lunes, 31 de octubre de 2016
martes, 19 de julio de 2016
Gusto a poco
Me han decepcionado un
poco estos dos alfajores. Del Bagley (50 gramos, 206 calorías) había
escuchado cosas interesantes, y además me lo encontraba en todos los kioscos;
creí que debía estar bastante bueno. Del My Urban (65 gramos, 245 calorías), en
cambio, no había oído demasiadas cosas pero tenía el buen antecedente de su
versión negra. No están mal, tampoco. Son
dos buenos alfajores, definitivamente ricos y equilibrados, bien hechos. Pero no pasan de ahí.
(Sin embargo, quisiera hacer una aclaración que escribo más
tarde, con la reseña ya casi terminada: me
ha costado distinguir los defectos del Bagley. Pensé mucho, lo volví a
probar en distintos momentos del día, porque aunque notaba que no me terminaba
de convencer, se me hacía difícil descubrir los motivos. Muy poco dulce de leche, eso seguro, ¿pero qué más? Tampoco el
escaso maní picado que yace sobre su superficie le aporta gran cosa. Pero eso
no es realmente condenable. Terminé resolviendo que no es que le sobren defectos sino que le faltan virtudes, o en realidad
le falta sobresalir, destacar. ¿Pero no será que mi paladar no logra
apreciar las pequeñas cosas, lo bueno, que no obligadamente tiene que ser,
digamos, rimbombante? Tal vez, pero es el paladar que tengo, y con él escribí
esta reseña).
A su favor tiene, y
esto es importantísimo, la cobertura, que es de chocolate verdadero (eso si
pasamos por alto el debate acerca de si el chocolate blanco en sí es
chocolate), y se nota. Es muy rica, no debe tener mucho que envidiarle al
chocolate Milka. Sí le discuto que sea tan blanda, que ceda con tanta facilidad.
No creo que la consistencia del Bagley sea producto de una
distracción: parece hecha a propósito, pero en todo caso fue, para mi gusto,
una mala elección. Lo que habitualmente decimos es que en un alfajor debe haber alguna clase de contraste, y en este caso no
lo hay, porque la galletita —levemente salada, con mucha vainilla, una de
las mejores del mercado— cede a la par de la cobertura. Por lo tanto, el dulce
de leche, cuyo sabor es, por cierto, trivial, debe ser más o menos rígido para
que el alfajor no termine deshaciéndose en la boca como baba o polvo. Para mí,
que soy partidario del dulce de leche cremoso, ésta es una consistencia respetable pero que no reviste mayor interés.
Así y todo el sabor final es muy bueno, sobre todo por su chocolate blanco y su
galletita, que son de gran calidad.
De los trocitos de
maní poco puedo decir: por mí podrían haberlos obviado. Seguramente
apostaban a que fuera el componente que aportara contraste y crocancia, pero al
menos en mi experiencia eso no ocurrió, o no ocurrió del modo ideal. Y no es que no se sienta, pero de algún modo
es como si no llegara a integrarse, como si nos comiéramos un alfajor
normal y paralelamente introdujéramos en la boca un poco de maní, que más que
nada se hace presente en las muelas una vez que del alfajor no queda sino el
recuerdo. Sin dudas el Bagley fue
prolijamente concebido, pero en los hechos dice poco.
En los
puntos flojos de este alfajor se afirma el My Urban, y lo más probable es
que no sea casual. El My Urban es mucho
más grande, con mucho más dulce de leche y una consistencia más interesante.
Esta vez la cobertura, que es más gruesa
que la del promedio de los alfajores, se quiebra como debe ser, y luego nos
recibe un dulce de leche muy cremoso y una galletita más blanda. Pero en lo
que es el sabor en sí, el My Urban comete unos cuantos errores. Por empezar, su cobertura, que no es de chocolate
genuino como en el caso del Bagley, tiene un inexplicable gustito a limón (¿es limón o es otra cosa extraña?) que
a mí me desconcierta. Además es tan
hermética como la del My Urban negro, pero eso no lo notamos a menos que,
como yo, la aislemos y la comamos aparte. Porque finalmente su sabor aparece, y
más allá del limón se parece bastante al chocolate blanco verdadero, y zafa.
Tal vez la jugarreta del limón o lo que sea tiene por finalidad evitar el
empalagamiento, pero no sucede. Tanto dulce de leche como ese chocolate blanco
que, obviamente, es muy dulzón, empalagan. El
gusto global es curioso, mucho menos coherente que el del Bagley. Se debe
sobre todo al limón o lo que sea, pero también a que el dulce de leche, a pesar
de que es cremoso, tiene un sabor un poco vago: si se fijan en las fotos, verán
que su color es más claro que el del Bagley, más similar al del alfajor La
Aldea, ¿se acuerdan? Y en ambos casos son inusualmente suaves y están como
inacabados.
