cobertura de glasé, mucho menos gruesa, sea tan crocante, le aporta muchísimo a la consistencia global. También la doble alternancia entre dulce de leche y galletita evitan el empalagamiento. Pero déjenme aplaudir a la masa: es extraordinariamente húmeda, fresca, y esta vez en el mejor de los sentidos. Su extraño sabor a limón es extraño porque, a diferencia de las galletitas de alfajores de chocolate, ésta es de pura vainilla, como delata su color, mucho más claro que el del Vauquita. Interesantísima.
Pero además el Jorgelín es realmente gigante, a tal punto que no podía sacarlo del paquete, y llena muchísimo empalagando mucho menos. Pesa 85 gramos y aporta 315 (¡!) calorías.
El dulce de leche es aceptable. No viene en cantidades copiosas pero eso importa poco porque encastra muy bien en el concepto general del alfajor. Si no me equivoco, es el mismo dulce de leche del Jorgito: bastante oscuro, ni muy sabroso ni muy cremoso, pero correcto. Una cosa rara del Jorgelín es que de vez en cuando deja pequeños trocitos de masa dura, mal cocida, con consistencia como de coco, aunque claramente no es coco. Vaya y pase, queda perdonado.
Conclusión: sólo un antojo de cantidades groseras de dulce de leche justifica elegir el Vauquita. En todo lo demás lo supera ampliamente el Jorgelín, alfajor dignísimo.

jueves, 30 de junio de 2016

¿Sabías que el Jorgito blanco no es igual que el Havanna?

Varios años antes de que yo emprendiera esta tarea de analizar y cotejar todos los alfajores más o menos accesibles del mercado porteño, otro blog, cuyo dueño es el ya legendario Lord Khyron, había hecho lo propio con mucha más originalidad, desde luego, y mucho más conocimiento. Sin este antecedente yo difícilmente hubiera dado origen a este proyectito. El hecho es que en ese blog, aquí, se dice que los Terrabusi y los Havanna glaseados son iguales. En realidad, se trata de un antiguo rumor que dio lugar a mucha literatura, especulación y, entre otras cosas, a esta hermosísima canción punk que nos acercó por Twitter el Trivi. La cuestión es que semejante leyenda movió mi curiosidad e, incrédulo, me dispuse a comprobar en carne propia cuál era su grado de realidad.
PATRAÑAS.
Estos dos alfajores son apreciablemente distintos. Los une el color blanco por fuera (eso si el Jorgito ya no es puras migas cuando llega a tus manos), un peso similar (50 gramos el Jorgito, 48 el Havanna) y no mucho más. Son bien distintos, y sólo oliéndolos la diferencia se patentiza. El aroma del Jorgito es, como ya dijimos en alguna reseña, agresivo y artificial, aunque no necesariamente desagradable. Es el típico olor del Jorgito; muy difícil desconocerlo. El del Havanna, por su parte, es muchísimo más discreto, hay que acercarse al alfajor (hot) para percibirlo, y no sabría definirlo. Olor a merengue, supongo.
