domingo, 10 de julio de 2016

Cerca de la revolución

Hace unos años, ya no sé cuántos, hizo su aparición en el mercado un alfajor que se decía, a través de numerosos carteles publicitarios, revolucionario. Puro humo, por supuesto. Se trataba de un alfajor más, y los que salimos a comprarlo a los pocos días de su lanzamiento nos decepcionamos. Desde entonces la mayoría de los amantes de los alfajores le guardamos rencor, no sólo por esa desleal campaña publicitaria sino también por ese cipayismo inexplicable que los condujo a bautizar con un nombre en inglés una golosina típicamente argentina y de la que no se tiene registro en ningún país angloparlante.
Pero como me debo a ustedes, estimadísimos lectores, tragué saliva y pedí avergonzado un maiurban, por favor. El kioskero me miró de reojo y dubitó un momento pero finalmente condescendió a entregármelo. Y me lo comí y lo reseñé.
Nobleza obliga: el My Urban está muy bueno. Tengamos presente que es un alfajor de clase media, digamos, a la par del Milka, el Smack, cosas así (más allá de su desconcertante etiqueta de “Premium”. ¿Premium qué, boludón?). Sin embargo, pesa un poco más que todos ellos: 65 gramos, y es bastante más engordante: 245 calorías.
El My Urban huele como deben oler los alfajores. Es un aroma intenso, muy similar al del Terrabusi, con un toque de limón pero más leve. Su causante es, claro, la cobertura, que no es chocolate genuino, sino baño de repostería; una cobertura muy gruesa, de contextura extraña, como de turrón blando, porosa, y que se desprende demasiado fácilmente, al punto tal que al partir el alfajor en dos la capa superior quedó separada del todo, en posición vertical. Pero esta singular característica contribuye a una excelentísima consistencia: el alfajor se quiebra como Dios manda; sensorialmente hablando, es una experiencia difícil de igualar. Porque el baño repostero cruje por encima y por debajo cede; al mismo tiempo cede la masa, muy blanda, y todo se mezcla con un dulce de leche muy cremoso. El equilibrio, en este aspecto, está muy logrado. El Vauquita y el Bimbo comparten en cierto sentido la blandura, pero no creo que lo igualen.
¿En qué falla, entonces, este alfajor? Yo digo que no encuentra su identidad y la falsea un poco. Si bien la cantidad de dulce de leche es la adecuada, y si bien tiene una gran consistencia, escatima en profundidad: no es demasiado dulce ni demasiado sabroso, y se termina diluyendo. Y tampoco el baño de repostería se transforma en protagonista, porque debido a su extraña consistencia tarda en revelar su sabor; es hermético, hay que chuparlo (a falta de un sinónimo más decoroso) más tiempo que el ideal para sentirle el gusto, y cuando por fin aparece, el dulce de leche ya se perdió en la boca. De todas maneras, a esta débil presencia general puede vérsele el lado positivo: el My Urban apenas empalaga, y aunque pesa y engorda más que la mayoría de los alfajores dobles, pareciera saciar menos.
En cuanto a la masa, no tengo mucho para decir. La verdad es que me cuesta mucho distinguir el sabor específico de cada galletita; sea al alfajor que sea, apenas le encuentro gusto. Sí puedo señalar que deja demasiadas migas y que se asemeja más que ninguna otra a la del Cachafaz, en lo tocante a su blandura y su fácil disolución.
Los invito a deponer las armas y a darle una chance al denostado My Urban. Es un alfajor más que aceptable y merece una segunda oportunidad.