En definitiva, la competencia es muy reñida. El My Urban es más grande, tiene más dulce
de leche y mejor consistencia. Pero en cuanto a sabor, el Bagley le saca mucha
ventaja. No son muchos los alfajores que por este precio cuentan con
chocolate real y una calidad general de los ingredientes tan elevada.
viernes, 15 de julio de 2016
La consagración del Capitán
En una de las primeras reseñas de este blog comparábamos al
Jorgito, al Terrabusi y al Capitán del Espacio, pero en su versión doble. Concluíamos entonces que el Jorgito quedaba
muy por detrás, que la competencia se daba entre los otros dos, y fue por
eso que al comparar sus versiones triples elegí esta vez sólo al Terrabusi y al
Capitán del Espacio. Tal vez fue un error, porque del Jorgito glaseado al
Jorgelín hay un salto impresionante, son dos alfajores muy distintos. En estos dos casos, en cambio, no hay mucha
diferencia.
Me alegró ratificar el veredicto de aquella vez; quiere
decir que estoy logrando mantener el criterio. Poquitas cosas debería cambiarle
a aquel temprano análisis para que se ajustara a mis impresiones más recientes.
Pero antes, comparemos al Capitán y al Terrabusi en
lo que tienen de alfajores triples. Por empezar, digamos que el Capitán del
Espacio es casi un tercio más grande. Los mismos paquetes lo evidencian: el Capitán pesa 80 gramos (alrededor de 300
calorías) y el Terrabusi, 70 (270 calorías). Es una diferencia para tener
presente si tomamos en cuenta la capacidad de saciedad de la que hablábamos en
la reseña previa.
Al Capitán del Espacio lo favorece ampliamente el hecho de
ser triple: más lugar para la galletita
y para el dulce de leche, que son su gran virtud. Al Terrabusi, todo lo
contrario.
¿Qué nos dicen los respectivos aromas de los
alfajores en sí? El del Capitán, todas cosas buenas. Es un olor muy especial, mezcla entre chocolate y galletita de
vainilla. Me encantaría entrar a un bar que oliera a Capitán del Espacio. El del Terrabusi casi que es puro limón; es
un aroma afectado, exagerado, artificial. Ya recomendamos alguna vez a los
creadores de alfajores que no se pasen con el gustito a limón. Aquí están los
resultados. De todas formas no está tan mal: dentro de todo el Terrabusi ha alcanzado un sabor decente aun abusando
del limón.
Si hay un aspecto
en el que el Terrabusi arrasa, es en la cobertura. Es muy gruesa, amarga,
bastante rica. Por supuesto que en ambos casos se trata de baño de repostería,
pero en este caso está muy bien logrado, es uno de los mejores que probé. En cambio, en el Capitán del Espacio es más bien delgada y de las que hay que
lengüetear un rato para extraerles algo de sabor, que finalmente encastra
bastante bien en la esencia general, pero que per se es definitivamente malo. Esta clase de repostería, cuanto más fría
está, peor es; por eso el otro día, con diez grados, me clavé un Capitán del
Espacio y estaba tan feo. Ahora lo entiendo.
En lo demás, el Terrabusi falla. Su mayor problema está en la masa: demasiado crujiente, demasiado
sólida, demasiado presente. Se lleva toda la atención (that bitch) y opaca
a todo lo demás, contrariamente a lo que indican los manuales del buen alfajor.
Todo en el Terrabusi está como apretado, contenido; le falta aire y
esponjosidad (de hecho, fíjense que a pesar de ser triple es mucho más bajito
que el Capitán del Espacio). Y como
escatima bastante en dulce de leche, el resultado final es pobre: uno no
sabe si está comiendo un alfajor o algún híbrido extraño.
Su rival, en cambio, es un experto del equilibrio, un producto acabado y coherente. El Capitán
del Espacio gana porque la mezcla que
deviene en la boca, lo que en biología llamarían, con dudoso gusto, el bolo
alimenticio, es brillante. La fusión
entre dulce de leche y masa —acaso semejante, por momentos, a la de un buen
bizcochuelo— es especial, y en este caso es todavía mejor porque tiene más dulce de leche que el doble. Y detrás de todo, un gustito sublime,
muy característico, del que muchos alfajores se olvidan y al que otros simulan
con resultados lamentables (el Recoleta, por ejemplo). Es ese sabor que se eleva por encima de todos los componentes, que lo
envuelve todo, es el sabor del
alfajor, que en el Capitán del Espacio tiene un sello inequívoco. No se
entiende exactamente de dónde proviene, porque nada es especialmente destacable
de por sí. Es en la sumatoria de sus
partes, en la boca misma, que se produce el milagro del Capitán del Espacio.
Probablemente una de las claves se encuentre en este dulce de leche tan espeso. Es
pegajoso, denso, y por eso se mezcla de ese modo tan curioso con la galletita. Está
lejos de un gusto genérico: diría que es un gusto coherente con el de la
cobertura y la galletita. El meollo está ahí, en que todo avanza en una misma dirección. ¿Habrá un genio detrás de este
alfajor o habrá sido el maravilloso resultado del azar?