Porque eso hay que decirlo: la cobertura del Havanna es de merengue italiano y la del Jorgito, de azúcar glaseada. Los paquetes mismos lo dicen. Uno podría pensar que eso de merengue italiano es una esnobeada para cobrártelo más caro, y supongo que en cierto modo lo es, pero la distancia entre ambas coberturas es bastante considerable. Por empezar, tocás un Jorgito y te quedás con la mano engrasada por dos semanas. Tienen texturas muy disímiles, cosa que se puede apreciar en las fotos: la cobertura de azúcar glaseada es como la luna, ponele, toda accidentada, con pozos, mientras que la de merengue italiano es lisa, lisa, lisa. Y acá uno podría pensar nuevamente que ésas son boludeces, pura estética, y es verdad, pero el Havanna tiene que dar una mejor imagen, se caracteriza por eso.
De todas formas, también hay diferencia en el gusto. El merengue es merengue, como el que se compra en copitos en el supermercado o el que prepara con clara de huevo. Se deshace como un merengue y con un poquito de atención tiene ese gusto. Y el azúcar glaseada es azúcar glaseada, si la tocás con el dedo húmedo se te queda pegada y tiene ese gusto. No hay mucho más que agregar. Sigue siendo rica.
La realidad es que el alfajor Havanna es malo para sus aspiraciones. No se compara con su versión negra. Falla incomprensiblemente en su consistencia. Su cobertura de merengue es dura, muchísimo más que la del glaseado per se, y eso no estaría mal si el resto de los ingredientes acompañara. Pero no: la masa es también excesivamente dura, sólida (y no sé si no tiene algo como de colación cordobesa, quizá son delirios míos), y lo mismo el dulce de leche. Termina siendo un mazacote, un alfajor compacto difícil de tragar. Rico es, sin dudas, y el dulce de leche está buenísimo y debe ser uno de los mejores del mercado en cuanto a sabor, pero ya comprobamos la gran importancia que tiene la sensación que deja el alfajor al ser mordido. Y en ese sentido, lo de Havanna parece una versión preliminar, un borrador. Decepcionante. (Yo no sé, ahora que lo pienso, si el Havanna, por estar en ese paquete confianzudo, no se habrá humedecido o algo así. Porque es raro que un alfajor sea tan duro. Cuando lo quise cortar, tuve que hacer diez veces más fuerzas que cuando corté el Jorgito. Ahí ya quedaba clara la diferencia) (nota posterior: al otro día comí otro Havanna blanco y comprobé que sí, no es tan duro ni tan mazacote como el que analizo en esta reseña, pero sigue siendo exageradamente macizo. Quiero que quede claro: está bueno, pero de Havanna uno espera algo más).
En cambio el Jorgito, siempre humilde, baratito, popular (siempre preocupado por salvar del hambre al compañero; aporta 194 calorías contra las 160 calorías caretas del Havanna), puede tranquilamente competirle a su rival gorila, y sin apelar a la grandilocuencia ni a cosas como “merengue italiano”. No, la receta es fácil: un alfajor livianísimo al morderlo, que no se parte sino que cede, como pan humedecido, ponele, con buena cantidad de dulce de leche y no mucho más. Por supuesto que la masa es de mala calidad, que el dulce de leche es artificial, que deja una impresión en la boca cuanto menos ambigua, y que tiene ese intento de sabor a ¿limón? que yo qué sé... Pero hagámosla corta, viejo, encontrás más placer al comer un Jorgito que al comer un Havanna. Y al fin y al cabo, de eso se trata.