viernes, 8 de julio de 2016

Y no tienes un poquito de amor para dar…

Maldita nuestra suerte, otra vez nos comimos una réplica. Si el alfajor La Aldea era una imitación barata del Cachafaz, el Dulce Estampa es una imitación mucho más fidedigna del Havanna. Su versión marplatense. No es más que eso.
Lo vi, si no me equivoco, cuando caminaba por Río de Janeiro, barrio de Almagro, en el escaparate de una heladería desierta. Y me llamó la atención.
Pero ni bien lo abrí empecé a sospechar. Esta vez tenía muchos más motivos porque con la última reseña había comprobado que los casos de réplica entre los alfajores parecen ser posibles. La textura de la cobertura (ustedes mismos pueden comprobarlo; aquí en el blog hay fotos del Havanna) profundizó mi sospecha, el aroma que despedía me las confirmó.
Los alfajores se parecen tanto que gran parte de las diferencias que podría mencionar son mera especulación; podría estar equivocándome. Para comparar como se debe debería haber tenido un Havanna al lado, pero ya saben: tarifazo. Y además hay que cuidarse, che. Así que del Havanna sólo tuve presente el recuerdo.
Nombremos las diferencias irrefutables: el Dulce Estampa aporta 195 calorías y el Havanna, 208. Esto podría deberse a dos cosas: a que el grosor de la cobertura de chocolate sea menor en el Estampa, de lo cual estoy casi seguro, o a que sea menor la cantidad de dulce de leche, cosa que no me parece cierta, a priori. Porque tengamos en cuenta que el peso es el mismo: 55 gramos.
Todo lo otro que pueda decir ya es más dudoso. Quizás el dulce de leche sea menos sabroso en el alfajor marplatense. Pero sólo quizás. Las cualidades generales son similares: su consistencia, bastante rígida, su sabor profundamente dulzón, la forma de combinarse con el resto de los componentes. También el gusto del chocolate parece ser el mismo, o uno muy parecido, y su forma de quebrarse es tan buena en un alfajor como en el otro. De la masa puedo decir poco: tal vez en el Estampa sea apenitas más crocante. En todo caso, la sensación global del alfajor, lo que lo define, me pareció similar. No sé si podría distinguirlos en un “blind test”, como dicen los modernos.
De manera que el Dulce Estampa está bueno, obvio, porque copia al Havanna. Pero a diferencia del alfajor La Aldea, que por lo menos era apreciablemente más barato que el Cachafaz, el Estampa sale lo mismo. Estas réplicas nos entristecen mucho. La identidad es un aspecto importantísimo de un alfajor, lo que hace que compararlos tenga un sentido y que sintamos cariño por unos y desprecio o indiferencia por otros. Lo que permite la identificación, como sucede con los quilmeños y el Capitán del Espacio. La vacuidad del Dulce Estampa es tal, que lo que los distingue es un bigotito y un sombrero “vintage”, de esos que se pusieron de moda en Tumblr hace cinco años. De argentinos, de marplatenses, nada. Y para colmo, las típicas estrellitas y el paquete dorado. ¡Ni la textura de la cobertura se dignaron a cambiar! Tampoco se me ocurre qué posibilidades de competirle tiene, tanto acá como en Mar del Plata, porque en ambas ciudades hay Havanna. Este caso me desconcierta.
En resumen: antes de clavarte un Dulce Estampa, clavate un Havanna, que si no es mejor, es igual, y por lo menos es la versión original. Parafraseando a Charly: “Puedes ver amanecer con un Estampa en un hotel y no tienes un poquito de amor para dar”.