Sea como sea, una vez
más, y todavía con mayor contundencia, el
Capitán del Espacio vence al Terrabusi.
miércoles, 13 de julio de 2016
Alfajor o engendro
Comparar alfajores de
este tipo significa arrancarlos de su función natural. Está claro que bestias de ochenta gramos cumplen una
función que va más allá del mero deleite gustativo. El Jorgito, y sobre todo el
Jorgelín, son alfajores de subsistencia,
alfajores cuyo fin principal es brindarnos las calorías necesarias para
sobrevivir varias horas sin ingerir nada más, para zafar un almuerzo, para ir a la guerra, en última
instancia. Son baratos y humildes. De manera que debemos advertir que estamos siendo injustos al no tener en
cuenta su capacidad de saciedad en esta reseña.
Varios motivos tenemos para ubicar también al
Vauquita dentro de la categoría de alfajor de subsistencia. Su peso, por
empezar: 75 gramos, un número
descomunal para un alfajor doble. Y luego, sus calorías: 296. Pero hay todavía
otras características de este género presentes en el Vauquita, las que son
consecuencia de las condiciones de fabricación de alfajores de este tipo: su
robustez y su mala calidad.
En efecto, el
Vauquita es un alfajor de tamaño considerable, con una cantidad de dulce de
leche llamativamente abundante. De hecho, es lo que lo caracteriza. Que te
deja pipón pipón, te deja pipón pipón,
pero no por la vía más gratificante.
Pareciera que los creadores del Vauquita no le pusieron mucho empeño:
decidieron cortar por lo sano, meterle mucho dulce de leche, sumarle por
compromiso otros dos componentes y a la cadena de fabricación. El resultado
está a la vista. Todo lo que ocurre por
encima y por debajo del dulce de leche es desastroso, y por lo tanto la
consistencia global del alfajor (el rasgo más importante de todos, insistimos)
fracasa estrepitosamente. Entre la cobertura de glasé, que de gusto no está
mal, y la masa, no hay el menor contraste; son vagamente blandas, pero blandas
en el mal sentido, desdeñosamente blandas. No es que la blandura cumple la
función de subrayar el dulce de leche, porque difícilmente cumpla alguna
función: simplemente habrá sido lo más fácil y barato de hacer. Luego se mezcla
con el dulce de leche y en la boca
ocurre algo indefinido y pastoso que en ningún momento vale la pena. El
sabor de la galletita en un principio me transportó a la colonia de vacaciones
infantil, en la que un alfajor Fulbito y un jugo ya no sé qué marca hacían las
veces de merienda, pero en realidad creo que se asemeja más bien al de un feo
alfajor cordobés. La memoria no suele ser muy precisa.
Y el dulce de leche tampoco merece grandes halagos. Es lo dulzón
(no dulce, dulzón, que no es lo mismo). Empalaga bastante y es un tanto
granuloso. Si pensás comerte uno entero, tené a tu lado un saché de leche
porque el Vauquita deshidrata.
En la vereda de enfrente, el Jorgelín, que se yergue
orgulloso. En principio su imagen resulta mucho más atractiva: sólido, de contornos cuadrados,
agradable de sostener. Eso si no tenemos en cuenta la inaudita falta de ortografía de su paquete amarillo: GLACEADO,
encima en mayúsculas. ¿Qué onda? ¿Cómo ocurrió eso? ¿Cómo es que un alfajor
que se vende hace tantos años circula impunemente con ese horror ortográfico a
cuestas? Rarísimo. Ya vamos a averiguar. Por el momento nos limitamos a
engullir.
El aroma nos ofrece una impresión cabal del sabor del
alfajor: en lugar del vaho incoherente
del Vauquita, éste es un olor muy característico, con mucha vainilla pero
también con un toque de limón, lo que en alfajores glaseados no es tan
usual. Al pegarle un primer saque, experimentamos placer sensorial rápidamente. Y alivio, por supuesto, porque
veníamos de masticar un Vauquita y el contraste es enorme. Que la cobertura de
glasé, mucho menos gruesa, sea tan
crocante, le aporta muchísimo a la consistencia global. También la doble alternancia entre dulce de leche y
galletita evitan el empalagamiento. Pero déjenme aplaudir a la masa: es
extraordinariamente húmeda, fresca,
y esta vez en el mejor de los sentidos. Su extraño sabor a limón es extraño
porque, a diferencia de las galletitas de alfajores de chocolate, ésta es de
pura vainilla, como delata su color, mucho más claro que el del Vauquita.
Interesantísima.
Pero además el
Jorgelín es realmente gigante, a tal punto que no podía sacarlo del
paquete, y llena muchísimo empalagando mucho menos. Pesa 85 gramos y aporta 315
(¡!) calorías.
El dulce de leche es
aceptable. No viene en cantidades copiosas pero eso importa poco porque
encastra muy bien en el concepto general del alfajor. Si no me equivoco, es el
mismo dulce de leche del Jorgito: bastante oscuro, ni muy sabroso ni muy
cremoso, pero correcto. Una cosa rara del Jorgelín es que de vez en cuando deja
pequeños trocitos de masa dura, mal cocida, con consistencia como de coco,
aunque claramente no es coco. Vaya y pase, queda perdonado.
Conclusión: sólo un
antojo de cantidades groseras de dulce de leche justifica elegir el Vauquita.