lunes, 27 de junio de 2016

Bimbo, mi buen amigo

El alfajor Bimbo es uno de los más extraños del mercado. Es más, un observador superfluo tal vez lo excluiría de la comunidad de alfajores ortodoxos (aunque a esta altura…). Y es que su envoltorio y su marca, a simple vista, nos hacen dudar. No hay ningún atractivo, más allá del primitivo color rojo, en su paquete. Muestra del poco empeño que le pusieron sus creadores es el hecho de que todavía se promocione como “Nuevo”, cuando por lo menos lleva ocho años en el mercado. Más bien lo hacen quedar como un producto poco digno, hecho como al pasar por una empresa que claramente se encarga de hacer pan y que tiene por logo un oso blanco con carita de bebé. Es fácil desdeñar al alfajor Bimbo, y evidentemente eso es lo que hace la mayoría de los kiosqueros, porque hasta ahora nunca lo he visto en un kiosco. A éste lo conseguí en mi mercadito, que a veces vende estas “rarezas”. No sé realmente cuál será su éxito comercial, si es que tiene alguno, pero las pocas opiniones que hay de él en la web son excepcionales. En efecto: el alfajor Bimbo es una GRAN (así, con mayúsculas) opción. Sobre todo si tenemos en cuenta su precio, que no es mayor al de un Terrabusi. Es decir, se lo puede contar entre los alfajores baratos. Sólo que, claro, es difícil encontrarlo.
Su peso es 55 gramos, al igual que el Jorgito de chocolate, y aporta 226 calorías, más que el Jorgito y que la gran mayoría de los alfajores de cincuenta y tantos gramos. Es más alto y más robusto, además, en comparación. Se lo ve muy buen, gran porta, gran imagen.
Un punto importantísimo: según el paquete, el alfajor Bimbo tiene cobertura de chocolate real. Por supuesto que sospeché, pero al parecer es una afirmación veraz. Recordemos que dentro del rango de los alfajores de su precio, la cobertura de chocolate es un milagro: ni el Jorgito, ni el Capitán del Espacio ni el Terrabusi ni el Suchard, de los que evaluamos hasta aquí, tienen una. Sólo el Milka de mousse, y en detrimento de los otros componentes. Pues el Bimbo tiene una cobertura de chocolate con leche muy sabrosa, de grosor muy aceptable, y que es responsable del aroma del alfajor en sí. Es, verán, como en el caso del Milka, más clara (no el marrón casi negro de las coberturas que aspiran a parecer amargas), y nos depara un gran placer cuando se acumula en los bordes del alfajor (los griegos seguramente tienen una palabra para definir a ese sector del alfajor: propongo “comisuras”). Se quiebra fácilmente, como veremos, a tono con el resto de los elementos.
Otro dato importantísimo es que el alfajor Bimbo tiene una cantidad de copitos de cereal por encima, bañados también en chocolate. Y fíjense en lo que les voy a decir: está tan bien el alfajor que la mala influencia de estos copitos no lo afecta por demás. No sé si fue en mi caso particular (no podría afirmar que el alfajor no llevara unos años en mi mercadito) o si siempre será así, pero estaban húmedos, muy húmedos, y no en el buen sentido. Un copo de cereal se caracteriza y se destaca precisamente por ser crocante, y, sin dudas, en ese estado, le harían muy bien al alfajor, pero en mi caso resultó ser todo lo contrario, y prácticamente se convirtieron en un estorbo a la hora de comérmelo, un castigo para mis dientes. Incluso en el hipotético caso en que la humedad proceda del largo tiempo que permaneció el alfajor en su paquete hasta que llegué yo, es un error por parte de sus creadores; se sabe que a menudo los alfajores esperan mucho tiempo hasta que un feliz consumidor los elige y los engulle. Entonces, hay que estar atento a no meterles componentes que se deterioren fácilmente.
La gran cualidad del Bimbo, amén de su chocolate y en línea con él, es su equilibrio, su excelente balance entre la masa y el dulce de leche. Morder un Bimbo es una experiencia muy distinta, porque se deshace con una facilidad bastante particular. El baño de chocolate inferior es especialmente blando y al morder pasan cosas lindas en el cerebro, la boca, o donde sea que suceden las cosas lindas. Mucho más que en el resto de los alfajores de su estilo. Y no quisiera imaginarme con unos copos bien crocantes: sería la gloria.
A todo esto hay que sumarle, además, que la cantidad de dulce de leche es muy generosa. No te digo que es un Vauquita, pero es el que más se le acerca. Y los dulce de leche son bastante parecidos: muy dulces y cremosos, un tanto empalagoso (pero si te molesta que empalaguen andá a comer un alfajor de arroz, papu).
Ahora usted se estará preguntando, mi buen señor, ¿acaso el Bimbo es perfecto? ¿A este tipo lo sobornaron con pan lactal para que lo elogiara tanto? No, si algún día desean sobornarme, con pan lactal o lo que sea, para que traicione mi honestidad, aceptaré con gozo. Pero no fue el caso. Y sí tiene algunas desventajas. Por empezar hay que insistir en el problemita del cereal húmedo: craso error. Y luego hay que decir que la masa, a pesar de tener una consistencia excelente y muy funcional al alfajor, no es de la mejor calidad. Tiene un sabor un tanto barato, artificial. Es difícil de transmitir a través del texto y con mis dificultades creativas y de redacción, pero si lo probaran se darían cuenta. Es el punto débil de este alfajor.
En definitiva, ha sido una gratísima sorpresa. El alfajor Bimbo está buenísimo, si tenemos en cuenta su rango, es decir, su precio. Lo terminé de comer y al rato ya estaba pensando en comerme otro, lo cual es síntoma de un buen alfajor que deja lindos recuerdos en el corazón.