jueves, 7 de julio de 2016

Cuando sea grande quiero ser un Cachafaz

Alfajor La Aldea. ¿Qué tul? Por empezar es raro que el nombre de un alfajor esté compuesto por dos palabras. ¿Cómo le decís al kioskero? ¿“Me das un La Aldea”? (Aunque, a decir verdad, lo compré en el mercado de la vuelta de mi casa, del cual creo haber hablado ya, que tiene algunos alfajores curiosos). Pero ésta no es una única rareza del Aldea (así le vamos a decir).
Esta reseña sería muy distinta si yo no hubiera probado y analizado tan minuciosamente el Cachafaz, del cual el Aldea es, atención, una copia. De esto no pueden quedar mayores dudas: todos sus componentes se le asemejan en algo. Por eso es un caso tan interesante. Veamos.
Apelando a un recurso que ya creímos reconocer en el Jorgito, que pesa 5 gramos más que el Terrabusi, el Aldea pesa 65 gramos (257 calorías) y 60 el Cachafaz. Quizá ésta sea la única diferencia voluntaria.
Los parecidos, en cambio, comienzan en su mismo aspecto exterior. Su envoltura es, como en casi todos los alfajores con aires de superioridad, de papel y con estrellitas en relieve. La diferencia es que este papel es mucho más ligero, anticipo y símbolo del alfajor per se. Supongo que se venderá también en Brasil, porque como en este tipo de productos cosmopolitas, su descripción está tanto en español como en portugués. Su fábrica está, según dice en el paquete, en Caseros.
¿Recuerdan esa cobertura bien sólida del Cachafaz y eses relieve como de olas en su superficie? Bueno, también está acá, aunque reflejado con un poco más de desprolijidad.
Muy sorprendente resulta la similitud en los dos aromas y, más aún, la similitud de los chocolates en todas sus cualidades. El chocolate es el mejor logro del Cachafaz y lo es también, porque la imitación es muy fidedigna, en el Aldea. Debo admitir que me costaría distinguirlos: tanto su sabor como su grosor (aunque sólo en la parte de arriba; en la de abajo escatiman) se parecen mucho. Partiendo de esta base es muy difícil que las cosas salgan mal. Su gran sabor, su gran olor y su gran forma de quebrarse le afanó La Aldea al chocolate del Cachafaz.
El resto de los componentes también desean parecerse, pero no lo logran con tanto éxito. De hecho, la masa termina siendo un fracaso estrepitoso. Lejos de ese polvo húmedo en que se convertía la galletita del Cachafaz al ser amasada por nuestra afortunada lengua (hot), ésta se parece más a una lija, y a una lija insípida. Si no arruina al alfajor es porque su cantidad es mínima, al igual que, de nuevo, en el Cachafaz.
Lo del dulce de leche es todavía más raro. Como habrán visto en las fotos, tiene un color mucho más claro que la mayoría. Su cantidad, por otra parte, sí es enorme, similar a la del Cachafaz. Pero su gusto y su color recuerdan a la mezcla de la chocotorta, y también su consistencia: es cremoso, suave, discreto. Tal vez no sea la opción más conveniente para un alfajor, porque los alfajores deben tener dulces de leche vigorosos y protagonistas. En última instancia, termina dejándole más lugar al chocolate, y mal no resulta, aunque la sensación final no es tan duradera ni tan gratificante como en un Cachafaz auténtico.
Lo cierto es que el Aldea es un alfajor desequilibrado, el extraño resultado de una imitación un tanto grosera. Si es una buena opción, es en la medida en que es más barato que el Cachafaz y podría llegar a ser más atractivo (por su chocolate, más que nada) que los alfajores de su mismo precio. Pero, en definitiva, no deja de ser una copia, y no supera a su modelo en ningún aspecto. Además de la condena que merece por no ser más que una imitación.