En todo lo demás lo supera ampliamente el Jorgelín, alfajor dignísimo.
lunes, 11 de julio de 2016
Resistiré
La untuosa voz del
locutor amasa lentamente las palabras: “Una irresistible tentación [breve
pausa] de dulce de leche”. Es el comercial de radio AM (¿alguien escucha
todavía AM? Pues yo sí) del alfajor La Recoleta.
Sabemos que las publicidades son por definición exageradas y
en muchos casos lisa y llanamente mentirosas. Entre la del My Urban, que hasta
donde yo sé no hizo ninguna revolución, y ésta, tenemos dos ejemplos perfectos.
Porque de tentación, una vez que lo abrís,
el Recoleta no tiene nada. Y de irresistible, menos. Más bien les
convendría, queridos lectores, por vuestra salud, resistir lo más que puedan.
El alfajor La Recoleta no merecería el calificativo
de muy malo si se promocionara como el Grandote, pero se autodenominan
“Premium” y tienen un paquete bastante pretencioso, y bajo esos parámetros da ganas
de llorar.
Por cierto, este alfajor pesa 72 gramos y aporta 269 calorías. Se asemeja, en cuanto a tamaño e información nutricional, al Vauquita (80 gramos, 297 calorías). Son dos casos raros, porque siendo dobles pesan casi como un triple.
La sospecha comenzó, como suele ocurrir, al olerlo. Era
definitivamente un olor dudoso, ambiguo, que tenía más de limón que de chocolate, galletita o dulce de leche. Al
chocolate (a su imitación, porque es repostería) costaba percibirlo. Una exagerada cantidad de limón artificial
para disimular otros olores —o bien su ausencia— es una jugarreta imperdonable,
creadores de alfajores.
Por supuesto, estos temores se vieron confirmados cuando
saboreé un pedacito de cobertura que salió volando al cortar al alfajor en dos.
Ahí directamente emití un “mmm” audible.
Pero no de placer, sino de desconfianza creciente.
No sabía que
tantas cosas podían estar mal en la consistencia de un alfajor hasta que probé
el Recoleta. La cobertura es una aberración. Patinosa, de un sabor desde
luego artificial, insignificante, y, lo peor, que se deshace en granitos al
morderla. Y luego, permanece en las
muelas tal como lo hace el baño de repostería del Guaymallén, como plástico
o chicle. Se parecen tanto que hasta creí que me iba a dejar el paladar esa
sensación tan extraña. Por suerte eso no ocurrió.
Luego, la galletita, que a pesar de que cuenta con la
blandura adecuada, de a ratos se aísla del resto del alfajor y nos obliga a sentir su no-gusto, su
insipidez extraordinaria. Si tienen la oportunidad, hagan la prueba de morder tan sólo cobertura y masa y vean qué
experiencia tan desagradable. Es el sabor típico de un alfajor berreta, de
uno muy barato. En muchos aspectos, el propio
Jorgito o alfajores de ese precio lo superan con creces.
En cambio, el
dulce de leche lo salva del desastre, aun sin ser demasiado especial. La
cantidad es generosa, pero no mayor a la de alfajores con relleno
verdaderamente abundante como el Vauquita. Es
muy cremoso, y ésa es una gran virtud, muy dulce, aunque tampoco es nada de
otro mundo, y con un notable gusto a
leche. Deja una sensación rara en la boca: las amígdalas quedan ardiendo levemente, como con la comida
picante, y supongo que de ahí vendrá lo
de “intenso”. Buoh. Lo único que es seguro es que esa “intensidad” deviene acidez en pocos instantes.
Pero como de todas formas el dulce de leche está
bien, y es muy cremoso, y el resto de los componentes son al mismo tiempo
blandos y en cierta medida, cuando no estorban, le ceden el protagonismo, el alfajor es comible. Sin embargo, en la
relación precio-calidad es de lo peor que he probado.
domingo, 10 de julio de 2016
Cerca de la revolución
Hace unos años, ya no sé cuántos, hizo su aparición en el
mercado un alfajor que se decía, a través de numerosos carteles publicitarios, revolucionario. Puro humo, por supuesto. Se trataba de un alfajor más, y los que
salimos a comprarlo a los pocos días de su lanzamiento nos decepcionamos. Desde entonces la mayoría de los amantes de los
alfajores le guardamos rencor, no
sólo por esa desleal campaña publicitaria sino también por ese cipayismo inexplicable que los condujo
a bautizar con un nombre en inglés una golosina típicamente argentina y de la
que no se tiene registro en ningún país angloparlante.
Pero como me debo a
ustedes, estimadísimos lectores, tragué saliva y pedí avergonzado un maiurban,
por favor. El kioskero me miró de reojo y dubitó un momento pero finalmente
condescendió a entregármelo. Y me lo comí y lo reseñé.
Nobleza obliga: el My
Urban está muy bueno. Tengamos presente que es un alfajor de clase media,
digamos, a la par del Milka, el Smack, cosas así (más allá de su desconcertante
etiqueta de “Premium”. ¿Premium qué,
boludón?). Sin embargo, pesa un poco más que todos ellos: 65 gramos, y es bastante más
engordante: 245 calorías.