miércoles, 15 de junio de 2016

Después del Terrabusi, el Capitán del Espacio y el Jorgito (D. de T., C y J)

Podríamos decir que estas tres versiones constituyen el punto de partida, los cimientos, del resto de los alfajores del mercado. Terrabusi, Capitán del Espacio y Jorgito, ergo, todo lo demás. Ésta es, por lo tanto, sólo una reseña, la primera que hago de ellos, pero no la última ni la definitiva. Es de esperar que al final de este viaje, o en alguno de los intervalos, me encuentre con que mis gustos y mis criterios se han vuelto más finos y profundos; entonces ya no debería medir de la misma manera a estos tres pilares. Estoy absolutamente abierto a ese futuro. Es más, voy en su búsqueda. Pero por algo se empieza.
Como ya es hábito, comparemos primero desde el punto de vista más formal. El Jorgito pesa 55 gramos (es decir, 5 gramos más que su versión glaseada) y engorda, atención, 220 calorías. El Terrabusi, por su parte, pesa 50 gramos (doce gramos más que su alter ego blancuzco) y contiene 202 calorías. Y por último, el Capitán del Espacio, que comparte el peso aproximado de 53 gramos con la alternativa glaseada, pero engorda un poco más: 220 calorías, más o menos, al igual que el Jorgito. En cuanto a la cobertura, en sendos casos consiste en baño de repostería, como aclaran sus respectivos paquetes.
Y ahora vamos con lo más arbitrario.
El solo hecho de olerlos nos deja algunas impresiones que después se confirmarán. Es desde un principio el Jorgito no tiene absolutamente nada que hacer frente a los otros dos. Es excesivamente artificial, aun en su aroma. En otro orden de cosas, también resulta ser, por lejos, el que más dulce de leche tiene. Fin de sus virtudes. Su galletita es de lo peor: insulsa, de consistencia vaga. Uno siente que pierde el tiempo o, peor, espacio en su pobre cuerpito en vano, al ingerir esa masa. No por nada su color es mucho más claro que el de los otros dos alfajores. Me hizo recordar esas facturas de color indefinido que, todos lo sabemos, se hacen con las sobras de vaya Dios a saber qué siglo. Los componentes del Jorgito parecen simplemente imbricados, aislados entre sí, fácilmente separables. Y si bien en los tres casos la cobertura es repostería, la del Jorgito es incomprensible: una cosa patinosa, insípida, más parecida al plástico que al chocolate. De ésas que hay que chupar un buen rato para sentirle algo de sabor, y el esfuerzo tampoco garantiza gran cosa. Y el dulce de leche, a pesar de su abundancia, nos hace sospechar. Tiene una consistencia como granulosa, algo similar al dulce de leche (o lo que sea) Vauquita. Por supuesto que es más o menos rico, pero no es para nada gratificante. Deja una sensación como de indecencia, como cuando nos damos un atracón de algún postre improvisado y triste. Lo que prima en el Jorgito es la artificialidad. Muy, muy flojo.
Terrabusi: lo primero que advertimos al disponernos a devorarnos uno de estos ejemplares es su evidente aroma a limón; es una jugada inusual para un alfajor de su precio, pero le sienta bastante bien. El baño de repostería tiene un sabor muy característico, con mucho de limón, claro (aunque todo el alfajor tiene ese dejo, está patente sobre todo en la cobertura). Se trata de una repostería más que interesante, cuyo sabor se distingue, a diferencia de la del Jorgito, de inmediato. La masa también es digna; más que nada, por su consistencia: al igual que su versión glaseada, es muy agradable a la mordida y al tacto lingual. Voy descubriendo que cuanto más oscura es la galletita, más sabor tiene. La del Terrabusi, pues, es la más oscura de las tres, y la mejor, aunque quizá le sobra presencia, ahora que lo pienso. Del dulce de leche no queda mucho más que decir: prolijo, rico, también con saborcito a limón. El limón reina, en definitiva, y es imposible escaparle. Eso, reflexionando un poco, también puede intepretarse como un artificio no del todo noble. Al fin y al cabo, predomina en exceso por sobre los otros componentes tradicionales del alfajor. A favor de esta característica, hay que decir que aporta cierta frescura, lo que lo hace menos empalagoso que los otros dos. Pero tapa, o disimula.
El Capitán del Espacio es el más interesante de los tres. Su baño de repostería, si bien menos llamativo a primera impresión que el del Terrabusi, es apreciablemente más sabroso y más cercano al chocolate. Se quiebra de manera estupenda. Un mordisco del Capitán del Espacio deja una sensación casi gloriosa, propia de un producto de buena calidad. Su efecto es gradual: al masticarlo, los tres componentes del alfajor se van integrando poco a poco, y la mezcla final es excelente. No recurre a sabores externos como el del limón: apela al chocolate. La masa no es la gran cosa. Es más discreta que la del Terrabusi, pero por fortuna, porque deja lugar al dulce de leche, que también es el mejor de los tres, a tal punto que es posible terminar, involuntariamente, concentrándonos únicamente en su sabor, cosa que es imposible en los otros casos. Nuevamente, ese sabor discreto, delicado, del Capitán del Espacio, que no demanda tanta atención, sino que se deja descubrir. El alfajor como unidad, como mundo en sí mismo, resulta mucho mejor que su versión glaseada, en buena medida gracias a su cobertura. Es el mejor de los tres.
El Jorgito, concluyendo, es una cosa sosa, poco lograda, bruta. Se le valora su capacidad de saciedad pero en este caso ni siquiera es tanto mayor. De hecho, creería que esos cinco gramos de más sobre el Terrabusi no es otra cosa que un manotazo de ahogado para contrarrestar en la formalidad la evidente inferioridad de su calidad. Queda muy lejos de sus competidores.
Y el Terrabusi, repito, es una opción muy digna, arriesgada y genuina. Pero buen alfajor, lo que se dice buen alfajor, es el Capitán del Espacio.