domingo, 3 de julio de 2016

Cierren todo: el Cachafaz no pertenece a este mundo

“No creía que Dios existiese hasta que conocí el Cielo”, “Mi vida se venía a pique cuando probé este alfajor”, “Este alfajor salvó mi matrimonio”. Éstas y otras frases del mismo tenor han proferido aquéllos que probaron el alfajor Cachafaz.
Efectivamente: el Cachafaz ofrece una experiencia celestial desde todo punto de vista. Lo supe desde el primer momento, desde que su cobertura me guiñó el ojo y me incitó a recorrer, con los dedos, su relieve; desde que lo tomé entre las manos y percibí su peso divino, desde que lo olí (su olor, Dios mío, es una maravilla).
No exagero ni un poco. Bueno, tal vez un poquito. Pero es verdad que el Cachafaz es un objeto precioso y sensual. Una oda al alfajor, un canto a las infinitas posibilidades del género, la sublimación de la golosina y de la belleza. Es más: se parece al arte.
Pero no quiero perderme en divagues pseudo-literarios, aunque tengo muchos más adjetivos para vomitar. Perdónenme.
Su aroma me recordó a cierto chocolate que mi padre o algún viajero familiar solía traerme del free shop, esos shoppingcitos sin impuestos que hay en aeropuertos y buquebuses. Se trata de un chocolate amargo, con un levísimo dejo a limón, pero no puedo recordar exactamente de cuál. Es una pena. Como sea: la cobertura me recordó a un chocolate, y encima amargo, lo cual indica su excelente calidad. Comprobé al darle la primera mordida que no sólo en su aroma se asemejaba al misterioso chocolate del free shop, sino también en su sabor. Chocolate puro, amargo y bueno. Por supuesto que aquí está la clave del alfajor. Cuando uno muerde un Cachafaz, su cobertura se quiebra de una manera tan maravillosa que no valdría la pena describirla. Y por supuesto, luego este gran chocolate amargo se queda repercutiendo en las muelas y el paladar hasta deshacerse y permanecer sólo en forma de recuerdo feliz.
Pero el alfajor-Dios Cachafaz no es sólo una impresionante capa de chocolate, sino que, por si fuera poco, y para patentar su halo divino, posee una cantidad enorme de dulce de leche. Pueden comprobarlo en las fotos. Básicamente, entrarle a un Cachafaz es entrarle a una combinación –diría– inmejorable de dulce de leche y chocolate. Porque a pesar de su generosidad, comparable a la del alfajor Vauquita, no es, como éste, voluptuoso. El dulce de leche del Cachafaz es extremadamente cremoso y menos dulzón, menos excéntrico y menos empalagoso que la mayoría; es muy parecido al dulce de leche artesanal. En resumen: todo se halla en adorable armonía.
Y luego queda por caracterizar la masa, que también tiene sus particularidades, empezando por que ocupa una ínfima porción en al alfajor completo. No terminé de decidir si son favorables o no (aunque me inclinaría a pensar que sí), pero en todo caso son particularidades. Es una masa muy distinta a todas las otras, por cuanto sus partículas parecen ser mucho más pequeñas y ligeras. Su color es raro, si se fijan bien; es más grisáceo. En la boca, la galletita (aunque lejos está de ser “galletita”) se convierte en una especie de polvo húmedo, o de papilla; en otros casos podría haber sido un error, pero aquí, créanme, es otro acierto.
No sé qué más decir. Dejé mis credenciales de crítico en esta alabanza incesante. Pero es sincera. Ahora bien: pobre del Havanna. Después de estos párrafos, después de probar el Cachafaz, al Havanna sólo puede dársele una palmadita de consolación: “al menos lo intentaste, pibe”. Es injusto, porque el Havanna es definitivamente un buen alfajor. Pero no se compara. No hay nada que hacer.
El Havanna también tiene algo del limón, pero de una manera distinta al Cachafaz. Discúlpenme la expresión, pero voy a decir grotesca: de una manera mucho más grotesca. El olor de este alfajor es algo muy especial, un olor tan propio como el del Jorgito, aunque, por supuesto, más atractivo. Es el mismo aroma que uno percibe al entrar en uno de los bares Havanna. Por lo demás, el chocolate hace un esfuerzo por ser amargo (no: es amargo y rico, pero si lo tengo que comparar con el Cachafaz…), aunque de ningún modo es el protagonista del alfajor. Se quiebra de forma aceptable.
Agreguemos, antes de olvidarnos, información formal: el Cachafaz pesa 60 gramos y el Havanna 55. El primero aporta 244 calorías; el Havanna, 208 calorías.
La impresión general que deja el Havanna, y es por ella que debe juzgarse un alfajor, es mucho más dulzona que la del Cachafaz. Hay una notable presencia de la masa, de algo un poco granulado; la mordida es más trabajosa, de alfajor terrenal. Y esto, sumado a un dulce de leche más sólido, de sabor profundo pero también más dulce, hace que el alfajor en sí resulte más empalagoso. No quiero soslayar el hecho de que es uno de los mejores del mercado: es equilibrado, tiene un buen chocolate (y genuino) amargo y un dulce de leche de interesantísimo sabor aunque, para mi gusto, consistencia demasiado rígida.
Y ya está, voy a terminar la reseña en este punto, porque toda la inspiración se me fue con el Cachafaz y ya se está volviendo pesada y aburrida. Además, ya dije todo lo que tenía que decir.

jueves, 30 de junio de 2016

¿Sabías que el Jorgito blanco no es igual que el Havanna?