El My Urban huele
como deben oler los alfajores. Es un aroma intenso, muy similar al del Terrabusi, con un toque
de limón pero más leve. Su causante es, claro, la cobertura, que no es
chocolate genuino, sino baño de
repostería; una cobertura muy gruesa, de contextura extraña, como de turrón
blando, porosa, y que se desprende demasiado fácilmente, al
punto tal que al partir el alfajor en dos la capa superior quedó separada del
todo, en posición vertical. Pero esta singular característica contribuye a una excelentísima consistencia: el alfajor
se quiebra como Dios manda; sensorialmente hablando, es una experiencia difícil
de igualar. Porque el baño repostero
cruje por encima y por debajo cede; al mismo tiempo cede la masa, muy blanda, y
todo se mezcla con un dulce de leche muy cremoso. El equilibrio, en este
aspecto, está muy logrado. El Vauquita y el Bimbo comparten en cierto sentido
la blandura, pero no creo que lo igualen.
¿En qué falla, entonces, este alfajor? Yo digo que no encuentra su identidad y la falsea un
poco. Si bien la cantidad de dulce de leche es la adecuada, y si bien tiene
una gran consistencia, escatima en profundidad: no es demasiado dulce ni demasiado sabroso, y se termina diluyendo.
Y tampoco el baño de repostería se transforma en protagonista, porque debido a
su extraña consistencia tarda en revelar
su sabor; es hermético, hay que chuparlo
(a falta de un sinónimo más decoroso) más tiempo que el ideal para sentirle el
gusto, y cuando por fin aparece, el dulce de leche ya se perdió en la boca. De
todas maneras, a esta débil presencia general puede vérsele el lado positivo:
el My Urban apenas empalaga, y
aunque pesa y engorda más que la mayoría de los alfajores dobles, pareciera
saciar menos.
En cuanto a la masa, no tengo mucho para decir. La
verdad es que me cuesta mucho distinguir el sabor específico de cada galletita;
sea al alfajor que sea, apenas le encuentro gusto. Sí puedo señalar que deja
demasiadas migas y que se asemeja más
que ninguna otra a la del Cachafaz, en lo tocante a su blandura y su fácil
disolución.
Los invito a deponer las armas y a darle una chance
al denostado My Urban. Es un alfajor más que aceptable y merece una segunda oportunidad.
viernes, 8 de julio de 2016
Y no tienes un poquito de amor para dar…
Maldita nuestra suerte, otra
vez nos comimos una réplica. Si el alfajor La Aldea era una imitación
barata del Cachafaz, el Dulce Estampa es
una imitación mucho más fidedigna del Havanna. Su versión marplatense. No
es más que eso.
Lo vi, si no me equivoco, cuando caminaba por Río de
Janeiro, barrio de Almagro, en el escaparate de una heladería desierta. Y me
llamó la atención.
Pero ni bien lo abrí empecé a sospechar. Esta vez
tenía muchos más motivos porque con la última reseña había comprobado que los
casos de réplica entre los alfajores parecen ser posibles. La textura de la
cobertura (ustedes mismos pueden comprobarlo; aquí en el blog hay fotos del
Havanna) profundizó mi sospecha, el aroma que despedía me las confirmó.
Los alfajores se
parecen tanto que gran parte de las diferencias que podría mencionar son mera
especulación; podría estar equivocándome. Para comparar como se debe
debería haber tenido un Havanna al lado, pero ya saben: tarifazo. Y además hay
que cuidarse, che. Así que del Havanna sólo tuve presente el recuerdo.
Nombremos las diferencias irrefutables: el Dulce Estampa aporta 195 calorías y el Havanna, 208. Esto podría
deberse a dos cosas: a que el grosor de
la cobertura de chocolate sea menor en el Estampa, de lo cual estoy casi
seguro, o a que sea menor la cantidad de dulce de leche, cosa que no me parece
cierta, a priori. Porque tengamos en cuenta que el peso es el mismo: 55 gramos.
Todo lo otro que
pueda decir ya es más dudoso. Quizás
el dulce de leche sea menos sabroso en el alfajor marplatense. Pero sólo
quizás. Las cualidades generales son similares: su consistencia, bastante
rígida, su sabor profundamente dulzón, la forma de combinarse con el resto de
los componentes. También el gusto del chocolate parece ser el mismo, o uno muy
parecido, y su forma de quebrarse es tan buena en un alfajor como en el otro.
De la masa puedo decir poco: tal vez
en el Estampa sea apenitas más crocante. En todo caso, la sensación global del
alfajor, lo que lo define, me pareció similar. No sé si podría distinguirlos en un “blind test”, como dicen los
modernos.
De manera que el
Dulce Estampa está bueno, obvio, porque copia al Havanna. Pero a diferencia
del alfajor La Aldea, que por lo menos era apreciablemente más barato que el
Cachafaz, el Estampa sale lo mismo. Estas réplicas nos entristecen mucho. La identidad es un aspecto importantísimo
de un alfajor, lo que hace que compararlos tenga un sentido y que sintamos
cariño por unos y desprecio o indiferencia por otros. Lo que permite la
identificación, como sucede con los quilmeños y el Capitán del Espacio. La vacuidad del Dulce Estampa es tal,
que lo que los distingue es un bigotito y un sombrero “vintage”, de esos que se
pusieron de moda en Tumblr hace cinco años. De argentinos, de marplatenses,
nada. Y para colmo, las típicas estrellitas y el paquete dorado. ¡Ni la textura
de la cobertura se dignaron a cambiar! Tampoco se me ocurre qué posibilidades
de competirle tiene, tanto acá como en Mar del Plata, porque en ambas ciudades
hay Havanna. Este caso me desconcierta.