El Terrabusi glaseado, categoría y sobriedad

Definir sin comparar es una tarea bastante complicada. Podríamos ahondar y decir que es prácticamente imposible, pero ése es un tema que no me concierne en tanto catador de alfajores amateur.
A lo que voy es a que siempre que trate de escribir una de éstas “reseñas” lo haré teniendo presentes otros alfajores del mismo tenor. Presentes físicamente, quiero decir, para comer un poco de cada uno y que la definición sea lo más “imparcial” posible. En este caso, al Terrabusi simple glaseado lo compararé con sus pares: el Capitán del Espacio y el Jorgito.
A priori, hay que decir que el Terrabusi es el más liviano de los tres: unos modestos 38 gramos (que aportan 142 calorías), mientras que el Capitán ostenta un peso aproximativo de 53 gramos (190 calorías) y el Jorgito, de 50 (194 calorías). No sé en precio cuál será la diferencia, porque lo compré en otro lugar. En este caso me salió un peso más barato que el Jorgito y dos pesos más barato que el Capitán del Espacio.
Ahora saquémonos de encima, expeditivamente, lo que concierne a la saciedad. Como podíamos suponer, el Terrabusi tampoco puede pelearle al Jorgito en este punto. De hecho, de los tres, es el más pequeño, como podrán apreciar en la foto.
Por lo demás, es el mejor. Si la mayor cualidad del Jorgito era su generosidad, y la del Capitán del Espacio su particular y delicado sabor, el Terrabusi se destaca por combinar ambas características y explotarlas de la mejor manera.
La base del alfajor, su sustento, es el glaseado, visiblemente distinto del glaseado de los otros dos alfajores, que no es mucho más que una breve llovizna de azúcar impalpable. En este caso, se trata de una verdadera cobertura, sólida, crocante, que hace resaltar todo (bueno, el dulce de leche y la galletita) lo que lleva dentro. Aquí está la clave, mis amigos. El placer sensorial que le confiere al alfajor es enorme; no se parte lentamente, como masa, sino que se quiebra, como una galletita. Pero la parte dura tiene un grosor mínimo, todo lo demás es blando. El efecto es excelente.
Y si bien ésa es la máxima virtud del Terrabusi, hay que decir que también el dulce de leche es bueno. Tal vez, incluso, sea el mejor de los tres. Es bastante parecido al de La Serenísima. Prolijo, ni empalagoso ni extravagante.
La masa, por su parte, no hace más que acompañar. Su sabor es bastante similar al de, por ejemplo, los anillos de las Variedad de Terrabusi. Tiene un leve dejo salado. Eso sí: la consistencia también sobresale; resulta mucho más esponjoso, aireado, que en los otros dos casos.
El Terrabusi es, en definitiva, el más equilibrado, el más brillante, el más rico y el más sensorialmente placentero de los tres alfajores. Es el que mejor combina los tres elementos. Lo digo sin mayores dudas. Fue mi primera y mi última impresión.