Varios años antes de que yo emprendiera esta tarea de analizar y cotejar todos los alfajores más o menos accesibles del mercado porteño, otro blog, cuyo dueño es el ya legendario Lord Khyron, había hecho lo propio con mucha más originalidad, desde luego, y mucho más conocimiento. Sin este antecedente yo difícilmente hubiera dado origen a este proyectito. El hecho es que en ese blog, aquí, se dice que los Terrabusi y los Havanna glaseados son iguales. En realidad, se trata de un antiguo rumor que dio lugar a mucha literatura, especulación y, entre otras cosas, a esta hermosísima canción punk que nos acercó por Twitter el Trivi. La cuestión es que semejante leyenda movió mi curiosidad e, incrédulo, me dispuse a comprobar en carne propia cuál era su grado de realidad.
PATRAÑAS.
Estos dos alfajores son apreciablemente distintos. Los une el color blanco por fuera (eso si el Jorgito ya no es puras migas cuando llega a tus manos), un peso similar (50 gramos el Jorgito, 48 el Havanna) y no mucho más. Son bien distintos, y sólo oliéndolos la diferencia se patentiza. El aroma del Jorgito es, como ya dijimos en alguna reseña, agresivo y artificial, aunque no necesariamente desagradable. Es el típico olor del Jorgito; muy difícil desconocerlo. El del Havanna, por su parte, es muchísimo más discreto, hay que acercarse al alfajor (hot) para percibirlo, y no sabría definirlo. Olor a merengue, supongo.
Porque eso hay que decirlo: la cobertura del Havanna es de merengue italiano y la del Jorgito, de azúcar glaseada. Los paquetes mismos lo dicen. Uno podría pensar que eso de merengue italiano es una esnobeada para cobrártelo más caro, y supongo que en cierto modo lo es, pero la distancia entre ambas coberturas es bastante considerable. Por empezar, tocás un Jorgito y te quedás con la mano engrasada por dos semanas. Tienen texturas muy disímiles, cosa que se puede apreciar en las fotos: la cobertura de azúcar glaseada es como la luna, ponele, toda accidentada, con pozos, mientras que la de merengue italiano es lisa, lisa, lisa. Y acá uno podría pensar nuevamente que ésas son boludeces, pura estética, y es verdad, pero el Havanna tiene que dar una mejor imagen, se caracteriza por eso.
De todas formas, también hay diferencia en el gusto. El merengue es merengue, como el que se compra en copitos en el supermercado o el que prepara con clara de huevo. Se deshace como un merengue y con un poquito de atención tiene ese gusto. Y el azúcar glaseada es azúcar glaseada, si la tocás con el dedo húmedo se te queda pegada y tiene ese gusto. No hay mucho más que agregar. Sigue siendo rica.
La realidad es que el alfajor Havanna es malo para sus aspiraciones. No se compara con su versión negra. Falla incomprensiblemente en su consistencia. Su cobertura de merengue es dura, muchísimo más que la del glaseado per se, y eso no estaría mal si el resto de los ingredientes acompañara. Pero no: la masa es también excesivamente dura, sólida (y no sé si no tiene algo como de colación cordobesa, quizá son delirios míos), y lo mismo el dulce de leche. Termina siendo un mazacote, un alfajor compacto difícil de tragar. Rico es, sin dudas, y el dulce de leche está buenísimo y debe ser uno de los mejores del mercado en cuanto a sabor, pero ya comprobamos la gran importancia que tiene la sensación que deja el alfajor al ser mordido. Y en ese sentido, lo de Havanna parece una versión preliminar, un borrador. Decepcionante. (Yo no sé, ahora que lo pienso, si el Havanna, por estar en ese paquete confianzudo, no se habrá humedecido o algo así. Porque es raro que un alfajor sea tan duro. Cuando lo quise cortar, tuve que hacer diez veces más fuerzas que cuando corté el Jorgito. Ahí ya quedaba clara la diferencia) (nota posterior: al otro día comí otro Havanna blanco y comprobé que sí, no es tan duro ni tan mazacote como el que analizo en esta reseña, pero sigue siendo exageradamente macizo. Quiero que quede claro: está bueno, pero de Havanna uno espera algo más).
En cambio el Jorgito, siempre humilde, baratito, popular (siempre preocupado por salvar del hambre al compañero; aporta 194 calorías contra las 160 calorías caretas del Havanna), puede tranquilamente competirle a su rival gorila, y sin apelar a la grandilocuencia ni a cosas como “merengue italiano”. No, la receta es fácil: un alfajor livianísimo al morderlo, que no se parte sino que cede, como pan humedecido, ponele, con buena cantidad de dulce de leche y no mucho más. Por supuesto que la masa es de mala calidad, que el dulce de leche es artificial, que deja una impresión en la boca cuanto menos ambigua, y que tiene ese intento de sabor a ¿limón? que yo qué sé... Pero hagámosla corta, viejo, encontrás más placer al comer un Jorgito que al comer un Havanna. Y al fin y al cabo, de eso se trata.