En resumen: antes de clavarte un Dulce Estampa, clavate un
Havanna, que si no es mejor, es igual, y por lo menos es la versión original.
Parafraseando a Charly: “Puedes ver
amanecer con un Estampa en un hotel y no tienes un poquito de amor para
dar”.
jueves, 7 de julio de 2016
Cuando sea grande quiero ser un Cachafaz
Alfajor La Aldea. ¿Qué tul? Por empezar es raro que el
nombre de un alfajor esté compuesto por dos palabras. ¿Cómo le decís al
kioskero? ¿“Me das un La Aldea”? (Aunque, a decir verdad, lo compré en el
mercado de la vuelta de mi casa, del cual creo haber hablado ya, que tiene
algunos alfajores curiosos). Pero ésta no es una única rareza del Aldea (así le
vamos a decir).
Esta reseña sería muy
distinta si yo no hubiera probado y analizado tan minuciosamente el Cachafaz,
del cual el Aldea es, atención, una
copia. De esto no pueden quedar mayores dudas: todos sus componentes se le asemejan en algo. Por eso es un caso
tan interesante. Veamos.
Apelando a un recurso que ya creímos reconocer en el
Jorgito, que pesa 5 gramos más que el Terrabusi, el Aldea pesa 65 gramos (257
calorías) y 60 el Cachafaz. Quizá ésta sea la única diferencia voluntaria.
Los parecidos, en cambio, comienzan en su mismo aspecto
exterior. Su envoltura es, como en casi todos los alfajores con aires de
superioridad, de papel y con estrellitas en relieve. La diferencia es que este papel es mucho más ligero, anticipo y
símbolo del alfajor per se. Supongo que se venderá también en Brasil,
porque como en este tipo de productos cosmopolitas, su descripción está tanto
en español como en portugués. Su fábrica está, según dice en el paquete, en
Caseros.
¿Recuerdan esa cobertura bien sólida del Cachafaz y eses
relieve como de olas en su superficie? Bueno, también está acá, aunque reflejado con un poco más de
desprolijidad.
Muy sorprendente resulta la similitud en los dos aromas y, más aún, la similitud de los
chocolates en todas sus cualidades. El chocolate es el mejor logro del
Cachafaz y lo es también, porque la imitación es muy fidedigna, en el Aldea. Debo
admitir que me costaría distinguirlos:
tanto su sabor como su grosor (aunque sólo en la parte de arriba; en la de
abajo escatiman) se parecen mucho.
Partiendo de esta base es muy difícil que las cosas salgan mal. Su gran sabor,
su gran olor y su gran forma de quebrarse le afanó La Aldea al chocolate del
Cachafaz.
El resto de los
componentes también desean parecerse, pero no lo logran con tanto éxito. De
hecho, la masa termina siendo un fracaso
estrepitoso. Lejos de ese polvo húmedo en que se convertía la galletita del
Cachafaz al ser amasada por nuestra afortunada lengua (hot), ésta se parece más a una lija, y a una lija
insípida. Si no arruina al alfajor es porque su cantidad es mínima, al igual que, de nuevo, en el Cachafaz.
Lo del dulce de leche es todavía más raro. Como habrán visto
en las fotos, tiene un color mucho más
claro que la mayoría. Su cantidad, por otra parte, sí es enorme, similar a
la del Cachafaz. Pero su gusto y su
color recuerdan a la mezcla de la chocotorta, y también su consistencia: es
cremoso, suave, discreto. Tal vez no sea la opción más conveniente para un
alfajor, porque los alfajores deben
tener dulces de leche vigorosos y protagonistas. En última instancia,
termina dejándole más lugar al chocolate, y mal no resulta, aunque la sensación
final no es tan duradera ni tan gratificante como en un Cachafaz auténtico.
Lo cierto es que el Aldea es un alfajor desequilibrado, el extraño resultado de una imitación un
tanto grosera. Si es una buena
opción, es en la medida en que es más barato que el Cachafaz y podría
llegar a ser más atractivo (por su chocolate, más que nada) que los alfajores
de su mismo precio. Pero, en definitiva, no deja de ser una copia, y no supera
a su modelo en ningún aspecto. Además de la condena que merece por no ser más
que una imitación.
domingo, 3 de julio de 2016
Cierren todo: el Cachafaz no pertenece a este mundo
“No creía que Dios existiese hasta que conocí el Cielo”, “Mi
vida se venía a pique cuando probé este alfajor”, “Este alfajor salvó mi
matrimonio”. Éstas y otras frases del mismo tenor han proferido aquéllos que probaron el alfajor Cachafaz.
Efectivamente: el Cachafaz ofrece una experiencia celestial desde todo punto de vista. Lo supe desde el
primer momento, desde que su cobertura
me guiñó el ojo y me incitó a recorrer, con los dedos, su relieve; desde
que lo tomé entre las manos y percibí su
peso divino, desde que lo olí (su olor, Dios mío, es una maravilla).