El Capitán del Espacio, Riquelme y el Jorgito

Empecemos por las diferencias formales: el Jorgito pesa 50 gramos (194 calorías) y el Capitán del Espacio, 53 (y según mis cálculos, aporta algo así como 190 calorías) (El paquete dice 40 gramos, pero al leer la información nutricional, notamos que 40 gramos pesan tres cuartos de alfajor. Aplicando una simple regla de tres, obtenemos que el peso real es de 53,3 (periódico) gramos. Me pareció muy curioso, pero ahora tiene más sentido). El Jorgito es más sólido al tacto, y pareciera ser más denso; sus contornos están mejor definidos, es más “cuadrado”, y todo eso redunda en que tenerlo en la mano sea mucho más agradable y en que, sobre todo, a la hora de hincar el diente la experiencia resulte más placentera, precisamente porque, palabra clave, es más crocante.
Podría decirse, también, que lo que se pone en juego al medir el Jorgito y el Capitán del Espacio son dos ideologías, dos formas de ver el mundo igualmente válidas. El Jorgito es generoso, señores. Generoso, claro, dentro de los límites de un alfajor de su valor. Pero tiene una buena cantidad de dulce de leche y, si uno lo come con mediana atención, por momentos hasta empalaga. Es rico, también, pero su cualidad sobresaliente es la abundancia. A la hora del hambre, amigos, no hay ninguna duda.
El Capitán del Espacio, en cambio, para la pelota, se toma su tiempo, mira a los costados, mete un pase gol. El Capitán del Espacio es Riquelme; mucho más modesto, humilde desde su mismo circuito de distribución hasta su envoltura, digámoslo, cuanto menos discutible. No esperes que te deslumbre de un bocado, que te haga acabar, no. Tampoco esperes que te cambie la vida. Dos cosas: ¿está sobrevalorado? Sí. ¿Es, de todas formas, un alfajor distinto? También. Porque lo de Riquelme fue exagerado, digamos que es Riquelme en un par de años jugando un torneo interno de señores de más de cincuenta y cinco años. Y haciendo la diferencia, obvio.
(Hay que decir, claro, que el Capitán del Espacio, al menos en Capital, y a pesar de que en la teoría se ubica en el mismo estrato que los Jorgito, está apenas o bastante más caro, dependiendo de lo paqueta que sea la zona y de la oferta y la demanda y todo eso, que su contrincante. Un día tendremos que referirnos al Capitán como objeto de culto y bla bla bla, pero no hoy).
Y ahora hablando un poco más concretamente, el Capitán del Espacio es mucho más delicado que el Jorgito. La mayor diferencia, como en todo, nace en el dulce de leche, que en conjunción con la masa da como resultado un sabor especial, prolijo, muy sutil para lo que suele esperarse de alfajores —más que— populares. Cuando comés un Jorgito es difícil eludir la impresión de que la calidad es mala: el dulce de leche, aunque rico y abundante, tiene algo como ácido e invasivo (muy pero muy característico, por lo demás, del Jorgito), y la masa es menos masa, se disgrega más fácil y, en definitiva, es más berreta. En el Capitán del Espacio no, pero en todo caso hay que hacer un esfuerzo para advertirlo. En cuanto a la cobertura de azúcar glaseada no noté grandes diferencias.
Concluyamos lo siguiente: que el Capitán del Espacio es definitivamente más rico y más interesante, pero que el Jorgito es más generoso, más chancho, y que si estás de bajón es una opción dignísima.
Aplausos para ambos, han jugado limpiamente.