No exagero ni un poco. Bueno, tal vez un poquito. Pero es
verdad que el Cachafaz es un objeto precioso y sensual. Una oda al alfajor, un canto a las infinitas posibilidades del
género, la sublimación de la golosina y
de la belleza. Es más: se parece al
arte.
Pero no quiero perderme en divagues
pseudo-literarios, aunque tengo muchos más adjetivos para vomitar. Perdónenme.
Su aroma me recordó a cierto chocolate que mi padre o algún
viajero familiar solía traerme del free
shop, esos shoppingcitos sin impuestos que hay en aeropuertos y buquebuses.
Se trata de un chocolate amargo, con un
levísimo dejo a limón, pero no puedo recordar exactamente de cuál. Es una
pena. Como sea: la cobertura me recordó
a un chocolate, y encima amargo, lo cual indica su excelente calidad.
Comprobé al darle la primera mordida que no sólo en su aroma se asemejaba al
misterioso chocolate del free shop, sino también en su sabor. Chocolate puro, amargo y bueno. Por
supuesto que aquí está la clave del
alfajor. Cuando uno muerde un Cachafaz, su cobertura se quiebra de una manera tan maravillosa que no valdría la pena
describirla. Y por supuesto, luego este gran chocolate amargo se queda
repercutiendo en las muelas y el paladar hasta deshacerse y permanecer sólo en
forma de recuerdo feliz.
Pero el alfajor-Dios
Cachafaz no es sólo una impresionante capa de chocolate, sino que, por si fuera
poco, y para patentar su halo divino, posee una cantidad enorme de dulce de leche. Pueden comprobarlo en las fotos.
Básicamente, entrarle a un Cachafaz es entrarle a una combinación –diría–
inmejorable de dulce de leche y chocolate. Porque a pesar de su generosidad,
comparable a la del alfajor Vauquita, no es, como éste, voluptuoso. El dulce de leche del Cachafaz es
extremadamente cremoso y menos dulzón, menos excéntrico y menos empalagoso
que la mayoría; es muy parecido al dulce
de leche artesanal. En resumen: todo se halla en adorable armonía.
Y luego queda por caracterizar la masa, que también
tiene sus particularidades, empezando por que ocupa una ínfima porción en al
alfajor completo. No terminé de decidir si son favorables o no (aunque me
inclinaría a pensar que sí), pero en todo caso son particularidades. Es una masa muy distinta a todas las
otras, por cuanto sus partículas parecen ser mucho más pequeñas y ligeras. Su color es raro, si se fijan bien; es
más grisáceo. En la boca, la galletita (aunque lejos está de ser “galletita”)
se convierte en una especie de polvo
húmedo, o de papilla; en otros casos podría haber sido un error, pero aquí,
créanme, es otro acierto.
No sé qué más decir. Dejé mis credenciales de crítico en
esta alabanza incesante. Pero es sincera. Ahora bien: pobre del Havanna. Después de estos párrafos, después de probar el
Cachafaz, al Havanna sólo puede dársele una palmadita de consolación: “al menos
lo intentaste, pibe”. Es injusto, porque
el Havanna es definitivamente un buen alfajor. Pero no se compara. No hay
nada que hacer.
El Havanna también tiene algo del limón, pero de una manera
distinta al Cachafaz. Discúlpenme la expresión, pero voy a decir grotesca: de
una manera mucho más grotesca. El olor
de este alfajor es algo muy especial, un olor tan propio como el del Jorgito,
aunque, por supuesto, más atractivo. Es el mismo aroma que uno percibe al
entrar en uno de los bares Havanna. Por lo demás, el chocolate hace un esfuerzo
por ser amargo (no: es amargo y rico, pero si lo tengo que comparar con el
Cachafaz…), aunque de ningún modo es el protagonista del alfajor. Se quiebra de
forma aceptable.
Agreguemos, antes de olvidarnos, información formal: el
Cachafaz pesa 60 gramos y el Havanna 55. El primero aporta 244 calorías; el
Havanna, 208 calorías.
La impresión general que deja el Havanna, y es por ella que
debe juzgarse un alfajor, es mucho más
dulzona que la del Cachafaz. Hay una notable
presencia de la masa, de algo un poco granulado;
la mordida es más trabajosa, de alfajor terrenal. Y esto, sumado a un dulce de
leche más sólido, de sabor profundo pero también más dulce, hace que el alfajor
en sí resulte más empalagoso. No
quiero soslayar el hecho de que es uno
de los mejores del mercado: es equilibrado,
tiene un buen chocolate (y genuino) amargo y un dulce de leche de
interesantísimo sabor aunque, para mi gusto, consistencia demasiado rígida.
Y ya está, voy a terminar la reseña en este punto, porque
toda la inspiración se me fue con el Cachafaz y ya se está volviendo pesada y
aburrida. Además, ya dije todo lo que tenía que decir.
jueves, 30 de junio de 2016
¿Sabías que el Jorgito blanco no es igual que el Havanna?
Varios años antes de que yo emprendiera esta tarea de
analizar y cotejar todos los alfajores más o menos accesibles del mercado porteño, otro blog, cuyo dueño es el ya legendario Lord Khyron, había hecho lo propio con mucha más originalidad, desde luego, y
mucho más conocimiento. Sin este antecedente yo difícilmente hubiera dado
origen a este proyectito. El hecho es que en
ese blog, aquí, se dice que los Terrabusi y los Havanna glaseados son iguales.
En realidad, se trata de un antiguo
rumor que dio lugar a mucha literatura, especulación y, entre otras cosas,
a esta hermosísima canción punk que nos
acercó por Twitter el Trivi. La cuestión es que semejante leyenda movió
mi curiosidad e, incrédulo, me dispuse a comprobar en carne propia cuál era su
grado de realidad.
PATRAÑAS.
Estos dos alfajores son
apreciablemente distintos. Los une el color blanco por fuera (eso si el
Jorgito ya no es puras migas cuando llega a tus manos), un peso similar (50
gramos el Jorgito, 48 el Havanna) y no mucho más. Son bien distintos, y sólo oliéndolos la diferencia se patentiza.
El aroma del Jorgito es, como ya dijimos en alguna reseña, agresivo y
artificial, aunque no necesariamente desagradable. Es el típico olor del
Jorgito; muy difícil desconocerlo. El del Havanna, por su parte, es muchísimo
más discreto, hay que acercarse al alfajor (hot) para percibirlo, y no sabría
definirlo. Olor a merengue, supongo.
Porque eso hay que decirlo: la cobertura del Havanna es de merengue italiano y la del Jorgito, de
azúcar glaseada. Los paquetes mismos lo dicen. Uno podría pensar que eso de
merengue italiano es una esnobeada
para cobrártelo más caro, y supongo que en cierto modo lo es, pero la distancia
entre ambas coberturas es bastante considerable. Por empezar, tocás un Jorgito y te quedás con la mano
engrasada por dos semanas. Tienen texturas
muy disímiles, cosa que se puede apreciar en las fotos: la cobertura de azúcar glaseada es como la
luna, ponele, toda accidentada, con pozos, mientras que la de merengue italiano es lisa, lisa, lisa.
Y acá uno podría pensar nuevamente que ésas son boludeces, pura estética, y es
verdad, pero el Havanna tiene que dar
una mejor imagen, se caracteriza por eso.
De todas formas, también hay diferencia en el gusto. El
merengue es merengue, como el que se compra en copitos en el supermercado o
el que prepara con clara de huevo. Se deshace como un merengue y con un poquito
de atención tiene ese gusto. Y el
azúcar glaseada es azúcar glaseada, si la tocás con el dedo húmedo se te queda
pegada y tiene ese gusto. No hay mucho más que agregar. Sigue siendo rica.
La realidad es que el
alfajor Havanna es malo para sus aspiraciones. No se compara con su versión
negra. Falla incomprensiblemente en su
consistencia. Su cobertura de merengue es dura, muchísimo más que la del
glaseado per se, y eso no estaría mal si el resto de los ingredientes
acompañara. Pero no: la masa es también
excesivamente dura, sólida (y no sé si no tiene algo como de colación
cordobesa, quizá son delirios míos), y lo mismo el dulce de leche. Termina siendo
un mazacote, un alfajor compacto
difícil de tragar. Rico es, sin dudas, y el dulce de leche está buenísimo y
debe ser uno de los mejores del mercado en cuanto a sabor, pero ya comprobamos
la gran importancia que tiene la sensación que deja el alfajor al ser mordido.
Y en ese sentido, lo de Havanna parece una versión preliminar, un borrador.
Decepcionante. (Yo no sé, ahora que lo pienso, si el Havanna, por estar en ese
paquete confianzudo, no se habrá humedecido o algo así. Porque es raro que un
alfajor sea tan duro. Cuando lo quise cortar, tuve que hacer diez veces más
fuerzas que cuando corté el Jorgito. Ahí ya quedaba clara la diferencia) (nota posterior: al otro día comí otro
Havanna blanco y comprobé que sí, no es tan duro ni tan mazacote como el que
analizo en esta reseña, pero sigue siendo exageradamente macizo. Quiero que
quede claro: está bueno, pero de Havanna uno espera algo más).
En cambio el Jorgito,
siempre humilde, baratito, popular (siempre
preocupado por salvar del hambre al compañero; aporta 194 calorías contra
las 160 calorías caretas del Havanna), puede
tranquilamente competirle a su rival gorila, y sin apelar a la
grandilocuencia ni a cosas como “merengue italiano”. No, la receta es fácil: un
alfajor livianísimo al morderlo, que no
se parte sino que cede, como pan humedecido, ponele, con buena cantidad de
dulce de leche y no mucho más. Por supuesto que la masa es de mala calidad, que
el dulce de leche es artificial, que deja una impresión en la boca cuanto menos
ambigua, y que tiene ese intento de sabor a ¿limón? que yo qué sé... Pero
hagámosla corta, viejo, encontrás más
placer al comer un Jorgito que al comer un Havanna. Y al fin y al cabo, de eso
se trata.
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